La prudencia léxica nunca ha sido una de las principales virtudes de Diana Morant. Acostumbrada a expresarse desde una supuesta atalaya moral, la ministra parece convencida de que la contundencia sustituye al argumento y de que la descalificación del adversario constituye una forma legítima de superioridad intelectual.

La que lleva a repartir carnés de buenos y malos, de progresistas homologados y sospechosos habituales, con la convicción de quien cree haber recibido el monopolio de la virtud junto con el nombramiento ministerial. El problema es que los púlpitos son cómodos, pero las hemerotecas rara vez muestran la misma indulgencia.

La ministra y secretaria general del PSPV parece haber convertido la defensa numantina del sanchismo en una auténtica vocación. Una tarea exigente, sin duda, porque cada semana le surgen nuevos desafíos.

Y, sin embargo, ahí está ella, siempre dispuesta a acudir al rescate de cualquier referencia política que haga aguas. Resulta curioso observar su peculiar relación con los tiempos y con las palabras. Tan pronto ejerce de lenguaraz como abraza un silencio casi monacal. Habla cuando quizá convendría la prudencia y calla cuando lo razonable sería una explicación.

Una extraña forma de entender la responsabilidad política que, por desgracia, suele ser más frecuente de lo deseable.

Lo hemos comprobado recientemente con su encendida (y solitaria) reivindicación del legado de José Luis Rodríguez Zapatero. Una defensa apasionada -y por momentos conspirativa- que plantea preguntas inevitables.

¿De qué legado hablamos exactamente? ¿Del que dejó a la Comunitat Valenciana sin trasvase del Ebro, con una financiación injusta y sin derecho civil valenciano? ¿Del que negó la crisis económica situando a nuestro país al borde del rescate mientras millones de españoles perdían su empleo? ¿Del que congeló el sueldo a los funcionarios y recortó las pensiones durante años? Le convendría concretar.

En tiempos convulsos, quizá lo aconsejable sería una mayor contención. No solo antes de presentar como ejemplar un legado que cada día proyecta más sombras que luces, sino también antes de abrazar causas de dudosa rentabilidad política. Mientras otros han optado por un prudente silencio, Diana Morant ha decidido ejercer de albacea sentimental de Zapatero.

Hijas imputadas, una secretaria personal investigada, un socio en la misma situación, joyas valoradas en 1,3 millones de euros pendientes de explicación y una batería de delitos cuya gravedad nadie puede despachar con una frase ingeniosa. No parece, precisamente, el mejor momento para hablar de herencias imborrables.

Remover el pasado tiene la incómoda costumbre de desmontar algunos relatos. Quizá por eso Diana Morant alterna con tanta facilidad la exuberancia verbal y el silencio.

Manan las palabras para Zapatero pero siguen pendientes sus explicaciones sobre los 25 millones de euros desviadosde la investigación contra el cáncer en un organismo bajo su responsabilidad. Como también lo están las derivadas políticas de los casos Ábalos, Santos Cerdán o Koldo, o aquellos pelotazos nacidos al calor de las contrataciones de urgencia durante la pandemia.

¿Tiene algo que decir la ministra sobre los contratos de emergencia del Gobierno de Ximo Puig para la instalación de tres hospitales de campaña que apenas atendieron a un centenar de pacientes, cuyas carpas terminaron sucumbiendo al viento y cuya factura ascendió a 13 millones de euros y que el Consell prevé poner en conocimiento de la Fiscalía?

Resulta llamativo que quien acostumbra a prodigarse en lecciones de ejemplaridad descubra, precisamente en estos asuntos, las virtudes del silencio.

Quien aspira a presidir la Generalitat no puede permitirse ese doble rasero, ni presentarse como adalid de la regeneración mientras se acumulan los episodios que afectan a algunos de sus principales referentes políticos y a la utilización de las instituciones en beneficio propio.

Dice Morant que el legado de Zapatero "no lo va a borrar nada, ni siquiera unas joyas". Lo verdaderamente llamativo es el empeño de la ministra en reabrir un debate que difícilmente favorece a quien considera su padre político. Porque el riesgo de hablar de legados es que alguien decida repasarlos completos.

Nando Pastor es Portavoz del Grupo Parlamentario Popular en Les Corts