Esta misma semana se celebraba el Día Internacional de la Juventud. Uno de esos días temáticos que, no sé si por su abstracción o porque interesa menos de lo que debería, pasa más bien desapercibido.

Si este año le añadimos, además, la coincidencia con el eclipse que todo lo eclipsa -perdón por el juego de palabras, pero la tentación era muy grande-, la conmemoración se ha vuelto casi invisible. O sin casi.

Lo primero que habría que plantearse es exactamente qué es lo que se conmemora. Porque cuando hablamos de juventud, siempre acaba viniéndonos a la cabeza la manida expresión de "juventud, divino tesoro" que convierte esa etapa de la vida en una suerte de quimera en que todo es maravilloso.

Pero de eso nada. Ni ayer, ni menos aún, hoy. Es cierto que tenemos cierta tendencia a idealizar el pasado, pero todo el mundo ha tenido en su juventud sus cuitas y el hecho de tener pocos años y mucho pelo no basta para la existencia de la felicidad.

De hecho, hoy ni siquiera sabemos qué se considera ser joven. Según la IA, en una definición un tanto simplista, la juventud es una etapa de la vida situada entre la infancia y la edad adulta.

Para la RAE, la juventud es el "período de la vida humana que precede inmediatamente a la madurez", aunque en otra acepción considera que juventud equivale a "energía, vigor y frescura".

La cuestión es que ninguna de estas definiciones nos sitúa en un período cronológico concreto de la vida de las personas, y, aunque la ONU acota este tiempo entre los 15 y los 24 años, cada día los jóvenes son más mayores, y en nuestro país se extiende hasta los 30 e incluso 34 años, algo bastante más acorde con la realidad que nos ha tocado vivir.

Y es que por más que envidiemos la frescura y la lozanía que se pierde inevitablemente por la edad -por más que haya quien se empeñe en disimularlo con cirugía, gimnasio o tratamientos milagrosos- no son pocas las dificultades con las que tienen que vivir nuestros jóvenes de hoy.

Tal vez la vivienda, o las condiciones laborales sean los temas de los que más se habla, y no sin razón.

Nos encontramos con generaciones con una sólida formación que ni encuentran trabajo en condiciones proporcionadas con su preparación, o, aunque lo encuentren, no disponen de un salario suficiente para acceder a una vivienda en condiciones, ni siquiera en régimen de alquiler.

Pero, además de ello, o quizás como una de las causas, se enfrentan a serios problemas de salud mental, a la dictadura del aspecto físico o a una soledad que, aunque pueda parecer lo contrario, se acrecienta por el uso de las redes sociales.

Todo un cóctel que contradice esa imagen idílica de la juventud como una etapa maravillosa de la vida. No hay más que comprobar las cifras de suicidio juvenil para confirmarlo.

Atrás ha quedado esa idea de juventud idealista y revolucionaria, germen de los cambios sociales, que fue propia de una época. Ahora el escepticismo campa por sus fueros y las que deberían ser convicciones y compromiso ha dejado paso a la intolerancia y a un flirteo con las ideas de ultraderecha que debería disparar todas las alarmas.

Algo pasa con una juventud que, en gran parte, ha perdido la ilusión que debería caracterizarles. Y algo pasa con una sociedad adulta que, o no quiere verlo o no le importa.

Pero el futuro se merece que le demos una vuelta antes de convertirse en presente. O más de una.