Estamos a punto de finiquitar el mes de marzo. Ello conlleva que se acerca el 8 de marzo, día de la mujer, y con él, un montón de actividades en todos los puntos geográficos de nuestro país reivindicando la igualdad entre hombres y mujeres.
Y eso supone, o debería suponer, que tendríamos que tener las gafas violeta colocadas día y noche y funcionando a su máxima potencia.
Sin embargo, parece que ocurre exactamente lo contrario, que las gafas violetas se rompieron y se hicieron añicos hasta hacerse inservibles. Y eso no hay lazo morado ni minuto de silencio que lo solucione.
Hemos atravesado - ¿o estamos atravesando? - unos días verdaderamente trágicos en lo que a la violencia de género atañe.
En poco más de una semana, cuatro mujeres han sido asesinadas, junto con dos menores, y otra lucha por su vida.
Y con esto, la cifra de asesinatos machistas en este 2026 alcanza la de 10 mujeres, 2 menores y 6 criaturas huérfanas.
Una verdadera tragedia que debería avergonzarnos como sociedad y como personas. Y no solo eso, sino que debería hacernos reaccionar. De inmediato.
En cualquier caso, para tratar de encontrar la solución a un problema, hay que empezar por descubrir cuál es la causa, y una vez descubierta, atacarla de raíz. Y ahí es donde estamos fallando, sin duda.
Porque si la causa de la violencia de género es el machismo, está claro que no estamos haciendo ni lo suficiente ni lo adecuado para acabar con él.
No hay más que echar una ojeada a cualquier estadística para comprobar que la juventud es cada día más machista, rechaza con más fuerza el feminismo, y hay un considerable porcentaje que niega la violencia de género.
Como profesional del tema, me preguntan constantemente dónde están las causas que hayan dado lugar a este incremento terrible, que, además, no es algo puntual, sino que venía pergeñándose desde, al menos el pasado año, si no antes.
Y siempre contesto que me encantaría conocer la razón para empezar a dar solución al problema, pero no es una cuestión sencilla, sino todo lo contrario. Hay muchos factores que confluyen en formar la tormenta perfecta.
Por un lado, salta a la vista que hemos bajado la guardia en lo que a concienciación y sensibilización afecta. El umbral de tolerancia de la sociedad, aun la más concienciada, ha variado y lo que ayer era noticia de primera plana -dicho sea en términos analógicos- hoy pasa casi desapercibido.
No basta con que un hombre mate a su pareja, o a su expareja, para que el asesinato abra informativos. Ha de haber asesinado también a su hijo o su hija, a su suegra, o ha de haberlo hecho en circunstancias especialmente truculentas o sumar una cantidad considerable en un breve margen de tiempo.
Y si no concurre una de estas circunstancias, si no varias de ellas, la noticia pasa sin pena ni gloria. Y los minutos de silencio, si los hay, se constriñen a la localidad natal de la víctima, e incluso en ese caso hay quienes se niegan pública y ostensiblemente a secundarlos.
Pero como decía, no es el único factor que influye en esta terrible cifra de la vergüenza. Desde hace tiempo, presenciamos una eclosión de mensajes negacionistas en redes sociales y en algunos medios de comunicación, y esto no es algo casual.
El mensaje negacionista ha llegado a las instituciones públicas y forma parte de determinados programas electorales, obligando a quienes aspiran a pactos o cuotas de poder a negociar lo innegociable.
Y eso siempre repercute en las dotaciones presupuestarias y en las medidas legislativas a adoptar, aunque las consecuencias se empiecen a ver a un medio plazo que ya ha llegado. Por desgracia.
Para acabar de pintar el desolador panorama, e íntimamente relacionado con lo anterior, está la legitimación del discurso machista.
Discursos o iniciativas que antes nadie se hubiera a pronunciar en voz alta, hoy son escupidas por sus autores sacando pecho con la seguridad que tiene quien conoce que no va a tener consecuencias penales ni sociales. Y esto es muy grave.
En definitiva, hay mucho que hacer. Y hay que tener en cuenta que, como el tren de tormentas, las cosas no pasan porque sí, sino porque vienen gestándose desde antes. Y ahí es donde hay que ir. Ojalá no sea tarde, aunque para muchas víctimas ya lo ha sido.