C. S.
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Kristina Håkonsdatteren, hija del rey de Noruega Haakon IV, es la culpable de que miles de noruegos peregrinen cada año hasta Covarrubias, en Burgos, para ver la tumba de su princesa perdida. Fue el propio Alfonso X el Sabio el que pactó su matrimonio con uno de sus cuatro hermanos solteros, y Kristina, con solo 23 años, salió desde el puerto de Tonsberg en 1257, con oro, plata y pieles, hacia la cálida Castilla.

En su largo viaje, cruzó el Mar del norte, el Canal de La Mancha, parte de Francia hasta entrar a España por Girona. El 22 de diciembre llegaba a Soria donde tenía que elegir marido entre los aspirantes castellanos. El afortunado fue el infante Felipe que había sido abad de la Colegiata de Covarrubias pero al que Alfonso X dispensó para que cambiara los hábitos por el anillo de bodas.

La joven pareja se fue a vivir a Sevilla pero Kristina murió a los pocos años sin descendencia y su marido decidió enterrarla en el pueblo burgalés donde había vivido la mayor parte de su vida religiosa. Dicen que el calor sevillano tampoco le vino bien a la princesa de las nieves. Pero lo curioso es que la tumba se olvidó hasta 1958, cuando el párroco de Covarrubias insistió en analizar el sepulcro y descubrir, oficialmente, el lugar de descanso de la princesa noruega perdida.

Estatua de la Princesa Kristina en Covarrubias. E. E.

Ahora, una ruta por Arlanza, la comarca castellana que incluye además de Covarrubias, Lerma y Santo Domingo de Silos, recorre no sólo este histórico enterramiento sino que incluye también una experiencia inmersiva de enoturismo única.

La iniciativa Arlanza EXP propone una experiencia inmersiva para descubrir esa España de interior a través del vino, la cultura local y un relato contemporáneo que conecta pasado y presente, apoyándose en la especial relación histórica de la zona con Noruega.

En esta visita se combinan paisajes impresionantes llenos de viñedos, el patrimonio histórico de tres de los pueblos más importantes del medievo español y una gastronomía que hace que sentarse a la mesa en esta comarca se convierta en un destino en sí mismo.

Las singulares bodegas que salpican estas tierras y sus interesantes caldos, que cuentan con la Denominación de Origen Arlanza, hacen que este famoso triángulo, con Lerma, Covarrubias y Santo Domingo de Silos en cada esquina, se haya convertido en una escapada perfecta a menos de tres horas de Madrid para quienes buscan un turismo tranquilo, historia a cada paso y una gastronomía contundente de asados, embutidos y productos de huerta.

Imagen aérea de Lerma. E. E.

Ducados y monasterios

La ruta suele comenzar en Lerma, una villa ducal barroca levantada en una terraza natural sobre la vega del Arlanza. Su imponente Plaza Mayor, una de las más grandes de España, está presidida por el Palacio Ducal, hoy Parador, desde cuyo entorno se domina el paisaje de campos y viñedos.

Merece la pena pasear por los soportales, entrar en la colegiata de San Pedro y acercarse al Mirador de los Arcos, con vistas abiertas al valle. Iglesias y conventos, como el de Santa Clara, recuerdan el esplendor de la corte del Duque de Lerma en el siglo XVII, cuando la villa fue un foco de poder político y religioso.

Desde Lerma, el viaje continúa hacia Covarrubias, una villa medieval amurallada de calles empedradas y casas de entramado de madera declarada conjunto histórico-artístico. La entrada al casco histórico, bajo el arco con el escudo de Felipe II, conduce a plazas tranquilas, soportales y edificios señoriales como el Archivo del Adelantamiento y el torreón de Fernán González, uno de los pocos edificios milenarios que se conservan en Europa.

La Casa de doña Sancha, en Covarrubias, durante el festival de 'Notas de Noruega'. E. E.

La colegiata de San Cosme y San Damián atesora sepulcros y obras de arte, mientras que la escultura de la princesa Kristina de Noruega recuerda la curiosa relación de este rincón burgalés con el país nórdico. En los alrededores, la moderna ermita de San Olav y los campos de cultivo completan un paisaje sereno que invita a pasear sin prisas.

El triángulo se cierra en Santo Domingo de Silos, conocido mundialmente por su monasterio benedictino y su claustro, una de las cumbres del arte románico europeo. El claustro sorprende por sus capiteles tallados y los ocho relieves que narran escenas bíblicas, y muchos viajeros intentan coincidir con los oficios para escuchar el canto gregoriano de los monjes.

A pocos kilómetros se abre el desfiladero de La Yecla, una garganta angosta que se recorre por pasarelas colgantes entre paredes de roca donde anidan buitres leonados. Senderos entre sabinares, pequeñas ermitas y pueblos agrícolas completan una zona perfecta para combinar visitas culturales con rutas de naturaleza antes de pasarse, por supuesto, por alguna bodegas de la Ruta del Vino Arlanza.