Tanto en moda como en decoración no hay nada como apostar por lo atemporal, aquello que, a pesar del paso del tiempo, todavía perdura, porque no obedece a modas ni tendencias de esas que no se prolongan más allá de una o, a lo sumo, dos temporadas.
Tampoco forma parte de un estilo concreto en el que clasificarse, no es Boho, Romántico, Vintage, ni siquiera es miembro de ninguna de las grandes dinastías, Hermès, Prada, Gucci, no atiende a etiquetas.
En definitiva, lo atemporal bien podríamos definirlo como todo aquello que no solo es sostenible en el tiempo, sino que, además, es capaz de entender la evolución y adaptarse manteniendo su originalidad, sin que huela a naftalina o, peor aún, a copia con logo inverso.
Y, como esto no es la página de sociedad, y también lo atemporal es aplicable a la política, entramos en materia, y qué mejor espacio que el que nos regala la marca personal, ya que las claves son las mismas que las que regían cuando todavía no se le había puesto nombre y se le llamaba personalidad, identidad, estilo propio, con nombre y apellidos algunos de los rostros más populares como John F. Kennedy, Winston Churchill, Margaret Thatcher o Cleopatra, ya le dedicaremos otro espacio a los contemporáneos, y mucho más a los que todavía están en activo, son un claro ejemplo de marca personal atemporal.
Eso sí el entorno político y la situación interna dirigen la estrategia hacia la marca personal o hacia el paraguas del partido al que se pertenece. De hecho, es la única explicación para justificar la variación del tamaño de las imágenes distintivas de los diferentes partidos políticos, etapas de grandes siglas que no dejan espacio para nada más, porque, de verdad, ya nada más importa, y otras en las que ni con lupa.
En la era de los liderazgos mundiales, sin entrar en debatir sobre su calidad en aportaciones para la historia, cuando aterrizamos estos planteamientos de pura estrategia de posicionamiento político en el ámbito local se multiplica por el infinito, si es que esto matemáticamente es posible, porque ahí está la base del municipalismo, la cara visible, a la que probablemente el color y la sigla a la que de corazón, convicción o descarte pertenece no solo no le sume, sino que le reste.
Esta y no otra es la razón por la que algún que otro actual alcalde del PSPV empieza a guardar el paraguas unos con voz propia y otros expectantes, pero, como ya le ocurrió al Partido Popular, para las próximas elecciones todo apunta a que necesitaremos lentes de aumento para localizar Wally.