La belleza de Buenos Aires nunca se entrega sin una grieta. Todo lo que deslumbra aquí —los palacios afrancesados, los cafés con arañas, las avenidas que huelen a jacarandá— lleva dentro una pequeña sombra, un temblor, una memoria que no termina de resolverse. Es una ciudad que no olvida ni siquiera cuando finge hacerlo; una ciudad que aprendió que lo moderno no consiste en olvidar el pasado, sino en aprender a convivir con él.
La luz que desciende hasta el corazón de la tierra
A mediados del siglo XX, cuando el hormigón todavía sonaba a futuro y las mujeres arquitectas eran casi una anomalía estadística, Ítala Fulvia Villa recibió un encargo insólito: construir un cementerio subterráneo. No una tumba monumental ni un mausoleo de mármol, sino un paisaje de luz enterrado bajo la Chacarita.
Imaginarla entrando en aquellas oficinas municipales, rodeada de ingenieros con apellidos sonoros y humo de tabaco, es casi una escena de resistencia: ella, con un cuaderno y un par de planos, defendiendo la posibilidad de que la muerte también tuviera un espacio digno y luminoso. Su propuesta era radical incluso para hoy: un panteón bajo tierra donde la luz bajara en vertical, como una plegaria invertida.
Vista aérea del Sexto Panteón.
El Sexto Panteón se construyó a mediados de los cincuenta, cuando la modernidad argentina todavía creía que el futuro era una avenida recta. Ítala Fulvia decidió que el subsuelo no debía ser una tumba sino un paisaje: galerías abiertas a patios donde crecían árboles, muros por los que el día descendía en diagonales lentas, aire que respiraba a pesar del silencio. Allí no hay solemnidad de mausoleo ni dramatismo escultórico; hay una serenidad obstinada, casi maternal, que convierte la tristeza en un gesto de acompañamiento.
Los visitantes bajan esperando oscuridad y encuentran una penumbra tibia. El cemento no oprime: sostiene. La luz no hiere: consuela. Y cuando uno asciende de nuevo al césped, el aire parece más nítido, como si la ciudad, por unos segundos, hubiese aprendido a mirar hacia abajo sin miedo.
En esa coreografía silenciosa —bajar, despedirse, volver— Ítala Fulvia Villa construyó algo más que un edificio: diseñó un rito emocional. La empatía hecha estructura. Un recordatorio de que incluso bajo tierra puede respirarse claridad.
La venganza que redefinió el skyline de Buenos Aires
Pero Buenos Aires también mira hacia arriba. Lo ha hecho siempre, con una mezcla de ambición y desafío. En 1936, mientras Europa se estremecía entre dictaduras y arquitecturas de poder, una mujer llamada Corina Kavanagh decidió que la modernidad podía tener acento porteño.
El resultado fue el Edificio Kavanagh, el primer rascacielos de Sudamérica y uno de los gestos más audaces de la ciudad. Con sus 120 metros y sus 31 plantas, parecía importado de Manhattan, pero tenía algo que ningún rascacielos de Nueva York podía imitar: una leyenda.
Edificio Kavanagh.
Corina, rica heredera pero no aristócrata, se había enamorado de Aarón Anchorena, descendiente de una de las familias más patricias de la ciudad. Su madre, Mercedes Castellanos de Anchorena —nombre de avenida, fortuna de capilla—, prohibió el romance. Corina, herida y brillante, compró un terreno justo frente al palacio de los Anchorena y encargó un edificio tan alto que bloqueara la vista de la basílica que la señora Mercedes había mandado construir. Una venganza vertical, un despecho convertido en skyline.
Puede que la historia no sea cierta —Mercedes había muerto antes—, pero Buenos Aires funciona mejor cuando la verdad se mezcla con el mito. Lo esencial no es la exactitud del relato, sino su precisión emocional. Porque el Kavanagh, con su perfil Art Decó y su estructura de hormigón armado (no de acero, como los de Manhattan), fue eso mismo: una declaración sentimental, una arquitectura hecha de orgullo.
El edificio no sólo cambió el horizonte de la ciudad; cambió su tono. Hasta entonces Buenos Aires imitaba: París en miniatura, Viena tropical, un eco del viejo mundo. El Kavanagh fue el momento en que la ciudad se miró al espejo y dijo yo también puedo ser moderna. Que su impulso naciera del amor o del despecho solo confirma una regla no escrita del urbanismo porteño: aquí las emociones también se construyen con planos.
Una topografía del coraje
Y si el Sexto Panteón mira hacia abajo y el Kavanagh hacia arriba, la tercera historia mira al frente. Porque la Plaza de Mayo no pertenece al cielo ni al subsuelo, sino al suelo mismo: el plano donde la ciudad se confronta con su historia.
En el centro, la Pirámide de Mayo; al fondo, la Casa Rosada. Y entre ambas, el espacio donde miles de mujeres decidieron que el dolor no debía esconderse en privado, sino hacerse público. En 1977, mientras la dictadura de Videla borraba nombres, cuerpos y biografías, un grupo de madres comenzó a caminar en círculo cada jueves, con un pañuelo blanco en la cabeza.
Plaza de Mayo.
Ese pañuelo, símbolo improvisado de un duelo colectivo, era originalmente un pañal: la prenda más doméstica, más tierna, convertida en bandera. Las Madres de Plaza de Mayo transformaron un acto de espera en un acto de resistencia. Cuando ya no había esperanza de encontrar a sus hijos vivos, siguieron caminando para que no muriera la memoria.
Desde entonces, el suelo de la plaza guarda su huella. En los mosaicos blancos pintados sobre las baldosas, el pañuelo se repite como una letanía laica. La arquitectura aquí no son muros ni columnas, sino pasos. El espacio público convertido en altar cívico. Cada piedra recuerda que la democracia argentina no empezó en los despachos, sino en la calle, y que la persistencia también puede ser una forma de arquitectura.
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Tres lugares, tres movimientos: hacia abajo, hacia arriba, hacia el frente. Tres maneras de contar una misma ciudad que, más que construirse, se narra.
El Sexto Panteón nos enseña que el silencio también puede tener luz; el Kavanagh, que la modernidad porteña nació del orgullo y la osadía; la Plaza de Mayo, que la memoria no siempre se edifica en piedra, sino en la repetición de un gesto.
Buenos Aires es, en el fondo, eso: una coreografía de la memoria. Una ciudad que baja, asciende y camina, todo al mismo tiempo. Que convierte los afectos en materia y las heridas en forma.
Y lo más porteño de todo quizá sea esto: que la belleza nunca está donde se la busca, sino donde alguien se atrevió a desafiar lo establecido. Una arquitecta excavando luz bajo tierra. Una heredera levantando un rascacielos por despecho. Un grupo de madres dibujando pañuelos sobre el suelo.
Tres gestos distintos, una misma vocación: que el recuerdo, en Buenos Aires, se construye en relatos que la atraviesan.
