El inframundo griego tenía un rincón reservado para los castigos poéticos. Allí, en lo más hondo del Tártaro, las Danaides sufren la tortura cruel de vivir con la rodilla hincada por asesinar a sus maridos en la noche de bodas. El castigo es de una crueldad psicológica exquisita: verter agua eternamente en un cántaro agujereado.

Una metáfora implacable del vacío insaciable. Tres mil años después, hemos digitalizado el Tártaro, le hemos puesto colores pastel y lo hemos bautizado como Tinder.

Entrar en la aplicación es aceptar el mismo castigo: encadenar citas intrascendentes y verter nuestra poca esperanza en un tonel algorítmico que no tiene fondo.

Para entender la magnitud de nuestra propia neurosis, les planteo el siguiente ejercicio. Imaginemos qué ocurriría si una de esas princesas de Argos emergiera de las sombras para sentarse a tomar un café con dos solteros de entre treinta y cinco y cuarenta años.

Primero, el escenario: Cafetería de especialidad. Mesas de madera desnuda. Luz mortecina. Un chico y una chica. Ambos con ojeras como posos de lodo.

Miran sus teléfonos. Frente a ellos, sentada en postura hierática, una mujer de palidez marmórea y túnica raída por los siglos. Del dobladillo de su vestido gotea agua incesantemente, formando un pequeño charco en el suelo.

—Llevo horas escrutando vuestra aflicción —comienza la Danaide, con una voz que lleva la sombra de un eco seductor—. Portáis el mismo rictus de hastío insondable, la misma mirada yerta que exhibimos mis hermanas y yo tras tres milenios acarreando agua en el Érebo. ¿Qué es ese cuenco luminiscente de cristal que friccionáis con tan ciego denuedo?

—Se llama móvil, señora —responde la chica, sin levantar la vista—. Y esto es Tinder. Básicamente, un puto catálogo de IKEA, pero con tíos. Entras a ver si encuentras a alguien con quien tomarte una cerveza un domingo sin sentir que se te pasa el arroz, o sin que te dé un ataque de ansiedad social. Si te mola la cara, deslizas a la derecha; si es un cuñao o sale con un pez enorme en la foto de perfil, a la izquierda.

—Un vademécum de carne perecedera... —responde la Danaide, inclinando levemente la cabeza—. Resulta fascinante vuestra estulticia. Decidme, mortales, ¿acaso tan febril criba apacigua vuestra sed? ¿Lográis, al fin, colmar el cántaro?

—Qué va, tía. Esto es una estafa piramidal, te lo juro por mi vida —interviene el chico, bloqueando la pantalla de su teléfono y dejándolo sobre la mesa con frustración. El gesto hace que la Danaide se vuelva hacia él, curiosa—. Llevo tres citas esta semana y estoy reventado. La primera se pasó la cena entera mirando las notificaciones del curro y subiendo stories. A la segunda me la llevé a la cama y al día siguiente me hizo un ghosting de manual. Ni un triste WhatsApp. Desaparecida. Y a la tercera la mandé yo a pastar porque todo era un drama y bufaba por cualquier cosa. Red flags por todas partes. Al final, todo se esfuma. Cero rentabilidad emocional.



La Danaide esboza una sonrisa gélida antes de contestarle. El leve movimiento de sus labios produce un sonido que evoca el crepitar de la piedra resquebrajada.

—Se esfuma, arguyes. Cuán sumamente familiar me resulta semejante desventura. Nosotras derramamos la sangre de nuestros cónyuges en el lecho nupcial y, en justa lid, el Crónida nos entregó vasijas horadadas para llenarlas de agua por toda la eternidad. ¿A qué deidades habéis profanado vosotros para ser merecedores de tan funesto suplicio?

—A ninguna, ese es el puto drama —la chica responde, enarcando las cejas con frustración, dándole un sorbo a su café helado—. Nos bajamos la app porque estábamos solos en el sofá comiendo doritos y nos rayamos. El problema es que el sistema te vende que hay peces infinitos en el mar. Siempre crees que detrás del próximo match hay un pavo mejor: uno que vaya a terapia, que tenga responsabilidad afectiva, que no comparta piso con cuatro colegas y que, no sé, sepa hacer una tortilla. Así que nunca te quedas. Siempre quieres darle otra vez a la ruleta porque el puto algoritmo te dice que la fiesta no acaba.

—Literal —confirma el otro, gateando sus dedos al terminal que dejó antes—. Es como una tragaperras, pero con egos. Acumulas matches para que te suba el ego cinco minutos. Te dicen "le gustas", sonríes como un imbécil en el metro, y luego te da una pereza brutal abrir la conversación. "Hola, ¿qué tal?, ¿de dónde eres?, ¿te gusta el senderismo?". Es un coñazo sideral. Nos hemos convertido en entrevistadores de recursos humanos de nuestra propia vida sentimental.

—Sois legítimos herederos de nuestra condena, mas infinitamente más necios —dictamina con la donosura que el mármol le da al timbre de su voz, irguiendo su postura, implacable—. A nosotras nos subyugó el hado; estamos encadenadas a la roca por ineludible imperativo divino. Vosotros, presa de una hybris inefable, habéis edificado vuestro propio Tártaro y abonáis un estipendio mensual premium para no ser expulsados de él. Os jactáis de buscar la comunión de las almas, pero sois meros acólitos de la fricción del cáñamo contra el brocal del pozo. Repudiáis la presa porque vuestro único deleite reside en la pulsión compulsiva de la cacería.

—Y por el pánico, no te jode —responde él, automático, sintiéndose atacado porque así es de débil—. A ver, con 40 tacos ya todos venimos tarados de fábrica. Todos tenemos mochilas, ex locos, movidas con el compromiso... En Tinder, a la mínima que ves algo raro, puerta. Si a la media hora de la primera cita me cuenta un drama suyo, pido la cuenta, la bloqueo y a buscar otro perfil virgen que no me dé dolores de cabeza. Es simple supervivencia.

—Anheláis el agua, mas os arredra sumergiros en ella —sentencia la Danaide, clavando sus ojos negros y vacíos en los de ambos jóvenes—. Preferís la asepsia estéril del odre exangüe al gravamen insoportable que supone sostener un odre colmado. Sois cobardes, prisioneros voluntarios de vuestra propia vacuidad.

Se hace el silencio. La joven teclea compulsivamente con una leve sonrisa solo en la mitad de su boca. El ambiente solo se rompe por el goteo rítmico e hipnótico del agua que resbala de la túnica antigua. La chica suspira, la luz azul de la pantalla ha dejado de iluminar sus ojeras. Ni ella lo mira a él. Ni él a ella.

Al final, sale del marasmo y afirma: —Ya, igual tiene razón, señora. Todo mal. Pero... escúcheme un momento. Acabo de hacer match con un arquitecto. Tiene un Shiba Inu superbonito en la foto y pone que le flipa el cine coreano de los noventa. Tiene pintaza. Voy a abrirle, total, ¿qué pierdo?

La Danaide se yergue lentamente, con cadencia poética, espectral y bellísima. Su silueta comienza a diluirse hacia la puerta del local, confundiéndose con las sombras del atardecer. Sacude tímidamente su cabeza, dejando a los jóvenes en la mesa.

—Proseguid vertiendo agua, míseros mortales —murmura su voz, alejándose con musicalidad—. Proseguid vertiendo agua en el abismo