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“¿Eres capaz de nadar hasta la isla?”. Este es, no hay duda, el reto más común entre quienes alcanzan el lago de Bled decididos a refrescarse en sus prístinas aguas. Y es normal, pues la propuesta es tentadora.

Ubicado en el noroeste del país, entre densos bosques, altas montañas y paisajes que nos avisan de que, muy cerca, se hallan los seductores Alpes Julianos, este regalo de la naturaleza aparece ante quienes visitan Eslovenia como un espejismo: como esa estampa evocadora que tantas y tantas veces ha sido utilizada como imagen de todo un país.

Los valientes exploradores —que serán, también, buenos nadadores— alcanzarán esa otra orilla que es el preludio a otra de las recompensas al atrevimiento. La que lleva a admirar de cerca, ya en tierra firme, la preciosa iglesia blanca de la Asunción de María, que se yergue desde el siglo XII —aunque la actual es del siglo XVII— en este precioso lugar.

Imagen de una plenta en el Lago de Bled. Alain Rouiller Unsplash

Cuentan que quienes lleguen a ella, situada en el corazón de la que es la única isla natural de todo el país, deben de hacer sonar la campana tres veces para asegurar que la buena suerte les acompañe. Para alcanzarla, eso sí, hay que subir antes los 99 escalones que la separan de la orilla.

Construidos en el siglo XVII, hay una leyenda que dice que, aquellas parejas que deciden casarse en este singular enclave, tienen que cumplir con una tradición: el novio deberá de cargar en brazos a la novia hasta la iglesia sin detenerse ni una sola vez.

Los no tan valientes podrán, por supuesto, disfrutar de la experiencia de otras maneras: hay cinco embarcaderos a lo largo del lago de Bled desde donde parten, cada media hora, los famosos pletnas, barcas tradicionales elaboradas por locales y pintadas de vivos colores, que cuentan con capacidad para 18 personas y ofrecen paseos hasta el islote sin necesidad de esfuerzo.

Barcas de remo que se alquilan para poder llegar a la isla en mitad del lago. Francisco Ghislett Unsplash

Según dicen, sus orígenes se remontan a 1590 y poseen una base plana que recuerda a las góndolas venecianas. Otra alternativa, claro, es alquilar una canoa con remos y demostrar así las dotes de cada cual en navegación: la diversión, eso sí, estará asegurada.

Un castillo y un pastel: la receta de la felicidad

Las toallas desplegadas a los pies de las turquesas aguas del lago, se cuentan por decenas. No hay local ni forastero que dude un segundo en que este es, seguramente, el mejor plan al que entregarse cuando se visita la zona: la vida contemplativa que transcurre entre refrescantes chapuzones, la lectura calmada y el relax.

El entorno ayuda, por supuesto, pero si hay ganas de añadir algo más de actividad a la experiencia, siempre se podrá dar un paseo por la ribera. En hora y media, aproximadamente, se habrá regresado a la casilla de salida.

En la ruta, se comprobará que los restaurantes y cafeterías a pie de lago se suceden sin cesar. Coquetos negocios con las mejores vistas de toda Eslovenia en los que parar a reponer fuerzas. Habrá que optar por recuperar energías con el que es el dulce más famoso de la región, y uno de los iconos gastronómicos de Eslovenia: el pastel de crema de Bled o kremna rezina, que lleva elaborándose en la zona desde 1953, cuando el pastelero Ištvan Lukačević lo creó para el antiguo Hotel Park. Un bocado a sus dos crujientes capas de hojaldre, rellenas de crema de vainilla y nata montada, es un absoluto placer.

El famoso pastel Bled. Pika Žvan Unsplash

Para quemar las calorías, eso sí, tampoco faltará el plan perfecto: subir hasta la fortaleza de Bled, cuya silueta sorprende desde allá arriba, sobre un acantilado a 130 metros de altura junto al lago y visible desde casi cualquier perspectiva.

El que es el castillo más antiguo de toda Eslovenia cuenta con una historia que se remonta al 1004, cuando el emperador Enrique II lo donó al obispado de Brixen.

A su estructura inicial se fueron añadiendo, a lo largo de los años, murallas y torres defensivas, patios y otros detalles arquitectónicos, hasta alcanzar la estructura que posee hoy.

La iglesia en mitad del lago que da suerte a los novios. Emin Huric Unsplash

Visitamos su interior y recorremos las salas que componen un pequeño museo sobre la historia de la región, así como una pequeña bodega donde se embotellan vinos locales.

Sin embargo, lo que realmente nos conquista son las vistas únicas que se disfrutan desde las terrazas del castillo, con el lago de Bled destacando en un paisaje repleto de montañas, bosques y ríos.

Un poco más allá, el Parque Nacional del Triglav, que acoge el pico más alto de Eslovenia (2.864 metros), esconde en su orografía también gargantas excavadas por el agua entre paredes verticales donde se puede realizar rafting o kayak.

Abajo, entre las enrevesadas carreteras que se pierden por praderas de verde intenso, se otean pequeñas aldeas y pueblitos que pertenecen también al municipio de Bled: Zasip, Ribno, Korita y Bohinjska Bela, cada uno con su personalidad y sus callejuelas plagadas de rincones de postal, merecen su correspondiente visita.

¿Una manera de culminar el viaje por todo lo alto, nunca mejor dicho? Animándose con una última y adrenalítica experiencia: contratar un vuelo en parapente sobre las aguas del lago Bohinj con Loop, empresa local que ofrece esta actividad, y que resulta una decisión de lo más acertada. Un recuerdo memorable y un increíble final a esta singular aventura por tierras eslovenas.