Clímene tuvo un hijo guapo, reguapo, guapísimo. Y también bobo y presumido. Faetón. Un día, en el patio, otro crío le escupió lo único que a esa edad de verdad duele: que mentía cada vez que decía que su padre era el mismo Apolo (que sí que era guapo de solemnidad).
Faetón no corrió a buscar a su madre. Corrió a pedir pruebas.
Porque su padre era el Dios del Sol. El que, cada amanecer, enganchaba cuatro caballos de fuego y cruzaba el cielo para que tú llegues tarde a trabajar. Y el chaval subió al palacio de luz a exigir no un abrazo, sino un certificado. Algo que enseñar. Un titular. Y lo hizo sin pedir instancia ni nada. La juventud es así de osada.
Apolo, aficionado al empujón pero que quería a todos sus hijos por tontos que fueran, juró por la laguna Estigia darle lo que pidiera. De esos juramentos no te libra ni Dios, claro. Y catapún. El niño, que ya hemos convenido que además de guapo era tonto, pidió lo único que no debía: las riendas del carro que abría los días. Un día al volante del cielo. Para que lo vieran todos.
El padre le suplicó. Le dijo que esos caballos no los frena ni Zeus, que el camino abrasa, que hay un escorpión ahí arriba esperándolo con el aguijón. Que un León les puede comer enteritos. Que te vas a matar, que lo vas a quemar todo y a ver luego cómo le explico yo esto a las noticias…
Dio igual. El crío ya se veía allá arriba. Mejor dicho: ya se veía siendo visto por sus iguales. Admirado.
Tres mil años después, al carro del Sol le hemos puesto un aro de luz y un trípode.
La empresa danesa LEGO, que de niños y adultos aburridos sabe un rato, preguntó a más de tres mil niños en todo el mundo qué querían ser de mayores. En Europa ganó youtuber; quedando la profesión de astronauta para los nostálgicos.
En China, al revés: querían ir a las estrellas. Supongo que allí, en el fondo, crecer al 8% viene vestido de cadenas al suelo. Nosotros, esta vetusta Europa que lideró el mundo, ya no queremos ir a ningún sitio. Queremos que nos miren. En España, uno de cada tres críos aspira a influencer. A las estrellas no. A salir en una pantalla.
A la mierda, supongo.
Y ojo, que no me las voy a dar de élite. Que el primero que se hace selfies sexys en el baño soy yo. Porque el que puede, puede. Que la peste la respiramos todos. La diferencia es que yo sé que estoy haciendo el imbécil y priorizo el corazoncito a mi vida real.
Lo que pasa es que a los niños, esa peste, se la hemos metido en la cuna.
Lo tremendo no es que quieran ser famosos. Querer gustar es viejo como Caín. Lo tremendo es el orden. Antes la fama venía como consecuencia: cantabas, corrías, curabas, escribías y, de rebote, los focos te alumbraban. Era la sombra del mérito. Ahora es al revés. Primero la cámara; lo demás, ya veremos. Y ni se te ocurra ponerle los cuernos a tu novio con tu entrenador de boxeo, que te cancelo.
Hemos separado el reconocimiento propio del ejercicio de un magisterio por el oropel de la pamplina, que brilla más pero no tiene ningún poso.
Faetón tampoco quería conducir. Quería que lo vieran conducir. No le interesaba el oficio imposible de pasear la luz por el mundo, madrugón incluido. Le interesaba el instante en que los de abajo levantaran la cabeza: mira, es el hijo de Apolo.
Y aquí está el padre. Siempre es culpa suya, que a un niño tonto se le endereza con educación y principios. Apolo juró por la Estigia y ya no pudo echarse atrás, igual que los niños de hoy juran paz a cambio de una pantalla en un restaurante de fastfood.
El niño berrea, tú tienes que mandar un correo, le das el carro del Sol. Un ratito. Toma las riendas del cielo, cariño, pero no molestes. Nadie piensa que ese ratito, repetido cada día, es justo el juramento que no se deshace.
¿Y qué pasó cuando Faetón cogió el carro del Sol? Pues ya os dije: catapún.
Los caballos notaron la mano floja y se desbocaron. El carro subió hasta helar las nubes y bajó hasta prender los bosques. Ardieron las cosechas, se agrietaron secos los ríos. El desierto del Sáhara lo creó aquella tarde un crío que quemó el mundo por salir un rato en el cielo.
A Faetón lo paró Zeus de un rayo. ¡Ya está bien, niño!
Misericordia a su manera: lo mató para que no calcinara la tierra entera. Cayó ardiendo al río, y sus hermanas lloraron tanto en la orilla que se volvieron árboles. Sus lágrimas, ámbar. Piedra bonita y transparente para mirar, dentro, la pena quieta.
Vamos, que la he liado parda, podría explicar su padre.
Nuestros Faetones no se despeñan de un rayo. Se apagan de algo peor: de que el algoritmo, un martes cualquiera, decide que no importan. Que conduzca otro. Y el que fue mirado con veneración ayer se queda, a los quince, mirando un número cómo le bajan las estadísticas, preguntándose qué hizo mal, sin haber aprendido a hacer nada salvo bailar como un mono sin mérito.
No les hemos dado un sueño. Les hemos dado un aro de luz y les hemos puesto un plato para que pidan después de bailar sin mérito.
¿Y si mañana, cuando pida el carro, probamos a decirles que no?