Injustamente ignorada por muchos de los viajeros que aterrizan en Costa Rica ansiosos de naturaleza y biodiversidad, la capital tica es el arranque idóneo para ir tomándole el pulso a un país orgulloso de su carácter y de su historia, de sus ricos paisajes y de sus tradiciones.
Por eso, hemos decidido dedicarle las primeras 36 horas de este viaje a perdernos por los mercados y callejuelas, a explorar sus interesantes museos y saborear su rompedora escena culinaria. Porque San José merece esto, y mucho más.
Amanecemos en Chepe —como los ticos llaman cariñosamente a su capital— alentados por los sonidos que nos llegan del exterior: el primer café del día nos confirma en qué lugar del mundo nos hallamos.
Uno de los edificios más llamativos del centro de San José.
El bullicio y el tráfico arrancan en las calles de la ciudad desde bien temprano, insuflando de vida cada rincón y permitiéndonos empaparnos de su esencia más auténtica. Así que no lo pensamos dos veces y ponemos rumbo al Mercado Central, cuyos orígenes se remontan a 1880, donde lo primero que buscamos es uno de los negocios locales en los que deleitarnos con un rico jugo de frutas tropicales y una sabrosa tortilla con queso.
Tras recargar energías, deambulamos por sus pasillos mientras contemplamos la diversidad de puestos que lo conforman: un puñado de pollos cuelga de un riel de aluminio mientras el tendero grita a los cuatro vientos su irrechazable oferta.
Imagen de la Plaza de la Cultura y el Teatro Nacional en San José.
A dos pasos, los pescados son los protagonistas. Los locales alternan con los vendedores, la música suena desde algún altavoz y una singular mezcla de aromas se apodera de nuestras pituitarias en unos segundos. Una parada en la tiendita de remedios naturales resulta de lo más interesante, aunque son las flores, coloridas y exóticas, las que nos conquistan.
De regreso a la calle, la vida urbanita vuelve a tomar control. Llegamos así hasta la Plaza de la Cultura, epicentro social indiscutible de la vida en San José. El nombre no le vino por casualidad: la gran mayoría de los edificios que la flanquean tienen una enorme importancia, y no solo arquitectónica, sino que también albergan grandes e importantes organismos.
El Teatro Nacional de San José de Costa Rica.
Uno de ellos es el Teatro Nacional, una joya de finales del XIX cuyas pinturas son dignas de contemplar: decorando paredes y techos, cuentan con claras referencias a la producción platanera del país que tanto ha marcado su idiosincrasia a lo largo de la historia.
A un salto, el Museo del Oro Precolombino, que atesora obras que abarcan del siglo XI al XV, o el Museo Nacional, son otros imperdibles de la ciudad.
Un paseo por el Barrio de Amón regala una estampa diferente: la elegante y rica arquitectura que aquí se contempla nos habla también de historia, ya que fue donde se instaló, allá por el siglo XIX, la burguesía más acomodada de la ciudad. Familias adineradas que no dudaron en invertir en grandes mansiones y casonas con diseño de clara inspiración europea.
Museo Nacional de Costa Rica en San José.
Muchas de ellas se han conservado, aunque hoy tengan un uso algo diferente: desde colegios a hoteles, cafeterías o restaurantes, ocupan ahora esos espacios. Si hablamos de restaurantes, eso sí, no podemos olvidarnos de La Criollita, donde disfrutar de cocina costarricense más tradicional, incluido el delicioso casado o el gallo pinto.
Al caer la tarde, nada como dedicarnos al puro goce de explorar las barras de la capital tica ahondando en su cultura de cerveza artesanal y en su gastronomía de altura. Uno de los enclaves perfectos para ello es Barrio Escalante, donde disfrutar de sabores de toda la vida.
Aquí, algunas de las antiguas casas de estilo neocolonial han sido transformadas en atractivos restaurantes como Sikwa, donde sus jóvenes chefs, liderados por Pablo Bonilla, trabajan duro para recuperar las raíces gastronómicas de la cocina costarricense a través de estudios, investigaciones y entrevistas con miembros de las comunidades indígenas del país.
Después, nada mejor que algún que otro cóctel acompañado de buena música en cualquiera de los bares de Calle 21, epicentro de la vida nocturna en San José.
Desayuno y jade
Un último día en Chepe puede —y debe— arrancar con un buen desayuno en el que no falten ni el rico café típico costarricense ni otras exquisitas viandas. Un buen lugar es Pandeli, donde defienden las mañanas lentas a base de buen producto y mejores elaboraciones.
Si hay ganas de completar con algo más de cultura, el Museo de Jade puede ser una buena opción. Aunque, si lo que interesa es llevarnos algún que otro souvenir a casa, el Mercado Municipal de Artesanía cuenta con múltiples puestos donde encontrar objetos elaborados a mano a partir de cerámica, cuero o madera.
Para cerrar la incursión a Chepe, nada como completar la visión más alternativa de la urbe con una aproximación a su lado más canalla. ¿Dónde? En el barrio de La California —más conocido como La Cali—, donde el arte urbano, a manos de artistas nacionales y extranjeros, se despliega a modo de murales y grafitis por sus paredes y fachadas como si de un museo al aire libre se tratara.
Y, ahora sí, será el momento de continuar explorando el resto del país: queda todo un universo por descubrir.
