Dramatis personae:
Séneca: Filósofo estoico, anciano, cansado. Viste túnica sobria. Sostiene un pergamino a medio leer.
El coro de los cortos: Una amalgama de jóvenes con la vista clavada en sus manos. Se mueven de forma espasmódica, repitiendo coreografías idénticas que duran exactamente quince segundos antes de reiniciarse.
La pantalla: Una deidad silenciosa en el centro del escenario. No tiene rostro, solo emite luz.
Escenografía: El escenario está partido en dos. A la izquierda, el estudio de Séneca: estantes repletos de rollos de papiro, tinteros y clepsidras. A la derecha, un vacío absoluto. La iluminación es puro claroscuro, una estética heredera de Caravaggio: la luz artificial y fría de las pantallas recorta los rostros del Coro contra la más absoluta oscuridad, creando sombras dramáticas y cuencas vacías en sus ojos. No hay término medio, solo la luz de la adicción y la negrura de la ignorancia.
(Se abre el telón. Séneca observa su clepsidra. El Coro a su derecha desliza el pulgar hacia arriba rítmicamente, en completo silencio, como autómatas).
SÉNECA: (Paseando, pensativo) No es que tengamos poco tiempo, es que perdemos mucho. La vida nos ha sido otorgada con generosidad suficiente para completar las más altas empresas, pero se escurre. Miro a Roma y veo a hombres persiguiendo el viento. Y ahora... os miro a vosotros. Habitantes del futuro. Sosteniendo ese pequeño oráculo de cristal que os ilumina el rostro con el fuego de la inmediatez. ¿Qué buscáis con tanta avidez?
CORO: (Al unísono, sin apartar la vista de sus manos, con voz monótona) Dopamina. Desliza. Un baile nuevo. Desliza. Un hombre tropezando. Desliza. Un truco para pelar ajos. Desliza. Me aburro. Desliza. Desliza. Desliza.
SÉNECA: (Acercándose al límite de la luz) ¿Un baile? ¿Un tropiezo? Lleváis la suma de todo el conocimiento humano en el pliegue de la túnica y lo utilizáis para mendigar distracciones de quince segundos. ¡Qué tragedia! El sabio viaja a través de los siglos conversando con Sócrates y Aristóteles, pero vosotros habéis decidido tapiar las puertas de vuestra propia mente.
CORO: (Haciendo un movimiento espasmódico con los brazos, una coreografía viral) Demasiado texto, anciano. Las palabras fatigan. El silencio ahoga. Si no hay música de fondo, la mente nos grita. No queremos escuchar el grito. Desliza.
SÉNECA: Habláis del silencio como si fuera una condena, cuando es el único yunque donde se forja el alma. ¿Acaso no comprendéis la magnitud de vuestro naufragio? Hace siglos, lloramos lágrimas de sangre cuando el fuego devoró la Gran Biblioteca de Alejandría. Ptolomeo reunió los saberes del mundo y la barbarie los redujo a cenizas. Creíamos que aquella había sido la mayor pérdida de la historia humana. Qué ciegos estábamos.
CORO: (Detienen el pulgar un segundo. Levantan la vista hacia Séneca, pero sus pupilas están dilatadas, vacías). No necesitamos fuego. Alejandría arde cada vez que cerramos un libro para abrir la aplicación. Nosotros somos el incendio. Quemamos los pergaminos para calentarnos las manos durante diez segundos. Luego, exigimos más papel. Más madera. Más vídeos. Más ruido.
SÉNECA: (Horrorizado, retrocediendo hacia sus libros) Sois incendiarios voluntarios de vuestra propia cordura. Renunciáis a la travesía. El viaje requiere esfuerzo, sangre y transmutación. Pero vosotros no queréis viajar.
CORO: Son demasiados. Queremos el elixir en la primera etapa. Sin monstruos. Sin esfuerzo. Sin leer. Cien caracteres nos bastan. Si no nos hace reír en tres segundos, deslizamos. Desliza. Desliza. Desliza.
SÉNECA: (Alza las manos al cielo, con la voz quebrada) Exigís la gloria del héroe mutilando el viaje. ¡Oh, dioses de la inmediatez, qué crueles sois con vuestros fieles! Les habéis dado la inmortalidad digital a cambio de su atención temporal. Lobotomizados por voluntad propia, huyendo de la brevedad de la vida, se aseguran de no vivirla en absoluto.
CORO: (El ritmo de sus pulgares se acelera frenéticamente. La luz blanca de sus rostros parpadea como un estroboscopio, acentuando el claroscuro del escenario) Ya no te escuchamos, filósofo. Tu discurso no tiene subtítulos dinámicos. Tu dolor carece de música de moda. El tiempo no existe. Solo existe el próximo vídeo. Alejandría no nos importa. Solo queremos verla arder con un filtro de colores. Desliza. Desliza. Desliza.
(La luz de los móviles se vuelve cegadora por un instante, un fogonazo frío que inunda el teatro. Luego, de golpe, todo el escenario se sume en la oscuridad más absoluta. Solo se escucha, en el negro total, el susurro rítmico y terrorífico del Coro).
Voz del CORO en la oscuridad: Desliza... Desliza... Desliza...
(Cae el telón).