En el extremo nororiental de la provincia de Badajoz, allí donde Extremadura parece recrearse en horizontes de agua y dehesa, se despliega una comarca de nombre tan rotundo como evocador: La Siberia extremeña.
Durante años, su apodo —nacido, según dicen algunos, de su triste despoblación; según otros, por su parecido con la tierra de los zares— alimentó una imagen de territorio remoto. Hoy, sin embargo, ese mismo aislamiento se revela como uno de sus mayores tesoros: hablamos de un auténtico refugio de naturaleza intacta, cielos limpios y ritmos pausados que invitan a mirar y a sentir —en definitiva, a vivir— sin prisa.
Declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 2019, la comarca despliega un paisaje donde confluyen grandes embalses como el de La Serena —uno de los mayores de Europa, por cierto— o el de Cíjara, que dibujan orillas cambiantes junto a sierras suaves, bosques mediterráneos y pueblos que conservan intacta su identidad. Por si esto fuera poco, su rica biodiversidad cuenta con presencia de especies emblemáticas como el buitre negro o el águila imperial ibérica.
Puerto Peña.
Aquí sí hay playa
De los once pueblos con los que cuenta La Siberia, Puebla de Alcocer puede ser un inicio grandioso. Asomada a un balcón natural sobre el embalse de La Serena, enseguida conquista al viajero por sus calles tranquilas, fachadas encaladas y, dominándolo todo, la silueta poderosa de su castillo.
Esta fortaleza, vinculada a la influyente Casa de Zúñiga, vigila desde lo alto un territorio que durante siglos fue estratégico, frontera y lugar de paso. Entre templos como la Iglesia de Santiago Apóstol, miradores y vestigios de su pasado señorial —como el Palacio de los Duques de Osuna—, se intuye que esta tierra, aparentemente discreta, guarda historias profundas bajo su calma.
Playa en el embalse de La Serena en Badajoz.
A solo unos kilómetros se alcanza, por fin, La Serena, que con sus aguas turquesas conforma un pedacito del universo acuático de La Siberia. Y aquí un dato importante: con un total de cinco embalses —La Serena, Cíjara, García Sola, Orellana y Zújar— regados por los ríos Guadiana y Zújar, se trata de la comarca con más costa interior de todo el país.
Antes de llegar al embalse que nos ocupa, sin embargo, hay algo que ya obliga a bajar la velocidad y afinar la mirada: se trata del Cerro Masatrigo, apodado “la montaña mágica de La Serena”, cuya silueta, un cono tan perfecto como rotundo, lo ha convertido en uno de los enclaves más fotografiados de Extremadura.
De los pastos a los bosques
Una opción puede ser subir a lo más alto de su cima, que se eleva unos 400 metros sobre el nivel del mar y a la que se tarda en ascender unos 40 minutos. Otra, es continuar el periplo hacia Puerto Peña, un punto de inflexión en el paisaje: los pastos dejan paso, a partir de este punto, a la frondosidad en toda su expresión.
Aquí el río Guadiana se abre paso entre sierras y desfiladeros antes de quedar retenido por el embalse de García de Sola, dando lugar a un paisaje de cañones, cortados rocosos y miradores naturales. Un enclave privilegiado para los amantes de la ornitología: buitres leonados, alimoches o incluso el esquivo águila real encuentran en estos roquedos un hábitat ideal.
Para los más atrevidos, siempre hay opciones de ocio vinculadas al turismo activo. ¿Un ejemplo? La posibilidad de alcanzar, montados en kayak y partiendo de la playa de Peloche —una pedanía de la vecina Herrera del Duque—, los alrededores de Cerro de la Barca, donde se halla el dolmen Valdecaballeros. Tres horas de remadas que dan como recompensa poder visitar esta joya del Neolítico.
Dolmen de Valdecaballeros.
Si lo que se prefiere es seguir ahondando en la riqueza patrimonial de la comarca, lo mejor será dirigirse hacia Herrera del Duque, la capital oficiosa de La Siberia. Aquí se percibe un cambio sutil: sin perder el carácter sereno de la comarca, el pueblo introduce algo más de vida y de ritmo cotidiano a la ruta.
Lo que llama la atención antes de nada es su perfil, coronado por el castillo de la localidad. Una fortaleza árabe de origen medieval desde la que se obtienen vistas abiertas sobre dehesas, sierras y láminas de agua. A sus pies, las callejuelas combinan arquitectura tradicional con vías salpicadas de casonas señoriales, su Iglesia de San Juan Bautista y el puente medieval.
Atardecer en Herrera del Duque.
Para terminar esta incursión a La Siberia extremeña a lo grande, eso sí, nada como adentrarse en la fascinante Reserva Regional del Cíjara, donde la comarca revela su cara más indómita. Creada como espacio cinegético en la década de 1960, la reserva ha evolucionado hasta convertirse en un refugio clave para la fauna ibérica.
Más de 25.000 hectáreas y una apabullante biodiversidad son las claves de este interesante espacio en el que contemplar jabalíes, ciervos, corzos y gamos entre encinas, alcornoques y jaras. Eso sí: es al llegar el otoño, especialmente en época de berrea, cuando el monte se llena de sonidos profundos y casi primitivos, creando una atmósfera espectacular. Una experiencia irrepetible que pone la guinda al pastel a esta mágica ruta.
