Hace apenas unos días veía en una red social el vídeo de una exgimnasta que se quejaba amargamente de una campaña publicitaria protagonizada por una actriz llamada Sidney Sweenwey para una casa de apuestas. Una actriz cuya existencia confieso que desconocía hasta ahora, y ojalá siguiera sin conocerla si tenía que ser de esta manera.

La verdad es que lo primero que me causa rechazo es que la publicidad sea de una casa de apuestas. Y es que relacionar una actividad que fomenta -o debería fomentar- valores tan importantes como el deporte, con las apuestas me gusta poco. De hecho, se consiguió en este país regular la publicidad de las casas de puestas para tratar de evitar su influencia en los menores y el riesgo de la ludopatía.

Pero no era esa la cuestión que quería abordar hoy, sino, una vez más, la sexualización de la imagen de las mujeres, una cosificación que parecía que se estaba superando cuando una bofetada de realidad en forma de anuncio de apuestas nos confirma exactamente lo contrario.

La actriz de la que se trata publicita el producto con fotografías en las que aparece totalmente desnuda, con la circunstancia de que son objetos relacionados con el deporte lo único que tapa las partes más íntimas de su anatomía.

Sé que habrá quien alegue a estas críticas un puritanismo o una mojigatería que está lejos de la causa de las quejas de las deportistas. Y es que cada cual es libre de mostrarse con tanta o tan poca ropa como quiera, pero lo que no es admisible en modo alguno es que en pleno siglo XXI volvamos a los tiempos de una cosificación de la mujer tan evidente que no pueda pensarse en mujeres deportistas si no es en esos términos.

Algo totalmente injusto, además de vergonzoso si tenemos en cuenta no solo el esfuerzo de nuestras deportistas sino los enormes logros que han conseguido.

Decía la gimnasta cuyo vídeo me abrió los ojos que las deportistas dedican horas y horas de su vida a su preparación y entrenamiento y que no hay derecho a que campañas de ese tipo ensucien su imagen y destrocen todo aquello que tanto ha costado de conseguir. Y tenía razón, sin duda alguna.

Viendo esta campaña me ha venido a la cabeza una iniciativa que se fraguó en redes sociales durante los Juegos Olímpicos de Río, que abogaba por la igualdad de los deportistas de ambos sexos, condenando todas aquellas informaciones que relegaban a las mujeres a un papel subordinado a un varón, fuera su entrenador, su padre o su marido, y todas aquellas imágenes que sexualizaban la imagen de las deportistas.

La verdad es que fue una campaña bien acogida y parecía que poco a poco se hacía camino hacia un futuro donde ser cada vez más iguales. Pero cosas como esta nos llevan a la casilla de salida.

Por si fuera poco, en estos mismos días también ha salido a la luz la noticia relacionada con una deportista que denuncia que su embarazo y maternidad han determinado el despido del equipo para el que trabajaba, sin siquiera notificárselo personalmente. Así que otra patada a las mujeres deportistas y a la igualdad.

Lo malo es que estas cosas tienen mucha menos repercusión de la que deberían. Y, lo que es peor, la reacción pública no es lo airada que debería ser.

Así que, aunque no sea más que un granito de arena en una enorme playa, aquí queda mi aportación al reconocimiento de la dignidad de estas enormes profesionales, junto a toda mi admiración. Ojalá sirviera de algo más que de un simple desahogo.

No olvidemos que una sociedad en igualdad no solo es una sociedad mejor para todo el mundo, sino que es la única manera de tener una sociedad verdaderamente justa.