Eurípides escribió "el tiempo lo revelará todo. Es un charlatán y habla incluso cuando no se le pregunta". Le fascinaba esa cualidad bocazas del tiempo. La incontinencia verbal del que no sabe guardar secretos.

Pero si hoy nadara en contra del Leteo y echara un vistazo a la generación mejor formada, mejor alimentada, más vacunada y tecnológicamente más armada de la historia, probablemente concluiría que el tiempo se ha quedado mudo en comparación.

Hoy, la charlatanería se ha democratizado de una forma tan brutal que ya no hace falta ser un oráculo para decir obviedades; basta con tener un pulgar oponible.

Existe una tentación reconfortante, onanismo intelectualoide, que consiste en pensar que el pesimismo es una novedad exclusiva.

Nos encanta creer que nuestro hastío es especial, que nadie ha sufrido una crisis existencial con la calidad y la textura de la nuestra. ¡Somos los pioneros de la desazón! Pero el lamento es el género literario más antiguo de la humanidad.

Hace cuatro milenios, durante el Reino Medio egipcio, un escriba anónimo redactó el Diálogo de un hombre con su Ba. Un tipo harto de la vida mantiene una charla con su propia alma, y le suelta perlas como: ¿Con quién hablaré hoy? Los hermanos son malvados, los amigos de hoy no aman, los corazones son rapaces y cada hombre roba los bienes de su prójimo.

Les propongo un ejercicio. Quitémosle el polvo del desierto, pongámosle una base de trap melancólico y traduzcamos al lenguaje de hoy… Ese egipcio deprimido es indistinguible de cualquier joven de hoy lamentándose del capitalismo tardío y la falta de responsabilidad afectiva de sus mutuals en X.

Decir que "todo es una mierda" no es un acto revolucionario ni una muestra de lucidez posmoderna. Es la tradición. Es el Imagine de la especie humana. Una canción gastada, inútil y usada hasta que pierda sentido. Porque sensibilidad nunca tuvo.

La diferencia, la tragedia grotesca y risible que nos separa de aquel egipcio suicida, es que él tenía excusa. Su horizonte terminaba donde acababa la crecida del río. Su acceso a la información se limitaba a lo que Faraón decidiera cincelar en un obelisco. Su mundo era pequeño, brutal y oscuro.

La generación actual, en cambio, es una anomalía histórica, un error de racord en la película de la evolución. Llevan en el bolsillo la Biblioteca de Alejandría, el oráculo de Delfos, las partituras completas de Bach, la Enciclopedia Británica y el mapa completo del genoma humano.

Tienen las armas cognitivas para enfrentarse a cualquier incertidumbre, para contrastar cualquier mentira, para derribar cualquier dogma con dos clics. Son los herederos de Prometeo con el fuego en la mano.

Y, sin embargo, han decidido usar ese arsenal nuclear para ver vídeos de gatos, tutoriales de maquillaje y encerrarse en una carcamalería de salón que haría sonrojar a un monje del siglo XII.

Porque lo que define al carcamal no es la edad biológica, ni la artrosis, ni la pensión de jubilación; es la impermeabilidad. El anciano de espíritu es aquel que ya no admite sorpresas, que ha decidido que ya lo sabe todo o, peor aún, que solo quiere + saber lo que le da la razón.

Atención, disclaimer. A partir de ahora viene una generalización que puede ofender. Cuidado si lo hace, que igual te estoy acertando, misifú.

Aquí es donde la juventud actual, amparada por la tiranía invisible y seductora del algoritmo, ha envejecido a una velocidad pasmosa.

Tienen veinte años en el DNI, pero ochenta en la corteza cerebral. Han convertido sus smartphones no en ventanas al mundo para que entre aire fresco, aunque a veces traiga polvo, sino en espejos de feria deformantes que solo les devuelven una imagen complaciente y santificada de sus propios prejuicios.

El algoritmo actúa como un tutor victoriano sobreprotector que les niega la posibilidad cerril del aprendizaje. Porque aprender, duele. Aprender de verdad no es hacer un curso online; aprender implica chocar de frente contra una idea que te ofende, que te repugna, que te desmonta el chiringuito moral y te obliga a reordenar los muebles de tu cabeza.

El conocimiento es una agresión a la propia ignorancia. Pero la generación del scroll infinito ha delegado su curiosidad en un código binario que ha aprendido que la indignación retiene más que la reflexión y que la adulación vende más que la duda.

Han cambiado la aventura peligrosa del conocimiento por la comodidad estéril del sesgo de confirmación. Se creen rebeldes porque gritan, pero gritan dentro de una habitación insonorizada donde todos asienten.

Resulta desolador observar a chavales comportarse con la rigidez intelectual de un terrateniente del siglo XIX. Tienen el universo entero al alcance de un pulgar, pero prefieren chupárselo en posición fetal.

Hemos pasado de la ignorancia por falta de acceso a la ignorancia por saturación y elección. El egipcio miraba al cielo y no entendía las estrellas porque no tenía telescopio; el joven de hoy tiene el telescopio Hubble en la mano, pero lo usa para mirarse las pelusas del ombligo.

Eurípides tenía razón: el tiempo es un charlatán y al final lo cuenta todo. Y lo que nos está contando a gritos, mientras se parte de risa, es que estamos ante la generación más preparada de la historia para no entender absolutamente nada.

Y eso es duro porque, por primera vez en la historia, todos tenemos la posibilidad técnica de dejar de ser idiotas.