Durante demasiado tiempo, la Comunitat Valenciana ha vivido atrapada en una contradicción difícil de explicar: somos uno de los territorios con mayor capacidad económica, industrial, logística y exportadora de España y, sin embargo, seguimos soportando déficits estructurales impropios de una tierra que aporta tanto al conjunto del país.

La Comunitat no es periferia económica. No lo son nuestras empresas, nuestra agricultura, nuestra industria. Ni tampoco lo es el dinamismo turístico, tecnológico y emprendedor de nuestras ciudades.

Y, sin embargo, demasiadas veces sigue sin ponerse en valor la capacidad estratégica del bloque Mediterráneo y se deja de aprovechar en ese sentido la capacidad exportadora y empresarial que el mismo ofrece.

Mientras otros viven instalados en el debate permanente y la confrontación identitaria, nuestra región ha construido su fortaleza desde el esfuerzo, el trabajo y la iniciativa de miles de empresarios, agricultores, autónomos y trabajadores que nunca han esperado que nadie les regalara nada.

Aquí sabemos lo que significa competir. Sabemos lo que significa abrir mercados, generar empleo y levantar oportunidades incluso en los momentos más difíciles.

Precisamente por eso resulta incomprensible que sigamos acumulando retrasos históricos en infraestructuras fundamentales, que el Corredor Mediterráneo continúe avanzando a un ritmo insuficiente o que cuestiones estratégicas como el agua, la financiación autonómica o las conexiones logísticas sigan abordándose demasiadas veces desde una visión partidista en lugar de una auténtica visión de Estado.

Porque la realidad es evidente: el futuro económico de España pasa inevitablemente por el Mediterráneo, por nuestros puertos, por nuestra industria agroalimentaria, por la innovación turística… Y pasa también por el enorme potencial tecnológico e industrial que hoy representan Castellón, Valencia y Alicante.

La Comunitat Valenciana, por tanto, no puede resignarse a actuar como una periferia política cuando tiene condiciones objetivas para convertirse en uno de los grandes polos económicos del sur de Europa.

No podemos seguir instalados en la lógica de pedir permiso para liderar. Tenemos que ejercer ese liderazgo con naturalidad, con ambición y con confianza en nosotros mismos. Pero para eso hace falta una nueva forma de hacer política.

Frente al ruido permanente, la crispación y el tacticismo corto de miras, la sociedad valenciana reclama estabilidad, seguridad jurídica y diálogo con los sectores productivos y una administración capaz de facilitar soluciones en lugar de generar obstáculos.

La política útil vuelve a ser necesaria, esa política que entiende que gobernar no consiste en alimentar titulares vacíos ni conflictos artificiales, sino en crear las condiciones para que una sociedad avance, genere oportunidades y pueda mirar al futuro con confianza.

En ese sentido, la Comunitat Valenciana ha comenzado una nueva etapa basada en la recuperación de la confianza institucional, la estabilidad y la ambición económica.

Una etapa en la que las prioridades vuelven a ser el empleo, la vivienda, las oportunidades para los jóvenes, la competitividad empresarial y la cohesión territorial. Porque el debate en los próximos años debe de ser si queremos conformismo o ambición.

Tenemos talento, universidades competitivas, sectores productivos fuertes, empresarios que arriesgan, agricultores que sostienen una parte esencial de nuestra economía y jóvenes preparados para competir con cualquiera.

Lo que hace falta ahora es determinación política para defender sin complejos el lugar que nuestra autonomía merece ocupar en España y en Europa. Porque la prosperidad precisa de liderazgo y no de espera, y la Comunitat Valenciana ya no puede permitirse que se le siga viendo en pequeño.

Carlos Gil es secretario general del Partido Popular de la Comunitat Valenciana