Hay una palabra que diagnostica cualquier asunto. Que nadie usa con propiedad: carácter. No hablo del genio ni del humor. Hablo del carácter clásico: la madera de la que está tallado un líder, de lo que hace cuando nadie le obliga a hacerlo.

En España estamos otra vez; y siempre; en campaña. Porque vamos a unas elecciones anticipadas después de una legislatura sin presupuestos en la que todas las decisiones han sido fruto de la necesidad de un capitán verborrágico y falaz. Tahúr.

Pero vamos a elecciones, al fin. El pueblo podrá elegir de nuevo, y lo hará en contra de alguien, claro. Pero un adelanto nunca es generosidad, es cálculo. La gestión suprema: la de la propia supervivencia.

Les cuento, de nuevo, la historia de un muerto que lo cuenta mejor que yo. En el año 458 a.C., con una Roma de cuatro calles que aún no ocupaba las siete colinas, Cincinato era un patricio arruinado que araba la poca tierra que le quedaba al otro lado del Tíber.

Roma lo necesitaba. Lo nombró dictador y le dio poder absoluto durante seis meses. Necesitaban un líder que arreglase unos problemas que entre varios no podían, la invasión de los Ecuos. Lo arregló en dos semanas.

Y, después, tan pancho, dejó el poder absoluto. Colgó la toga y se volvió a su tierra, a su pobreza y a su humildad. Ojo, que lo hizo dos veces. Ya que fue Dictador de Roma hasta en dos ocasiones en su vida. Lo fue todo y, cuando arregló el bien común, se fue como vino.

No lo cuento con nostalgia de las sandalias romanas, aquí somos más helenófilos. Lo traigo porque Cincinato reunía las tres cosas que el sociólogo alemán Max Weber exigió a los personajes políticos a principios del siglo pasado: pasión por la causa, sentido de la responsabilidad y mesura. Las tres.

Y, además, carecía del pecado que Weber señaló como enemigo mortal: la vanidad. El amor al poder no por las posibilidades que encierra, sino por su brillo. Por su oropel vacuo. Por la foto. Por el ego. Porque, en realidad, sin el gesto, solo hay mediocridad en la gestión.

Hoy, para desesperación de muchos, solo tenemos gestores de sí mismos con vanidad de divo. Conviene entender las palabras, que son mucho más importantes de lo que parece cuando, incluso, nos hablamos a nosotros mismos.

La gestión es administrar. Es necesaria pero neutra. Un buen gestor puede serlo de su propia cartera o de recursos públicos. Demasiados hay que se dicen preocupados de lo segundo sin saber de lo primero.

El gesto es la gestión maquillada de virtud. El paso al lado escenificado, el sacrificio de atrezo. El retirarse unos días a reflexionar para volver más fuerte. Ya sea por amor o por una ventana de oportunidad que, de milagro, se ha abierto. Teatro, al fin y al cabo.

El gesto imita al carácter como el decorado imita a la piedra: de lejos cuela. En cuanto acercas el foco, suena a hueco.

Y la generosidad, que es la forma política del carácter. Eso ha desaparecido del diccionario. Generoso no es quien reparte el trigo gratis para comprar votos. Eso ya lo hacía Espurio Melio en Roma. Y Cincinato lo paró. Generoso es el que sabe perder a tiempo.

El que concibe el poder como un préstamo con fecha de devolución y no como una propiedad con escritura. El que entiende, otra vez como Weber, que se puede vivir para la política o vivir de la misma y elige lo primero aún a costa de su carrera.

De esos no quedan. Ni en una bancada ni en la otra: el carácter no es de derechas, ni de izquierdas ni de centro. Igual que tampoco es la mediocridad.

O la cobardía.

Y aquí entra mi parte de culpa. Y la de usted. Porque a los gestores de sí mismos los votamos nosotros. Una y otra vez. Y luego nos rasgamos las vestiduras de que lo único que gestionan son sus intereses. Premiamos el gesto porque nos ahorra pensar. Nos emocionamos con el que llora en un acto y desconfiamos del que nos suelta una verdad incómoda como nos asusta un texto difícil.

Tenemos el electorado que merece nuestro carácter. Porque la sociedad también tiene carácter. Y el nuestro, de un tiempo a esta parte, también es de atrezo.

Weber dijo que la política es perforar despacio, muy despacio, tablas de madera dura con pasión y con mesura a la vez. Un trabajo silente, de arado, renuncia y constancia. No de photocall.

A Cincinato fueron a buscarlo a su campo porque él ya se había ido. Es la única prueba del carácter que no se puede falsificar: marcharse antes de que te echen.

Ténganlo en cuenta ahora que nos van a pedir el voto de maneras sucias, trapaceras y mentirosas. Todos. Y es cuestión de carácter elegir bien.