El casado, casa quiere. Eso nos decía el refranero, y los padres de los 70 y los 80. Más tarde, los padres y las madres comprendieron que no hacía falta casarse para querer casa, que se podía vivir en pareja sin el estigma del pecado, y hasta se podía vivir solo o sola sin que pasara nada.
De hecho, los adolescentes que hoy somos baby boomers -nacidos entre 1946 y 1964- o generación X -nacidos entre 1965 y 1980- dijimos alguna vez a nuestros padres, creyendo que era una amenaza, que cuando cumpliéramos 18 años nos iríamos de casa.
Más de uno y de una descubrió con horror como sus padres les hacían el órdago de ponerles las maletas en la puerta, aunque luego aquello no pasara de un brindis al sol.
Hoy las cosas han cambiado mucho. Por más que el casado, y quien no lo esté, quiera casa, la cosa está más que difícil. Según las más recientes estadísticas, solo un 14,5% de los jóvenes de 16 a 29 años se emancipan, según datos del Consejo de la Juventud de España, y quienes lo hacen dedican nada menos que el 98 por ciento de su sueldo al alquiler, o a la hipoteca si tienen la fortuna de tenerla.
Y aún hay algo más grave, si cabe. De este porcentaje de jóvenes que se tiran a la piscina de la emancipación, muchos lo hacen en un piso compartido, lo cual reduce el porcentaje de sueldo empleado en el alquiler a un 33 por ciento y su independencia a la mitad o menos.
Con esa perspectiva no es extraño que sean legión quienes deciden quedarse en casa de papá y mamá como mal menor. Para compartir piso, mejor hacerlo con unos padres que siguen sufragando los gastos que con unos compañeros o compañeras desconocidos, apoquinando luz, agua y lo que se presente.
Y arrimando el hombro con la limpieza más de lo que se haría en la casa familiar, sin duda. De modo que la decisión de demorar sine die la emancipación es más que comprensible.
Lo malo de todo esto es que esa decisión en realidad no es tal. Una decisión es una toma de postura entre varias opciones posibles, y la del acceso a la vivienda es imposible.
Hoy en día, tener un trabajo fijo no es garantía de poder pagar un alquiler, y ni siquiera se consigue, aunque trabajen los dos miembros de la pareja. De hecho, hay muchas personas que, a pesar de tener un empleo, no sobrepasan el umbral de la pobreza.
Así las cosas, lo que era un sueño se convierte en una quimera y lo que parecía una decisión voluntaria en una frustración. Y lo peor es que la cosa no parece tener remedio a corto y medio plazo.
Porque, por importante que sea el tema, nuestros políticos parecen preferir seguir instalados en el frentismo y la confrontación que trabajar por el bien común.
Pero aquí no acaba todo. Por desgracia, la imposibilidad de emanciparse también imposibilita o, al menos retrasa considerablemente, la decisión de ser padres, y eso lleva a que la natalidad caiga en picado.
Nos guste o no, es difícil decidir tener un bebé -y menos aún, más de uno- si no podemos asegurarle una vida digna. Y ahí empieza a girar la rueda.
Si nacen pocas criaturas, la población envejece, y eso aumenta el número de pensionistas y disminuye considerablemente el de personas que cotizan. Con lo cual lo que parecía un problema de la gente joven, acaba afectando a todo el mundo. Y afectando de modo negativo, huelga decirlo.
Así que o nos ponemos las pilas o las cosas no pintan nada bien. Ahí lo dejo. A quien corresponda.