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No destaca Whitstable por sus grandes monumentos ni edificios emblemáticos: en absoluto. Su valor reside, precisamente, en su simpleza, en ese apego al pueblo que siempre fue. Porque su identidad marinera, forjada a lo largo de siglos de historia, continúa patente hoy, aunque el turismo haya alcanzado su territorio y las foodtrucks hayan colonizado su puerto.

Cuando hablamos de su autenticidad y arraigo, de esa esencia que lo hace especial, lo hacemos basándonos en datos muy claros: su tradición pesquera se remonta a época romana, cuando ya se exportaban a lo largo del Imperio exquisitas delicias procedentes de su costa.

A partir de entonces, y durante siglos, este pequeño enclave frente al mar prosperó gracias a la explotación de sus bancos naturales de ostras, considerados entre los más ricos de Inglaterra, algo que se potenció aún más durante los siglos XVIII y XIX.

Uno de los famosos barcos para coger ostras de Whitstable. iStock

Fue la Whitstable Oyster Company, una de las más antiguas de Europa, la que consolidó el negocio y contribuyó a darle fama internacional al pueblo: ya en el 1900 existían alrededor de 100 barcos ostreros en la localidad, de los que hoy solo se conserva el Gamecock, catalogado como National Historic Ship.

La mejor manera de comprobar cómo Whitstable ha sabido reinventarse sin perder su esencia, es yéndonos directos a su puerto, que combina en la actualidad la actividad marinera con la gastronómica.

Las pequeñas casetas ofreciendo el street-food más tentador han conquistado el espacio, sobre todo, cuando llega el fin de semana y Whitstable recibe visitantes de todos los rincones de Inglaterra.

Las ostras frescas recién capturadas, cómo no, son las grandes protagonistas, que se ofrecen junto a puestos de sándwiches de cangrejo, de cocina tailandesa, de café de especialidad, bocadillos de cerdo o porciones de pizza.

Entre tanta gastronomía, también hay lugar para la artesanía o la moda, una floristería... ¡y hasta una tienda de cometas!

Fuertes de la 2ª Guerra Mundial en el estuario del Támesis. iStock

Pero, además de la oferta culinaria, el puerto concentra otro tipo de actividad que atrae, igualmente, a propios y extraños: desde aquí parten las excursiones en barco que ofrecen a diario diferentes empresas locales. Todas ellas llevan a surcar las aguas del estuario del Támesis con un objetivo claro, el de descubrir una versión de Whitstable un tanto distinta.

Las hay que están dirigidas a la observación de focas, pero también las que recorren el litoral durante una hora hasta alcanzar los Maunsell Sea Forts, una serie de fortificaciones navales construidas durante la II Guerra Mundial cuya función era defender Londres y la costa de ataques aéreos y minas navales.

Hoy, oxidadas y parcialmente derruidas, regalan una estampa fascinante que parece sacada de una película de ciencia ficción.

Igualmente sorprendente es el paseo en barco que acerca a los pasajeros hasta el parque eólico marino de Kentish Flats, compuesto de varios aerogeneradores instalados en pleno mar del Norte. Una imagen visible, en los días claros, incluso desde el mismo Whitstable.

Explosión de color frente al mar

Solo nos hace falta caminar 20 minutos desde el puerto para alcanzar la zona de Tankerton, una bucólica playa de guijarros en la que las olas rompen con fuerza dando sentido a la imagen que todos tenemos en mente de la costa británica.

En la extensa loma cubierta de césped que se levanta desde pie de orilla, y alineadas perfectamente frente al mar, lucen sus icónicas casetas de colores, más de 60 pequeñas construcciones en madera pintadas en colores pastel que regalan una de las imágenes más reconocibles de todo el litoral británico.

Si tiramos de historia para entender su origen, tendremos que viajar al siglo XIX, que fue cuando estas peculiares cabañas comenzaron a instalarse en la playa de Whitstable con un fin puramente práctico, pues eran los cobertizos que los pescadores utilizaban para guardar redes, aparejos y herramientas ligadas a la vida en el mar.

Ostras, uno de los manjares para tomar en Whitstable. iStock

Sin embargo, con el paso del tiempo, y al compás de la transformación de Whitstable, estas casetas evolucionaron hasta convertirse en pequeños refugios privados junto al mar.

Hoy, no es difícil toparse con escenas de lo más diversas, desde alguno de sus propietarios sentado en su porche disfrutando de la lectura bajo el sol inglés, a una familia que aprovecha el día libre para decorar su caseta con detalles singulares.

Cuando baja la marea, la magia sucede: es entonces cuando se aprecia perfectamente el bautizado como The Street, una lengua de arena que emerge del océano permitiendo disfrutar de un paseo mar adentro.

Uno de los restaurantes más típicos de Whitstable. iStock

La calle principal

Harbour Street se presenta como el rincón ideal en el que aprovechar la visita a Whitstable para recrearnos en el noble arte del shopping, pues sus aceras se hallan pobladas de múltiples negocios locales independientes rebosantes de un aire de lo más bohemio.

No faltan aquí las tiendas de moda vintage como The Clothes Horse, Charlotte´s Web o Pink Flamingo, mientras que en The Pearl Shop aguardan piezas de joyería de inigualable belleza. Para los amantes del arte, nada como hacer parada en algunas de las galerías que salpican la vía o apostar por lugares con alma como Frank o The Horse Bridge, donde la creatividad se halla al servicio de todo aquel con ganas de aprender e inventar, ya sea apuntándose a un taller o visitando las diferentes exposiciones que se organizan en su interior.

Eso sí, para acabar la visita a este hermoso rincón británico al más puro estilo inglés, no podrá faltar un típico Afternoon tea en Tudor Restaurant, donde deleitarnos con unos sabrosos scones con crema y mermelada, y unos deliciosos sándwiches de salmón y queso en crema. Una manera infalible de acabar el viaje con el mejor sabor de boca.