Hay una realidad de nuestro tiempo que quizá todavía no hemos terminado de asumir: la inteligencia artificial ya no se consulta solamente, se conversa con ella. Se le pregunta por una enfermedad antes de acudir al médico, se le confían diarios personales, se le pide que ordene una ruptura sentimental, que redacte un mensaje difícil, que analice una decisión profesional o que ayude a comprender por qué estamos tristes.
Hay personas que mantienen conversaciones diarias con una inteligencia artificial y otras que encuentran en ella una forma de acompañamiento que, en algunos casos, empieza a confundirse con la amistad o incluso con la terapia.
También empieza a formar parte de nuestra vida profesional. Cada vez es más frecuente que un cliente llegue al despacho con un informe elaborado por inteligencia artificial o con una consulta jurídica que previamente ha planteado a uno de estos sistemas. Y debo reconocer que, en muchas ocasiones, las respuestas afinan bastante: identifican normas, ordenan argumentos e incluso advierten de algunos riesgos.
Pero el ejercicio profesional exige bastante más. Exige técnica, estrategia, experiencia, conocimiento del medio, de la contraparte, de los tiempos procesales y también de quienes están llamados a juzgar. Exige comprender qué puede probarse y qué no, qué argumento conviene sostener, cuál debe reservarse, cuándo negociar y cuándo litigar, qué coste tendrá cada decisión y qué consecuencias humanas o económicas puede desencadenar.
La inteligencia artificial puede ofrecer una respuesta correcta. El profesional responsable debe construir, además, una decisión.
Ha aparecido así una figura que hace muy poco pertenecía a la ciencia ficción: el amigo artificial. Y, junto a él, quizá también el médico, el abogado, el profesor o el consejero artificial. El debate no puede despacharse afirmando simplemente que una máquina no es una persona. Naturalmente que no lo es.
Una inteligencia artificial no siente afecto, no se preocupa por nosotros, no tiene conciencia de nuestra existencia ni experimenta alegría porque volvamos a conversar con ella. Sin embargo, está construida para comunicarse mediante el lenguaje, y el lenguaje ha sido siempre uno de los espacios esenciales de la relación humana. Por eso la frontera empieza a resultar menos evidente.
Una inteligencia artificial puede recordar el contexto de una conversación, adaptar el tono, detectar una contradicción, ayudarnos a ordenar una preocupación y responder de una manera que percibimos como comprensiva. Cuanto mejor lo haga, mayor será precisamente el riesgo de atribuirle una humanidad que no tiene.
Pero quizá la respuesta no consista en negar esta nueva relación, sino en aprender a gobernarla. Cada gran transformación tecnológica ha producido inicialmente una reacción de resistencia. En el Fedro, Platón pone en boca de Sócrates la conocida crítica a la escritura.
El conocimiento escrito, advertía, podía debilitar la memoria: los hombres confiarían en signos externos en lugar de recordar por sí mismos y podrían adquirir apariencia de sabiduría sin poseerla verdaderamente. Paradójicamente, conocemos aquella advertencia porque fue escrita.
La escritura no destruyó el pensamiento. Lo transformó. Después llegaron la imprenta, la calculadora, Internet y los buscadores. Ahora llega una tecnología distinta porque no se limita a almacenar o proporcionar información: conversa con nosotros. Y eso exige una nueva educación. Tal vez estemos llegando ya tarde.
La educación tecnológica debería formar parte de la formación ordinaria de los niños y, al mismo tiempo, de la cultura general de los adultos. No como una asignatura destinada únicamente a manejar dispositivos o programas, sino como una educación para comprender qué hace una inteligencia artificial, qué no puede hacer, cómo puede condicionar nuestras decisiones y cuáles son los límites que debemos preservar.
A los niños habrá que enseñarles a distinguir información de conocimiento, respuesta de criterio y simulación de relación. A los adultos, quizá, algo todavía más difícil: a no confundir comodidad con verdad, confirmación con razonamiento y disponibilidad permanente con amistad. Durante algún tiempo hemos asociado la utilización de inteligencia artificial con una cierta sospecha.
"¿Lo has hecho con IA?", preguntamos inmediatamente ante un texto especialmente elaborado, como si utilizar una herramienta invalidara necesariamente el trabajo realizado. A nadie se le ocurriría preguntar a un escritor si ha utilizado un diccionario, a un arquitecto si ha empleado un programa de cálculo o a un abogado si ha consultado una base de datos.
La cuestión relevante debería ser otra: ¿Quién ha pensado? Porque una cosa es utilizar inteligencia artificial para desarrollar una idea propia, contrastarla, encontrar objeciones, ordenar información o mejorar la expresión, y otra muy diferente delegar en ella el trabajo intelectual que nos correspondía realizar. La frontera decisiva no está entre usar o no usar inteligencia artificial. Está entre conservar nuestro gobierno sobre ella o entregárselo.
También en nuestras interacciones personales. Podemos pedirle que cuestione nuestras razones en lugar de confirmarlas, que identifique aquello que no estamos viendo, que formule la posición contraria a la nuestra o que nos ayude a hacer preguntas mejores. En estos casos la tecnología no necesariamente empobrece el pensamiento; puede ampliarlo.
El peligro aparece cuando dejamos de confrontar. Una inteligencia artificial permanentemente disponible, paciente y complaciente puede resultar mucho más cómoda que un amigo que discrepa, un hijo que no contesta inmediatamente, un compañero que nos contradice, un terapeuta que nos obliga a enfrentarnos con aquello que preferiríamos evitar o un abogado que, precisamente porque conoce las consecuencias jurídicas de nuestros actos, nos advierte de los riesgos de una determinada conducta, aunque su criterio no coincida con lo que deseábamos escuchar.
En todos esos casos existe algo que la máquina no reproduce verdaderamente: responsabilidad, juicio, contexto, compromiso y, a veces, el deber de incomodarnos.
Estamos, en realidad, ante un nuevo desafío para nuestra educación racional y emocional. Podemos mantener la inteligencia artificial al margen de nuestra vida y de nuestra actividad, y será una decisión perfectamente legítima.
Pero también podemos incorporarla conscientemente, conocer sus límites, preservar nuestro criterio y aprovechar las extraordinarias posibilidades que ofrece sin entregarle aquello que nos corresponde decidir, sentir o pensar por nosotros mismos. No se trata de aprender desde cero a relacionarnos con la tecnología, sino de aplicar a una herramienta nueva capacidades muy antiguas: discernimiento, prudencia, sentido crítico y dominio de nosotros mismos.
Pensar antes de preguntar. Pedir contradicción y no solamente confirmación. Comprobar la información cuando importa. Mantener en nosotros la decisión final. No sustituir con una máquina aquellas conversaciones que pertenecen a las personas.
Y, sobre todo, conservar intacta una exigencia: que el uso de la inteligencia artificial no reduzca nuestra capacidad de juicio, sino que la haga más rigurosa; que no nos ahorre el pensamiento que debemos realizar, sino que nos obligue a pensar mejor; que no termine diciéndonos quiénes somos, qué debemos querer o cómo debemos vivir, sino que nos ayude a examinar con mayor claridad las razones con las que decidimos hacerlo.
También tendremos que aprender cómo hablar con ella. No veo ningún problema en hacerlo con naturalidad, incluso incorporando expresiones de cortesía como "por favor" o "gracias". No porque exista alguien al otro lado que pueda sentirse agradecido, sino porque nuestra forma de hablar también educa nuestra propia manera de estar en el mundo.
Podemos conversar con una inteligencia artificial de una manera humana sin atribuirle por ello condición humana. Podemos incluso acostumbrarnos a su presencia, siempre que conservemos clara la naturaleza de aquello con lo que estamos hablando.
Ese será probablemente uno de los equilibrios más delicados de los próximos años: utilizar una tecnología diseñada para parecer cercana sin confundir cercanía con reciprocidad; aceptar su capacidad de acompañar una conversación sin convertirla en compañía; beneficiarnos de su inteligencia sin entregarle nuestra conciencia.
Porque seguramente conviviremos con inteligencias artificiales durante el resto de nuestra vida. Estarán en el trabajo, en la enseñanza, en la medicina, en nuestras casas y probablemente en algunos de nuestros momentos de mayor vulnerabilidad. Prohibir, ridiculizar o negar esa realidad serviría de poco. La respuesta tendrá que ser cultural antes que tecnológica.
Una inteligencia artificial puede ayudarme a ordenar mi pensamiento, pero no debería pensar mi vida por mí. Puede ayudarme a encontrar las palabras, pero no sustituir mi voz.
Puede confrontar mis razones, pero no reemplazar mi conciencia. Y cuando termine la conversación convendrá recordar algo esencial: una inteligencia artificial podrá escucharnos sin cansarse, responder inmediatamente y encontrar siempre palabras, pero no podrá compartir verdaderamente nuestra existencia. La amistad exige presencia, reciprocidad, libertad, vulnerabilidad y tiempo vivido en común.
Podremos tener conversaciones cada vez más humanas con las máquinas. Pero no hay más amistad que la que la vida nos ofrece. Por eso, al final, habrá que hacer algo tan sencillo como decisivo: cerrar la pantalla y volver a la vida.
José Rutilio Domingo Monforte es abogado.
