Amor mío:
Llevo tres noches sin dormir por culpa de esta carta. La empiezo, la rompo, la vuelvo a empezar, y el suelo va cubriéndose de cadáveres de papel, de arranques que no supieron decirte.
Hay una forma de querer que no cabe en la boca ni en la garganta, que se atasca en el pecho como un pájaro contra el cristal, y solo encuentra salida por la mano, despacio, a oscuras, cuando toda la casa calla y no queda en el mundo más que este temblor de hombre frente a la página en blanco, que es la última cosa honesta que me queda.
Te quiero como se quiere aquello que uno no ha merecido nunca. Con miedo. Con la certeza absurda de que una mañana cualquiera abrirás los ojos, me mirarás despacio, y verás por fin lo poco que soy. Pienso en ti y el mundo entero se ordena, cada cosa halla su sitio, hasta las que dolían; sales un instante de la habitación y regresa el viejo desorden, el de siempre, el de antes de ti.
No sé hacer versos, ni ganas: me basta con pronunciar tu nombre para que la palabra sea ya bella, para que la boca se me llene de una luz que no puse yo. Eres tú lo que le faltaba a mis días para no ser apenas días, horas puestas en fila camino de la nada.
Y cómo olvidar aquella tarde en [el lugar donde os conocisteis], cuando el tiempo se paró en seco como un reloj al que se le acaba la cuerda, y supe, sin saber todavía tu nombre, sin saber nada de ti salvo que existías, que iba a quererte hasta el final de mis fuerzas y un poco más allá, hasta donde ya no llegan las fuerzas y solo empuja la costumbre del alma.
Por eso te escribo, porque las palabras hechas voz se las lleva el aire y estas quiero que se queden, que las guardes, que las releas cuando yo falte. Porque si el mundo entero se plantara enfrente a prohibírmelo, escribiría tu nombre en cada muro de cada calle y lo gritaría en cada plaza hasta quedarme ronco, hasta que no me quedara garganta. Y si aun así estas líneas te supieran a poco, mi vida, dímelo sin miedo, que tengo otras. Tengo todas. [regenerar respuesta]
—SEPARADOR—————————————
Para. Respira.
¿Te has emocionado? No te avergüences. Yo también, la primera vez. Aguanté hasta el primer corchete sin sospechar.
Porque esa carta no ha salido hinchada de la mano de un nictálope enamorado. La escupió una máquina en tres segundos, a partir de una orden que un pobre diablo tecleó con el pulgar mientras veía una serie: escríbele algo muy romántico a mi pareja, que llore.
Y llorará sobre un texto que no firma nadie. Y, aunque doloroso, es poético porque la lágrima, en realidad, estará culpando y acompañando la muerte de la creatividad.
Fíjate en el corchete, que es donde asoma la costura. El lugar donde os conocisteis. La máquina, que hay que reconocer es lista, no lo sabe. No estuvo. Ni vivió cómo le brillaban los ojos con la lluvia, ni el ataque de risa con el petricor batiente en las comisuras de vuestro primer beso.
La máquina deja el hueco abierto para que lo rellene el remitente, igual que se deja en blanco la casilla del importe en un impreso. Y está la puñalada: una carta está amasada con memoria compartida, con tardes y copas, con sonrisas y enfados. De eso, ninguna IA tiene. Te regala un recuerdo con la fecha por poner. Un te quiero con relleno de 10 sabores.
Y te sientes Poe.
Así, el otro detalle. Tengo otras. Tengo todas. No presume el cerebro digital: informa. Esa pasión que te ha encogido el pecho es el borrador número uno de una fila infinita. Un clic y viene otra, igual de ardiente, igual de perfecta. La misma noche en vela, servida en serie, para quien la pida. Todo tan apócrifo como una moneda de tres euros.
Ya sé, ya sé. Los más aventajados citarán que Cyrano hacía lo mismo, que también él prestó sus palabras al bueno de Christian para que Roxana se rindiera bajo el balcón. Y es cierto, salvo en lo único que importa. Cyrano prestaba la voz, pero el alma era suya, y esa era justo su tragedia: amaba y no podía firmar. Se murió sin poder decir las escribí yo, siempre fui yo.
La máquina no tiene alma que prestar ni amor que callar. Firma encantada. Es Cyrano sin el amor y Christian sin el cuerpo: no hay nadie bajo el balcón. Y lo mismo firma una epístola cargada de emoción que una presentación sobre la reproducción del arenque en los Pirineos.
Perdón por esto, pero me duele. Me da rabia. Porque me he pasado la vida leyendo a los clásicos y algunos modernos. Y ver que se nos ha olvidado hacer lo que ya sabíamos me enoja.
Os cuento una historia: una monja portuguesa, Mariana Alcoforado, le escribió cinco cartas a un oficial francés que ya la había olvidado. Cada renglón ardía de abandono, pero era suyo hasta la última coma. Le pertenecía el dolor como le pertenece a uno la cicatriz que le cruza la piel. (Si no conoces la historia, hazte un favor y búscala, aunque sea en Wikipedia, indolente). Ovidio puso cartas en la mano de Penélope y de Dido, mujeres escribiendo al vacío, a un hombre que no volvía o que ya se marchaba.
Era ficción, sí, pero detrás sangraba un poeta de verdad para fingir aquella sangre. Werther se pegó un tiro con la tinta aún húmeda sobre la mesa. Bécquer juraba que podría no haber poetas, pero que siempre, siempre, habría poesía. Se equivocaba solo en el orden. Ahora hay poesía a espuertas, industrial, impecable, sin una arruga. Lo que empieza a faltar es la verdad que encierra.
Porque una carta, un poema, no vale por lo bien escrita que esté. Lo que importa es quién se jugó el alma y por qué. Por las tres noches. Por el miedo verdadero. Por el temblor de la mano, que no era una metáfora.
Roxana besa un papel que no firma nadie. Y tú, que te emocionaste hace un momento, sigue emocionándote si quieres, estás en tu derecho, pero es mejor que sepas lo que abrazas. Un te quiero que es cierto, porque la máquina no miente, no sabe. Solo que no lo ha dicho nadie.
Christian, al menos, tenía detrás a un Cyrano que lo amaba en la sombra. ¿Lo tuyo es real o un motor artificial que te hace sentir mejor?