A estas alturas, todo el mundo sabe lo que es un pucherazo. Entendemos por "pucherazo" cualquier fraude en el resultado de un proceso electoral mediante manipulación de las papeletas o del modo de recogerlas en cualquier parte del proceso.
El nombre proviene de los tiempos de la Restauración borbónica (finales del siglo XIX y principios del siglo XX) en que el fraude electoral se utilizaba para asegurar la alternancia entre liberales y conservadores, y se empleaba una olla o puchero para quitar o poner las papeletas según conviniera.
Obviamente, esto es historia, por fortuna. Hoy no hay ollas ni pucheros para cocinar resultados electorales, y el sistema es tan complejo que resulta difícil alterarlo. Y esto es algo que se había respetado en todo momento, discutiendo sobre los resultados, pero nunca sobre el proceso, como muestra de democracia. Hasta ahora.
Hoy en este "todo vale" en que se ha convertido el ruedo político y mediático, la penúltima -siempre habrá otra- ocurrencia ha sido la de cuestionar el sistema y arrojar la sospecha de fraude en las elecciones a una ciudadanía que hace ya tiempo que está harta.
Quien haya intervenido de una u otra manera en el proceso que va desde la convocatoria de elecciones a la proclamación de los resultados sabe que está todo tan medido y previsto que es difícil manipularlo.
Sin ánimo de exhaustividad, hay que explicar que la existencia de las Juntas Electorales (de zona, provincial, de comunidad autónoma y central) donde intervienen varias autoridades públicas, miembros de la judicatura entre ellos, garantiza la limpieza del proceso, cuya integridad viene además reforzada, de un lado, por la existencia de los recursos electorales en la jurisdicción contencioso-administrativa y, de otra, en la prevención general mediante la existencia de los delitos electorales.
Por otro lado, la cada vez más creciente digitalización hace todavía más difícil cualquier alteración intencionada. Para acabar de cerrar el círculo, hay que añadir que la asignación de número de escaños en virtud del sistema D'Hondt hace realmente complicado calcular cuántas papeletas habría que manipular en cada lugar para que impliquen un verdadero cambio en el resultado.
De modo que, nos pongamos como nos pongamos, no es fácil el pucherazo hoy día.
Tal vez por eso quienes pretenden torpedear la democracia desde su propia esencia, dan un rodeo y se ponen a cuestionar otro sistema de voto, el voto por correo.
Una posibilidad que tienen no solo quienes tienen previsto un viaje que les mantenga fuera de su domicilio el día de los comicios, sino también quienes se ven obligados a residir en el extranjero y, por razones laborales, económicas o ambas a un tiempo -aparte de otras, como razones de salud- no se pueden permitir viajar a España para votar.
Tanto en uno como en otro caso, cuento con experiencia personal -mi hija vive fuera de España- y puedo asegurar que, salvo sangre de unicornio, se les pide absolutamente de todo para garantizar la identidad del votante y la limpieza del proceso.
De modo que tampoco es fácil una manipulación efectiva, se pongan como se pongan, Y, si tanto creen en la democracia y dudan del correo, que les paguen el viaje a quienes no pueden venir.
Otra de las vías de cuestionamiento del sistema y, por tanto, de debilitación de la democracia, ha venido dada por lo que se ha dado en llamar Ley de nietos.
Una ley que no existe como tal y que consiste en una mera disposición de la ley de memoria democrática de 2022 que se venía aplicando desde entonces.
Incluso puede darse la paradoja de que haya alguna persona que accediera a la nacionalidad española por esa vía y hubiera votado en elecciones anteriores y hoy se vea, por arte de birlibirloque, privada de ese derecho.
Porque, con el permiso del Tribunal Supremo, ¿de qué sirve ser español si no se puede ejercitar el derecho al voto que tenemos todos y todas las españolas y españoles? Ahí lo dejo.
En cualquier caso, cuestionar la validez del sistema en lugar de las ideas es jugar con fuego. Y quien juega con fuego se arriesga a quemarse. Lo malo es que el fuego puede extenderse a todo lo que toque.