Los veranos en Extremadura son duros, pero las noches son preciosas. Sobre todo si nos encontramos en la ciudad amurallada mejor conservada de España. En Cáceres, la oscuridad da el respiro necesario para querer estar en la calle y las suyas son el escenario perfecto para sentirse transportado a otro tiempo y a otra época.
Atravesar sus murallas es simplemente atravesar un portal temporal donde el silencio se transforma en susurro de quienes pisaron las mismas piedras hace siglos.
Mientras otros centros históricos de España han sucumbido a la modernización, letreros luminosos o al asfalto, Cáceres se mantiene intacta, conservada en una mezcla perfecta de secretismo y pasión por cada piedra, cada plaza, cada rincón.
Sus calles empedradas, flanqueadas por imponentes palacios nobiliarios y torres almohades que narran preciosas historias y leyendas, la convierten en el mejor conjunto urbano medieval de España que, sin duda, hay que recorrer de día para entender su vida, de noche, y dejarse embrujar con su esencia.
Una ventana del casco histórico de Cáceres.
Lo más curioso de Cáceres es que su gran valor radica en la armonía visual de un legado arquitectónico civil único. Tras las guerras de la Reconquista, las familias nobles compitieron por levantar los palacios más altos y fortificados y luego muchas torres tuvieron que ser desmochadas y ventanas cerradas por orden de Isabel la Católica.
El punto de partida para descubrir sus rincones siempre tiene que ser la Plaza Mayor y el Arco de la Estrella, la puerta principal a un universo paralelo.
Muy cerca de la Torre del Bujaco, una de las torres defensivas árabes más imponentes, este arco fue diseñado en el siglo XVIII con una curvatura oblicua para que los carruajes de la época pudieran girar con facilidad.
Hoy es un paso obligado hacia nuestra siguiente parada: la Plaza de Santa María y la Concatedral de Santa María. Allí es imposible dejar de mirar el espacio y buscar la estatua de San Pedro de Alcántara para besar sus pies de bronce, ya de otro color casi indefinido como suele suceder en estos casos, en busca de la buena suerte.
Tampoco tenemos que perdernos el Palacio de las Veletas que acoge el Museo de Cáceres y esconde un secreto en su subsuelo: un aljibe hispanomusulmán del siglo XI, uno de los mejores conservados de Europa, que aún recoge el agua de la lluvia.
Para el resto, mejor dejarse llevar e ir leyendo los carteles que están colgados en cada palacio y donde explican quién lo mandó a construir y por qué es famoso. Es un lujo no llevar un rumbo fijo y que sea Cáceres, y su historia, quien nos guíe.
Detalle del casco histórico de Cáceres.
No te olvides...
Para disfrutar de Cáceres, piensa en un calzado cómodo porque el suelo son grandes losas de piedra desgastadas que resultan muy resbaladizas, especialmente en las cuestas.
El mejor momento del día para visitar Cáceres es por la noche porque la cálida iluminación resalta la historia de la ciudad y sus monumentos. Lo mejor es quedarse a dormir dentro del recinto amurallado y levantarse pronto. El amanecer es increíble también.
Para comer, lo mejor es reservar en Atrio, tres estrellas Michelin, y darse un homenaje con una cocina que es pura Cáceres. En cualquier caso, no te olvides de probar el jamón ibérico de bellota y la Torta del Casar.
