Hemos ganado el Mundial. Después de muchos días a partido diario, y de muchos meses hablando de ello, se acabó. Y se acabó de la mejor manera posible para nuestro país. Mi paisano Ferran metió el gol que nos catapultaba a la gloria y nos regalaba una estrella, en sentido literal, y todavía vivimos los ecos de homenajes y celebraciones. No puede ser de otra manera.
Es una gran gesta deportiva, sin duda, pero es mucho más. Teniendo en cuenta la repercusión de cualquier cosa que ocurra en el mundo del balompié, la Copa del Mundo trasciende del ámbito deportivo y se convierte en un hecho social. Algo que no me parece mal, pero me parecería mucho mejor si ocurriera otro tanto con otros deportes, como ya he dicho alguna vez desde estas mismas páginas. Pero esa es otra historia.
La cuestión es que, mientras vivíamos en modo fútbol, el mundo no se paraba. Y, aunque no se hablaba de ello, el genocidio en Gaza sigue ahí, y la guerra de Ucrania, los ataques a Irán y los más de 50 conflictos armados en el mundo que hay continúan su senda de sangre y dolor sin que siquiera se hable de ello.
Tampoco se ha hablado apenas de las mujeres asesinadas por violencia de género durante el tiempo en que duró la fase final del campeonato: 6 mujeres fueron asesinadas y se encontró el cadáver de otra que lo había sido en el mes de marzo.
En dos de los casos, el asesino acabó con la que fue su pareja y con su hija. Y, por si fuera poco, apenas terminado el campeonato, mientras celebrábamos el triunfo, al menos tres mujeres más han sido víctimas mortales de un verdugo machista.
Pero mientras había más de dos millones de personas en las calles de Madrid gritando "campeones" con banderas nacionales en ristre, apenas nadie hacía un minuto de silencio ni portaba un lazo morado por las víctimas. Y eso nos debería hacer pensar.
Como nos debe hacer pensar también la situación de todas las personas migrantes o hijos e hijas de migrantes que no han tenido la fortuna de tener un genio del fútbol en su familia.
Uno de los miembros de la selección, Borja Iglesias, nos invitaba acertadamente a reflexionar sobre ello, diciendo, en una cita que ya se ha hecho viral: "Ojalá les diésemos la misma importancia a los africanos que se juegan la vida en una patera que a este partido".
Poco más hay que comentar, más allá de aplaudir a quien utiliza su influencia como futbolista para dar visibilidad a cuestiones sociales y humanas de gran trascendencia. Ojalá más futbolistas como Borja, que no es la primera vez que da muestra de su compromiso con la igualdad y los derechos humanos.
Y es que, por más que se hayan retransmitido partidos, celebraciones y hasta entrenamientos, apenas se ha hecho hincapié en la actitud xenófoba del gobierno de uno de los países organizadores, que ni siquiera disimuló durante los días de campeonato y cuyo presidente, en un alarde de egocentrismo, quiso eclipsar a la presidenta y al jefe de gobierno de los otros dos países organizadores. La hipocresía en toda su plenitud.
Los citados han sido unos pocos ejemplos de todas las cosas que ocurren en nuestro país y en el mundo entero, hechos gravísimos a los que apenas les hacemos caso. Y debería haber llegado ya el momento de plantarse. Ahora que el fútbol nos ha dejado descanso, es el momento de meter los goles en otras porterías.