La verdad es que el tema que pensaba abordar en estas líneas no era este. Pero la actualidad me ha atropellado y no he podido dejar de lanzarme a la piscina de la educación de nuestra infancia y juventud. Una piscina que, visto lo visto, no tiene agua, o la tiene escasa y fangosa. Y, obviamente, el batacazo es mayúsculo.

Me refiero, cómo no, al famoso Informe PISA, que mide la competencia de nuestros escolares en determinadas materias, las más importantes a juicio de quienes hacen estos estudios.

Y en esta informe resulta que España ha suspendido y no con un Insuficiente raspado, sino con un Muy Deficiente como la copa de un pino, en lenguaje de mis tiempos de estudiante. O sea, un cero pelotero de los que hacen época.

Pero vayamos al principio. Todo el mundo habla del Informe PISA, pero estoy segura de que no todo el mundo sabe qué es exactamente dicho informe, de dónde viene y qué es lo que pretende.

Pues bien, sin ánimo de exhaustividad, dicho Informe PISA (programa para la evaluación internacional de los estudiantes) es un estudio de la OCDE (Organización para la cooperación y el desarrollo económico) que mide cada tres años el rendimiento académico de estudiantes en matemáticas, ciencia y lectura a nivel mundial, partiendo de una encuesta y unas pruebas realizadas en 90 países, el nuestro entre ellos.

Así pues, ha llegado el informe de 2025 y los resultados no han podido ser peores. El alumnado español baja puntos en las tres materias analizadas, y en especial en la lectura, donde el descalabro es de la friolera de 45 puntos, que se estima como una pérdida de dos años respecto al estudio anterior. Esto es, que el alumnado de 15 años de ahora tiene el nivel que antes tenían con 13 años. Ahí es nada.

Por supuesto, lo suyo sería ahora, además de echarse las manos a la cabeza, ponerse las pilas para saber qué es lo que ha ocasionado semejante desastre educativo. Sin embargo, la primera reacción ha sido la de siempre en los últimos tiempos: echarse las culpas unos a otros. Es decir, buscar culpables en vez de buscar soluciones.

Por otra parte, todo el mundo acude al análisis facilón: la culpa la tienen las pantallas, que impiden la concentración de los estudiantes, y la inteligencia artificial, que impide que se esfuerce en buscar información, comprenderla y asumirla.

Y esto es muy razonable y estaría muy bien si no chocara con un escollo tan evidente que parece mentira que nadie conteste, y es que las pantallas y la inteligencia artificial no son exclusivas de nuestro país, y están al alcance de todos los países participantes en el estudio. ¿O es que nuestras niñas y niños son más susceptibles de que les influya que el resto de niñas y niños?

La respuesta debería ser tan evidente como el hecho de que la influencia de las pantallas sea un factor de la disminución de las competencias lectoras en el alumnado de todo el mundo, pero no tiene ningún sentido que sea un problema nuestro. O, al menos, es lo que a mí me parece.

Cuando hablamos de educación, siempre aparece alguien de cierta edad recordando la época en que aprendían las listas de los Reyes Godos, los ríos de España o las capitales de mundo recitadas de memoria.

En mi caso, no aprendí la listea de Reyes Godos porque en mi época ya habían desaparecido de los programas educativos, pero todavía soy capaz de recitar de carrerilla los mares de Europa, sin ir más lejos.

Y, aunque nada más lejos de mi intención que pretender una vuelta a la memoria pura y dura y a aquello de que la letra con sangre entra, también invito a la reflexión sobre que no se pude prescindir sin más de la memoria, porque es una parte importante del estudio.

Si no se recuerdan determinados conocimientos básicos, es difícil que se disponga de base suficiente para poder comprender y relacionar otros. Por supuesto, sin volver a los dichosos Reyes Godos.

Entonces, ¿qué es lo que ha pasado? Pues ya nos gustaría saberlo a ciencia cierta, porque conocer la causa es el principio de solución. Pero lo que sí se puede es analizar sobre posibles causas, y ahí creo que hay una fundamental. Los continuos cambios en las leyes de educación y la politización de esta materia creo que han hecho un flaco favor a nuestra infancia.

Cada vez que un partido político llega al poder, parece que tiene que cambiar de cabo a rabo las leyes sobre el sistema educativo, de modo que cada gobierno se empecina en tener su propia ley de educación sin importarle las consecuencias que eso pueda tener en el alumnado. Y hay determinadas materias que deberían estar fuera de los vaivenes políticos en pro del bien común.

Así que, a quien corresponda. Como no nos espabilemos, nuestros adolescentes acabarán teniendo el nivel de criaturas de guardería. Y eso es terrible para ellos y, sobre todo, para nuestro futuro, que, dentro de nada, puede ser presente.