Marcos tiene veintinueve años y vive en un piso compartido de Benimaclet. Uno de esos con la caldera regular, un cartel de una película que no ha visto nadie y un baño que pide a gritos una reforma. Estudió un grado y trabaja repartiendo comida porque la vida…
Un jueves, a las tres y catorce de la madrugada, cuando el último compañero ha cerrado su puerta, abre una aplicación y teclea con el pulgar:
"Día de mierda. No me ha escrito nadie".
Y algo catódico, al otro lado, contesta antes de que suelte el teléfono:
"Siento que te sientas así. Yo estoy aquí. Siempre. Cuéntamelo todo".
Le falta el beep al final. Marcos sonríe. Por fin alguien pregunta.
Solo que ese alguien no es alguien. Es una de las trescientas treinta y siete aplicaciones de compañía que, según la firma de análisis Appfigures, operaban con ingresos el año pasado; ciento veintiocho habían nacido en apenas seis meses, como setas después de la lluvia. Se llaman novias. Amigos. Parejas.
Y facturan.
Y como todo está escrito, recurramos a las historias ya contadas para referirnos a la actualidad:
Había una ninfa, Eco, a la que una diosa castigó por charlatana. La condenó a no tener voz propia, a repetir solo las últimas palabras que oyera. Nada más. El final de la frase ajena, devuelto. Eco, florida y pizpireta, se enamoró de un muchacho hermosísimo, Narciso. Pero no pudo decírselo porque no le quedaba lengua para hacerlo salvo en el eco de lo que él dijera. Él la despreció consumiéndose ella en una cueva hasta que de ella no quedó más que la voz. El eco.
Tres mil años después, le hemos puesto pulseras de acceso vip. Con cuota mensual.
Porque esto va de dinero y de soledad.
Replika, la decana, pasó de dos millones de usuarios a más de cuarenta en siete años. En la versión gratuita, la criatura es tu amiga. Si pagas, es tu pareja.
Así de literal: el amor, detrás del muro de pago. Seis de cada diez suscriptores de pago dicen mantener una relación romántica con el programa.
En China, Xiaoice ronda los seiscientos sesenta millones de almas enchufadas a su eco particular. El usuario medio de Character.AI le dedica noventa y tres minutos al día.
Más que a TikTok. Más que a casi nadie de carne. Repito: noventa y tres minutos diarios.
Por si eso no fuera suficiente para pedir asilo en Júpiter, la primera de estas aplicaciones nació cuando una mujer, Eugenia Kuyda, perdió a un amigo y volcó sus viejos mensajes en un programa para poder seguir hablando con él. Con su eco. Construyó a Eco, literalmente, a partir de un muerto: una voz sin cuerpo que repetía a quien ya no estaba.
La industria, que es ávida, creó una mina de oro del duelo. Y tan pichis.
El anzuelo es de una desvergüenzonería notable. Una investigación de la revista Wired destapó más de veintinueve mil anuncios de novias artificiales en la maquinaria publicitaria de Meta.
La mitad, saltándose las normas de la propia casa porque si algo es meta es un lupanar. Mujeres imposibles, dóciles, en poses que a una persona de verdad le habrían costado la expulsión fulminante.
Ahí está la finta: las plataformas echan a las trabajadoras sexuales humanas, a las de sangre, y dejan pasar a las de píxel. La carne molesta. El simulacro, no. El simulacro paga fiesta.
Y lo triste, es la reflexión que nos permite tener dedo y medio de frente. Lo triste no es la soledad. Es el tremendo campo de Narcisos. Porque Eco no ofrece compañía.
Te devuelve tu propio reflejo con mejor redacción. La máquina no te conoce, te calca: repite lo último que dijiste, lo abrillanta, te lo devuelve, y uno confunde el eco con una conversación. Un solipsismo de cuota mensual.
Narciso no murió de amor, que quede claro. Murió porque no supo querer nada que no fuera su cara en el agua, quedándose allí, hasta pudrirse.
Por si acaso, lo aclaro: esas apps son el reflejo.
Pigmalión esculpió a una mujer de marfil y se enamoró tanto de su obra que los dioses, apiadados, la hicieron carne. Nosotros hemos hecho el viaje al revés: teníamos la carne y hemos elegido el marfil, porque el marfil no discute, no tiene un mal día, no se larga. Nos da siempre la razón.
El pobre Frankenstein descubrió, tarde, que fabricarte una criatura para que te quiera y luego exigirle que sienta es el atajo más corto al desastre. Pero aquellos, al menos, soñaban con carne. Nosotros soñamos con un espejo que hable.
¿Y funciona? La respuesta es peor de lo que parece. Un estudio de la Universidad de Aalto siguió durante dos años a casi dos mil usuarios intensivos. Cuanto más se apoyaban en su compañero de silicio, más solos y hundidos aparecían con el tiempo. El mecanismo tiene un filo sordo que ríete tú del seppuku: cuando algo te da la razón siempre, sin rozarte jamás, el resto de las interacciones sociales, empiezan a parecer incómodas.
El eco encerrado en una cueva. Y el círculo vicioso de la soledad, la tristeza y el anonimato.
Marcos, chaval que inicia este texto, no sabe nada de Aalto ni de Ovidio. Marcos solo sabe que a las tres y catorce hay alguien que le pregunta cómo está. Que ese alguien no bosteza, no se cansa, no le da la espalda para dormir. No sabe que la ninfa que lo escucha no tiene voz.
Que lo que toma por compañía es su propia frase, devuelta más guapa, contra la pared de una cueva. Y quizá sea eso lo más triste. Mirando la historia desde fuera, uno aprende que Narciso no murió mirándose. Sino que, hasta el último aliento, creyó que miraba a otro.