El huracán Sandy en Queens, Nueva York, citado por Paul Auster en Una vida en palabras me hizo recordar que no pudimos visitar el River Café en 2013, ya que fue destrozado por ese temporal.
Me trasladé a los ventanales de ese restaurante de Brooklyn contemplando Wall Street enfrente mientras un ferry amarillo hacia Staten Island dejaba su estela blanca en el East River.
Era Paul Auster, uno de mis escritores favoritos, conversando sobre El País de las Últimas Cosas y El Palacio de la Luna con paisajes de Arizona y referencias a Central Park, donde uno de los personajes estuvo a punto de morir.
Me hacían pensar esas líneas en mi próximo viaje a Manhattan y en mis carreras a un grado por la ribera del río Hudson.
También recordé la biblioteca del Yale Club y aquella estudiante de medicina rubia que me sonrió cuando me fijé en sus libros, y el señor raro que se sentó en uno de los cómodos sillones de enfrente.
Disfrutaba de la música disco de los ochenta y noventa que tenía descargada en mi móvil en mi asiento durante el vuelo de vuelta de Madrid.
Una azafata de Iberia muy sonriente me despidió al salir, el tubo, la chica a la que cedí el paso y que ahora llevaba delante con sus vaqueros descoloridos y anchos, un jersey marrón claro de lana cubriéndole la cintura, con su melena entre rizada y ondulada con un corte recto horizontal perfecto.
No sé por qué vino a mi memoria mi llegada a Sevilla aquel mes de junio de 1990, cuando ya pensaba en mis vacaciones en mi pueblo tras mi estancia en Londres.
La salida del túnel me lleva a la zona de salidas del aeropuerto y leo en una pantalla “Varsovia” con mujeres rubias y algunas morenas sentadas a la espera.
Por fin veo el rótulo de “Salida” y un ascensor, pulso el cero y al salir al pasillo me encuentro con el comandante y su uniforme azul oscuro perfectamente planchado, brillante, con sus cuatro rayas doradas en las mangas y su paso seguro.
Bajo por la escalera eléctrica y espero a salir por la puerta que se abre automáticamente para pedir un Uber: ¡No lo puedo creer! ¡Ir a mi casa me cuesta 85 euros en confort y 65 en Uber X!
Voy hacia los taxis y no hay ninguno. Es sábado y casi la una de la tarde pero delante de mí solo hay unas diez personas. Llega un taxi y después una flota de seis o siete más ¡Por fin!
Me ayuda a colocar mi trolley el conductor y me siento detrás con mi maletín. Lo típico de los taxis y por eso prefiero un VTC: la música que le gusta al taxista en alto y sin preguntar al pasajero si prefiere música, qué clase de música o silencio. Como casi siempre, opto por no decir nada para no incomodarlo.
Su ventanilla con varios dedos abierta, como suele ser frecuente. Sigue la música flamenca horrible y triste. ¡Qué contraste con mi música y mi lectura en el vuelo!
Hago varias llamadas a mis hijos y a mi mujer pero apenas baja el volumen. Reservo la cena de San Valentín en nuestro hotel preferido. Observo en la acera de Jardines Murillo a jóvenes extranjeras haciendo turismo.
Mi hija me da una buena noticia desde la Costa Azul. Llego a casa y cuando pago al taxista me da las gracias y me desea un buen día.
-¿Podría abrir el portamaletas para recoger mi trolley, por favor?
-¡Ay! ¡Disculpe usted, que no me he dado cuenta!
Pensé en aquel día en Madrid en la calle Zurbano, la única vez que me dejé un trolley en un taxi y el conductor tampoco se acordó ni me lo devolvió.
Al entrar en mi portal echaba de menos el BYD negro que me recogió esta mañana en Madrid para ir a Barajas: olía a nuevo, era confortable, iba en silencio, el conductor amable, un coche casi recién sacado de fábrica.
Ya de vuelta en mi ciudad en estos días sin trenes y largas estancias para una gestión. Me marcho a cenar con una música agradable de fondo.