Hay conversaciones que son autopsias en vivo del cuerpo social. Charlas que, lejos de la promoción vacía o la anécdota superficial, deciden poner el bisturí en la gangrena de occidente para ver si todavía hay pulso bajo de la necrosis.
Mi encuentro con Candela Antón, aunque lleno de risas y buen rollo, pertenece a esta categoría. Candela, porque voy a tutearla hasta que nos muramos ambos, se revela aquí como una pensadora que transita con una elegancia inusual entre la filosofía y la antropología, diseccionando nuestra realidad con la frialdad de quien ha decidido que, ya que el barco se hunde, entendamos la hidrodinámica del naufragio.
Con casi un millón de seguidores en redes sociales, es una de las divulgadoras culturales más importantes de este país. Anclada en el academicismo y el estudio, ella divulga sobre antropología como quien hace bizcochos. Por el cómo y por el qué. A veces, es tan importante poner el foco como cambiarle las pilas a la linterna.
‘¿Y ahora qué?’ es su libro sobre el tema, publicado por Penguin. En él, me cuenta, hace un ejercicio de Diógenes antropológico.
No es un tratado para académicos que se miran el ombligo, sino una obra donde "poner el piececillo en el agua antes de saber si te quieres tirar o no a la piscina", diseñado para entender la "antropología como hábito, como cosa que llevar". Porque, como bien señala, "todo es antropología".
Y en un mundo cada vez más orate, quizás esa mirada holística sea lo único que nos queda.
Nos adentramos pronto en la gran paradoja: la soledad terminal en la era de la hiperconexión. Candela es tajante al desmontar el mito fundacional de Silicon Valley con una sentencia que debería estar grabada en la entrada de cada red social: "Nuestras interacciones a través de las redes sociales no crean, irónicamente, redes sociales".
La frase cae como una sentencia. Hemos confundido la infraestructura tecnológica con el calor humano, olvidando que somos animales diseñados por millones de años de evolución para leer el matiz, el gesto, la respiración del otro. "Yo he evolucionado para leer tu cara, tus movimientos, tus tonos de voz, los matices que hay en tu persona".
Al eliminar el cuerpo en la interacción, nos quedamos con una versión mutilada de la comunicación, un "tú me ves a mí fragmentada en este trozo y yo a ti fragmentado en otro".
Asusta esa perspectiva. Pero es verdad. ¿Dónde queda la conversación real? Esa danza compleja de inferencias y empatías simplemente no existe. "En ningún momento nos estamos escuchando realmente".
Pero el análisis de Candela va más allá de la nostalgia por la charla de café o el ludismo superficial. Se adentra en la neurociencia del aislamiento.
Cita estudios que demuestran que nuestro cerebro, esa máquina gregaria y tribal, interpreta la soledad no como una tristeza poética, sino como algo puramente doloroso. "La falta de interacción social es percibida por el cerebro como dolor, codifica como dolor físico", apunta.
Así que la misantropía duele. Vigilen, chiques.
Al encerrarnos en nuestras pantallas, nos estamos infligiendo una tortura biológica constante, un dolor fantasma que tratamos de anestesiar con likes y validación algorítmica, ignorando que "literalmente estamos cableados para necesitar la interacción social".
El algoritmo, por cierto, no es ese ente neutral y mágico que nos vende la publicidad. Su visión Orwelliana del mecanicismo digital me hace enarcar las cejas.
Candela nos recuerda que "las redes sociales no son un ágora neutra. No es la plaza del pueblo donde nos encontramos fortuitamente con el diferente. Es un casino diseñado para explotar nuestras debilidades cognitivas. Hay intereses detrás de eso”.
Y tiene más razón que un santo con dos pistolas. Y un iPhone.
El algoritmo nos alimenta con el sesgo de confirmación hasta empacharnos, creando lo que ella denomina "atomizaciones ideológicas": búnkeres confortables donde nunca entra la luz de una opinión contraria. "El error está en pensar que las redes sociales generan tejido social, porque es todo lo contrario". Lo que generan es un archipiélago de islas fortificadas.
Y que viva el parroquialismo que nos aísla, que así nos quiere Dios: débiles, flojitos y distraídos. Esto, claro, lo digo yo.
De esta atomización surge uno de los conceptos más potentes y devastadores de nuestra charla: la gentrificación del alma. Si en nuestras ciudades expulsamos lo viejo, lo sucio y lo pobre para hacer sitio a lo rentable y estético, en nuestra conciencia hacemos lo mismo con la moral.
Candela describe cómo hemos construido una ética a medida, un Tetris donde nuestro ‘yo’ aparta todo lo que no convenga a su bienestar apócrifo.
El ejemplo lo relata ojiplática. Un joven entrevista a un seguidor del movimiento MAGA y le pregunta por qué está mal aparecer en los papeles de Epstein. La respuesta del entrevistado no es una defensa cínica, sino el vacío absoluto: "¿Pero, y eso por qué está mal?".
No es maldad, es algo peor: es la incomprensión genuina de los principios básicos de la convivencia. "El entrevistador se quedó como: 'Hostia, es que si ya no podemos estar de acuerdo en un principio básico de lo que yo consideraría una moral, es que nuestra conversación no tiene mucho sentido'".
Esta ruptura del contrato moral básico es el verdadero abismo al que nos asomamos. "Si no estamos compartiendo esos pilares morales ya tiene muy poco sentido que estemos teniendo esta conversación", sentencia Candela. Hemos llegado a un punto de relativismo tan extremo y egoísta que "ya ni la vida ajena, ni la integridad de los niños es un límite".
En esta sociedad de consumo moral, cada uno se construye su propia religión de bolsillo, desechando cualquier mandamiento que le impida dormir tranquilo o votar a su líder tribal. Es el triunfo del mercado sobre la dignidad: la moralidad convertida en una commodity desechable.
Candela, siempre con el dato sociológico en la recámara, saca a colación un experimento fascinante sobre la identidad grupal. Imaginemos a dos grupos de personas divididos aleatoriamente y asignados a dos equipos de fútbol inventados. El resultado es inmediato: "¡Uh, tú, los vuestros campeones, vosotros una mierda!".
El odio al otro no necesita razones profundas, solo una camiseta diferente. Pero lo interesante viene después. Cuando se mezclan esos grupos y se les asigna una nueva identidad que se suma a la anterior y que, por ello, mezcla los grupos, la tolerancia florece. "El resultado es que la gente se volvió mucho más tolerante entre ella".
La lección es clara: "Cuanto más interactuemos, más probable es que nuestras diferencias se diluyan". El problema actual es que hemos olvidado que formamos parte del mismo equipo de colores, obsesionados con nuestra pequeña facción futbolera.
Y que nos perdonen los futboleros. Es solo un ejemplo.
Candela aplica esto a la dicotomía reina de nuestro tiempo: "Los extremos". Con una ironía que desarma, señala: "Fachas y Wokes, si haces una lista, muchas de sus peticiones coincidirán. Muchísimas". Aclaro, cuando Candela habla de fachas se refiere a fascistas reales. Sigo.
Ambos grupos, en el fondo, comparten miedos y precariedades similares, pero están tan ocupados gritándose desde sus trincheras digitales que son incapaces de verlo. "Se nos ha olvidado que formamos parte del equipo del color a pesar de que en el de fútbol no estemos de acuerdo".
Su análisis de la naturaleza de estos dos bandos es, sin embargo, quirúrgico y evita la falsa equidistancia. El fascismo, nos recuerda, "se basa en hacer política a través de las emociones", apelando a los instintos más primarios y renunciando a la razón. "Un fascista no te va a escuchar porque directamente te niega como individuo".
Por otro lado, lo woke, en su génesis teórica, nace de la voluntad de entender, de incluir. Por eso, sugiere ella con agudeza, "la traición que viene de un Woke es peor que la que de un facha, porque del facha ya te lo esperas".
Cuando el que prometía diálogo se cierra en banda, la decepción es doble. Tristemente, lo vivimos a diario. La tolerancia total y el progresismo de salón hasta que me molesta lo que pienses. ¿Se le vienen a alguien ejemplos de tiranía del buenismo?
En un momento de lucidez académica, Candela me regala una distinción terminológica que debería enseñarse en las escuelas para combatir este parroquialismo rampante: la diferencia entre multiculturalidad, pluriculturalidad e interculturalidad. No es pedantería, es precisión vital.
El multiculturalismo es la mera coexistencia, "dos culturas coexisten en un espacio determinado", como vecinos que no se saludan en el ascensor. El pluriculturalismo es el reconocimiento legal de esa coexistencia, a menudo papel mojado en las constituciones.
Pero lo verdaderamente deseable, y lo que hemos perdido en nuestra carrera hacia la atomización, es la interculturalidad: Que ambas culturas se mezclan, se entremezclan, se aprenden y obtienen información, valores y aprendizajes en definitiva las unas de las otras".
Hoy, sin embargo, nos conformamos con la multiculturalidad de las islas. Vivimos rodeados de "otros", pero sin mezclarnos, cada uno en su burbuja algorítmica. "Yo con uno que no piense como yo no hablo", se convierte en el mantra de la pureza ideológica. Y así, perdemos la riqueza del mestizaje intelectual, condenándonos a una dieta cognitiva monótona y empobrecida.
Ya lo dijo Jesús: “Si solo saludáis a vuestros amigos, ¿qué de más estáis haciendo?”. Con Jesús, claro, me refiero a la versión de JC que nos han contado los que ganaron. Toma pirueta.
Cuando le pregunto si todo esto es culpa del sistema educativo, no se anda con rodeos diplomáticos. "Es culpa del sistema que quiere al sistema educativo totalmente menguado". No estamos ante un accidente, ni ante la incompetencia de unos pocos profesores. Estamos ante un diseño estructural.
"Cualquier tipo de organización social debería proveer de una educación profunda y de calidad en valores no solo morales, sino muy importantemente políticos, económicos y sociales".
El hecho de que no sea así, confirma, de que estemos criando generaciones incapaces de gestionar la complejidad, no es un fallo, es una característica del sistema. "El fracaso de la democracia es en realidad un fracaso colectivo educacional". Candela apunta al dinero, ese rastro que nunca miente. "¿Dónde estamos poniendo el dinero ahora?".
Spoiler: no es en crear ciudadanos críticos. "Si estamos acojonados y enfermos estamos débiles además". Una población asustada, precaria e ignorante es "muchísimo más exprimible".
Para combatir este pesimismo, Candela recurre a la historia, o más bien, a la prehistoria del pensamiento. Cita un poema del Reino Medio Egipcio, el debate de un hombre con su Ba, escrito hace 4000 años.
En él, el hombre se queja de que "todo está fatal, de que la gente ya no puede confiar en la gente, de cómo todo se va a la mierda". Es un consuelo extraño pero efectivo: siempre hemos creído que el fin estaba cerca. "Podría ser cualquier persona hoy en Twitter quejándose. Real shit".
El apocalipsis es una sensación recurrente, un estado de ánimo de la humanidad. "El futuro no pinta bien. Pero en realidad, el futuro pinta bien depende del día".
Su misión actual es casi quijotesca: reivindicar la divulgación en un país que históricamente la desprecia. "Es que en España no hay buenos divulgadores. Porque los españoles no sabemos, no apreciamos el valor de la divulgación" afirma que le dijo su tío. Candela demuestra a diario que esa premisa es falsa, que "realmente nos interesa saber, solo que no nos lo habían explicado".
Su objetivo es democratizar el pensamiento científico, usarlo como herramienta vital. "Para qué hacer ciencia y gastar dinero y luego no nos va a ayudar a mejorar nuestra forma de existir en el mundo. Qué tontería".
Nos despedimos con la promesa de seguir pensando, de seguir buscando grietas en el muro. "El ser humano es inconformista. Siempre estamos poniendo en duda lo que hay para entenderlo, para asirlo y probablemente para cambiarlo".
Esa es la única esperanza real frente a la gentrificación del alma: que, a pesar de todo el esfuerzo del sistema por convertirnos en autómatas predecibles, todavía nos quede la capacidad de dudar. Y de reírnos después. Porque, como bien dice: "nos hemos olvidado de la importancia de la autocrítica y de la risa", y sin ellas, estamos verdadera y definitivamente perdidos.
