La belleza de Casares atrapa desde mucho antes de poner los pies en sus enrevesadas callejuelas. Desde antes de impregnarse de su historia y sus raíces. Porque, ya mientras se avanza hacia ella a golpe de volante, curva a curva, giro a giro, se puede contemplar su silueta altiva, aferrada a un imponente cañón donde aparece suspendida como si alguien hubiera ido colocando, una a una, sus casas encaladas siguiendo el relieve de la montaña; como una mancha blanca derramándose sobre la roca.
Una vez en su entramado urbano, la cosa cambia. Entonces es el ambientillo rural, ese de los vecinos de toda la vida, los balcones floreados y la alegría, el que contagia a sus visitantes.
Aquí todo avanza a un ritmo muy diferente al de la cercana Costa del Sol: entre estrechos callejones, escalinatas eternas y rincones de postal, es fácil entender por qué Casares está declarado Conjunto histórico-artístico, además de considerarse uno de los pueblos más bellos de España.
A la hora de ahondar en aquello que alimenta su identidad, hay que alzar la mirada al castillo, ese que corona el perfil del caserío. Subir hasta él supone avanzar por empinadas cuestas que quitan el aliento, aunque el esfuerzo encuentra su recompensa al alcanzar la zona más alta.
Vista panorámica de Casares.
En los alrededores, los pinares y alcornoques pueblan los montes de la Sierra Crestellina y la Sierra Bermeja, que arrancan precisamente en este punto.
Los restos de la fortaleza árabe que aquí se hallan son claves para entender unos orígenes que se remontan a los siglos VIII-XIII, durante la época andalusí.
Hoy poco queda de aquel sistema defensivo mediante el que se controlaba el paso entre la sierra y la costa, aunque no es difícil imaginar la importancia que tuvo como frente militar. Tras la conquista cristiana, la estructura se adaptó y fue perdiendo relevancia progresivamente.
Perdidos a conciencia
Tras descender desde el castillo, llega el momento de dejarse embriagar por el alma del pueblo. Fachadas impolutas guían en una ruta improvisada que desemboca, sin remedio, en el corazón de Casares.
Más allá de ser un lugar de paso, la Plaza de España ha sido históricamente el punto de encuentro de vecinos, celebraciones y comercio local. En uno de sus laterales se alza la Iglesia de San Sebastián, un pequeño templo del siglo XVII de aspecto sencillo, aunque profundamente ligado a la historia local. Sus entrañas custodian la imagen de la Virgen del Rosario, patrona de Casares, de una belleza serena.
En la misma plaza, el rumor del agua guía hasta La Fuente de Carlos III, construida en 1785 durante el reinado de este monarca. Esta formó parte de un importante proyecto hidráulico que permitió llevar agua potable desde los manantiales vecinos hasta el núcleo urbano. Esto supuso una auténtica transformación para la vida del pueblo y, siglos después, sigue brotando de ella el agua fresca de la sierra.
Pero no se puede hablar de Casares sin ahondar en una de sus figuras más ilustres. Aquella que nació en estas mismas callejuelas allá por 1885. Blas Infante, cuyo pensamiento y obra estuvieron profundamente marcados por el paisaje, la cultura popular y las raíces históricas de esta tierra, se halla presente aún hoy a cada paso.
Hay que aprovechar la oportunidad de acercarse un poco más al legado de este jurista, escritor y pensador que dedicó gran parte de su vida a reivindicar la identidad andaluza, visitando su casa natal.
Hoy transformada en museo y centro de interpretación, en sus paredes, repisas y mesas se exponen infinidad de documentos y obras, fotografías y objetos relacionados con el casareño, que ayudan a entender mucho mejor su historia.
Comer y nadar
Si existe un lugar en Casares donde comer es sinónimo de homenaje, ese es el restaurante Sarmiento, un espacio que ha convertido la brasa en su auténtica seña de identidad. Con una propuesta que reinterpreta la tradición gastronómica andaluza con un gran respeto por el producto local y de temporada, cuenta, además, con un entorno privilegiado con vistas al pueblo blanco.
En él se puede parar de camino a deshacer los 15 kilómetros que separan las calles de Casares de las aguas del Mediterráneo. Porque sí: esta coqueta localidad malagueña también cuenta con su pedacito de costa. Pequeñas calas como Playa de la Sal, Playa Ancha o Playa de la Galera, más tranquilas que las que se despliegan por el resto de la Costa del Sol, componen su atractiva oferta.
El hotel Finca Cortesín.
La suite de Finca Cortesín.
Y a medio camino, el refugio. Pocos alojamientos hay de la talla de Finca Cortesín, considerado uno de los hoteles más exclusivos de España. Con el sello de Legends, de Preferred Hotels&Resorts, se trata de uno de esos lugares concebidos como retiros donde el lujo discreto es el que dicta la norma.
Cinco estrellas avalan a este resort integrado con sutileza en el paisaje andaluz que atrapa en cuanto se admira su estética de finca mediterránea o se pasea por sus singulares patios y jardines, donde el protagonista absoluto es el algarrobo centenario símbolo de su marca.
Para dormir, la oferta es extensa: algunas de sus 67 suites hacen las delicias de los más sibaritas, aunque en las 215 hectáreas que ocupa el complejo, hay espacio también para suntuosas villas.
Piscina en Finca Cortesín.
Su oferta, tentadora donde las haya, cuenta además con 2.200 metros cuadrados de spa, un centro de yoga y meditación, cuatro piscinas —¡y todas de agua salada!—, galería de arte, boutique, uno de los mejores campos de golf de España, un club de tenis y un inigualable beach club.
Para poner la guinda al pastel, un repertorio gastronómico excepcional protagonizado, entre otras propuestas, por la cocina española de El Jardín de Lutz, el exótico menú gastronómico del chef Luis Olarra en REI by Finca Cortesín, y el italiano Don Giovanni. Y ahora solo queda decir... ¡Que aproveche!
