Kirkenes se asoma a la punta del fiordo de Bøk, donde el mar de Barents dibuja horizontes helados, con su ambiente multicultural y sus fascinantes paisajes. En sus calles conviven alrededor de 3.000 habitantes que lo mismo saludan en noruego, en ruso o en finlandés: a solo 15 kilómetros de tierras rusas, y a 33 de los vecinos escandinavos, aquí es fácil toparse con letreros y nombres de calles escritos en cirílico.
Hay quienes deciden llegar a este remoto rincón de Europa en avión, aterrizando en su aeropuerto en vuelo directo desde Oslo. Los más aventureros lo hacen conduciendo por la A6, la carretera costera que une el Ártico con el sur mientras al otro lado de las ventanas se despliegan abrumadores paisajes.
Una última opción es llegar en barco: tanto la flota de Havila como la de Hurtigruten, conocida por ofrecer el que está considerado el viaje en barco más bello del mundo, tienen en Kirkenes la primera o última parada de su itinerario, dependiendo de dónde se inicie la ruta.
En Kirkenes es fácil encontrar carteles en ruso, finlandés y noruego.
Una vez establecidos, lo ideal es indagar algo más en la historia para contextualizar y entender en qué lugar del mundo nos hallamos. Y es que Kirkenes posee un dramático pasado ligado a la II Guerra Mundial: ocupada por la Alemania nazi en abril de 1940, llegó a sufrir un total 320 ataques aéreos por parte de la Unión Soviética hasta que, finalmente, fue liberada en el año 1944.
En el Borderland Museum se entrelazan relatos sobre esta época con muestras de cómo era la vida en esta encrucijada europea. No está de más acercarnos también hasta Andersgrotta, el mayor búnker subterráneo de toda la zona, utilizado como refugio en la época. Hoy, están permitidas las visitas.
La iglesia de Kirkenes cubiera de hielo.
La vida en hielo
Pero si Kirkenes tiene un reclamo turístico clave, ese es su afamado Snowhotel, un hotel de hielo que permanece abierto los 365 días del año gracias a un sistema de refrigeración que mantiene sus habitaciones a -4 °C, ¡incluso en verano! Esculpido cada temporada por artistas internacionales, más que un alojamiento es un museo efímero donde paredes, camas y hasta los vasos de su bar están hechos, sorprendentemente, de hielo: si se logra reunir el valor suficiente para atreverse con la experiencia, esta regalará recuerdos memorables.
Pero, más allá de este atractivo turístico, Kirkenes cuenta con un protagonista indiscutible, no solo de su cultura, sino de su gastronomía. Es el turno del cangrejo rey, introducido por los rusos en 1960 con intención de proporcionar una captura de valor a los pescadores soviéticos, pero que acabó por convertirse en una amenaza para el resto de especies autóctonas: la rapidez con la que se reproducen y su tamaño, que puede alcanzar los dos metros, amenazaban el ecosistema de la zona, de ahí que se potenciara la captura para su consumo, convirtiéndolo incluso en un atractivo turístico más que no tardamos en experimentar.
Una de las habitaciones del famoso Snowhotel de Kirkenes.
Una de las salas del Snowhotel.
Bien abrigados, subidos a una zodiac y acompañados de un guía experto, aprendemos de primera mano el proceso de pesca a través de grandes jaulas en las frías aguas del mar de Barents. Una excursión que finaliza, —chimenea y mantita mediante—, en una cabaña a los pies del fiordo mientras brindamos con vino blanco y nos cocinan esta delicia, una de las mayores delicatessen del país.
Un ratito a pie
Recorremos con tranquilidad las estrechas calles del centro y nos topamos con detalles que nos muestran la cotidianidad más auténtica. El centro es compacto y fácil de recorrer a pie, con casas bajas, edificios funcionales y una arquitectura marcada por la reconstrucción tras la II Guerra Mundial. Entre unos y otros edificios aparecen pequeñas tiendas locales, supermercados que funcionan como puntos de encuentro y cafés donde refugiarse del frío con algo caliente entre las manos.
Un hombre con un cangrejo rey en sus manos.
Aurora Restobar, en Doktor Wessels Gate, es el lugar ideal en el que probar otras recetas locales como la hamburguesa de carne de reno o el bacalao seco. Otra opción es Surf&Turf, donde saciar el apetito mientras observamos el ritmo pausado del pueblo. En los alrededores, algunas tiendas de artesanía como Kirkenes Husfild ofrecen piezas de inspiración sami, desde textiles hasta pequeños objetos de madera o cuerno de reno.
Sin salir del puñado de calles que conforman el centro, nos topamos con la Kirkenes Church, la iglesia de líneas sencillas y modernas que recuerda el papel central de la comunidad en una ciudad aislada, debido a las heladas y la nieve, durante gran parte del año. Nos desviamos ligeramente hacia el puerto y paramos unos minutos: sentir la fuerte presencia del mar de Barents, donde además de los barcos de pesca reina el silencio, las gaviotas y un horizonte abierto que recuerda que aquí todo está condicionado por la naturaleza, resulta realmente abrumador.
Un barco cerca de la costa de Kirkenes.
Un poco de adrenalina
Pero la magia no acaba aquí, porque en invierno esta región resulta uno de los mejores escenarios de toda Europa para ver la aurora boreal, no importa si es desde la ciudad o apuntándonos a una de las excursiones en motos de nieve o trineos tirados por huskies que ofertan las agencias locales.
Muy populares son las organizadas a diario por Snow Resort Kirkenes: la emoción de deslizarnos a toda velocidad por la nieve impoluta guiados por estos enérgicos perros es un must.
Y una manera especial de adentrarnos, entre bosques congelados y paisajes únicos, en la noche polar, que, con suerte, nos deleitará con un cielo danzante, mágico, coloreado de intensos verdes y púrpuras.
