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Muy cerca de Ribadesella, a menos de cinco kilómetros, esta zona de Asturias guarda uno de los secretos más increíbles de la región: un pueblo al que solo se puede entrar penetrando las entrañas de la tierra y atravesando una enorme roca de 300 metros de largo.

El camino que ahora está iluminado y adaptado para viandantes, bicicletas y coches, conserva en buen estado estalactitas y estalagmitas que se han ido formando durante milenios y, sobre todo, el sonido del agua fluyendo a cada lado.

La cavidad que da acceso a Cuevas se le conoce popularmente como la Cuevona, ya que el sufijo "-ona", en asturiano, indica grandeza. Se trata de una de las pocas cuevas del mundo cuyo interior está asfaltado y por la que se puede transitar en coche sin problema para llegar hasta el pueblo donde viven, en la actualidad, medio centenar de personas.

Uno de los hórreos que podemos ver en el pueblo de Cuevas del Agua. Wikipedia

Según sabemos, este enorme portal de entrada fue excavado durante miles de años por el ir y venir del arroyo de Cuevas, que erosionó la piedra caliza hasta crear este túnel natural ancho y húmedo.

Durante la Guerra Civil española, la cavidad incluso sirvió de escondite para muchos refugiados durante meses. Pero eso fue antes de que diera paso a una carretera que se introduce dentro de la montaña dejando al visitante atónito frente a las formaciones calcáreas que custodian el acceso.

Lo más bonito es cruzar el camino a pie y pararnos bien a disfrutar de su estructura original con bóvedas, recovecos y formaciones geológicas impresionantes como estalactitas y estalagmitas pero también columnas y coladas. Algunas, de hecho, han recibido nombres populares por su apariencia curiosa, como "la lengua del diablo" o "las barbas de Santiago".

La Cuevona de Asturias. Nicolás Pérez | Wikipedia

Un aislamiento que conserva el encanto

Este peculiar acceso ha determinado la historia de Cuevas del Agua ya que el aislamiento al que se ha visto sometido durante siglos ha permitido que la aldea conserve tradiciones rurales intactas y su encanto rústico original.

De hecho, cuentan que, antes de que la cavidad estuviera iluminada, los habitantes del pueblo tenían que cruzar la cueva con el ganado con un palo para guiarse en la oscuridad o cogidos de la cola de los animales que actuaban como guías.

En el pueblo podemos ver hórreos protegidos, la pequeña ermita dedicada a Santiago que está junto al apeadero del tren, la otra forma de llegar al pueblo que no sea pasando por la cueva, y una ruta que sigue un sendero de ocho kilómetros y que pasa cerca de seis molinos hidráulicos tradicionales que aprovechan el ir y venir del agua.

Mezcla de estalactitas, banderolas y coladas en La Cuevona en Asturias. Nicolás Pérez | Wikipedia

El resto del tiempo de nuestra visita podemos optar por acumular mucha tranquilidad, puesto que esa sensación de estar en otro tiempo y en otro lugar arranca nada más entrar en la cueva y se mantiene todo el tiempo al recorrer las casas que salpican las calles empedradas donde durante siglos vieron pasar a viajeros a caballo.

Si bien es verdad que las cuatro patas han dejado paso a las cuatro ruedas, la tranquilidad tampoco se altera con el motor de los coches porque lo recomendable es dejar el vehículo en uno de los dos aparcamientos habilitados cerca de la cueva y caminar por su interior para disfrutar de todos los detalles.

El trayecto es fácil incluso con niños, aunque se recomienda precaución con los vehículos por los carriles estrechos.

Cuevas es todo un testimonio de la riqueza natural y cultural de Asturias, un lugar donde la magia de la naturaleza se fusiona con la tradición, haciendo de este pueblo un destino inigualable para los más aventureros.