A sus 22 años, Andrea Burriel decidió dar un nuevo rumbo a su vida. Infeliz en la gran ciudad, en Barcelona, lo dejó todo para mudarse al pueblo de su abuela, el lugar donde veraneaba desde niña.
Seis años más tarde, es feliz dedicando su tiempo al campo y a la vida rural. "Nos dijeron que no había futuro en los pueblos", reivindica en uno de los vídeos que publica en su perfil de Instagram, @andybu_rural.
La joven vive rodeada de animales en Villores, un pequeño municipio situado al norte y tierra adentro de la provincia de Castellón en el que, como asegura ella, tan solo residen 30 vecinos, aunque según el INE constan 51 habitantes inscritos.
Pero al margen del esfuerzo que hace por sacar adelante su granja y sus tierras, ha sabido captar la atención del público a través de las redes sociales: ya supera los 50.000 seguidores en Instagram y los 20.000 en TikTok.
Como buena agroinfluencer cuenta su día a día en la granja, a veces subida desde el tractor; desmiente los mitos de lo que es vivir en la "España vaciada", -término, por cierto, que no comparte- y, sobre todo, inspira a otros jóvenes en su modo de vida.
Porque en los pueblos también hay oportunidades. "Aquí hay agricultores, ganaderos, autónomos, familias, niños, jóvenes... Gente luchando cada día para quedarse", afirma Burriel.
Para ella, "el problema no es que esté vacío, el problema es que muchas veces nos olvidamos de quienes siguen aquí". "Creo que mientras quede gente con ganas de quedarse, todavía hay futuro", dice.
En otro de sus vídeos se queja de la creencia de que "para tener futuro hay que irse", a lo que responde que existe el teletrabajo, internet y la posibilidad de emprender.
"Quizá durante mucho tiempo fue verdad, pero ahora igual el problema no es el pueblo. Igual es que seguimos mirándolo como si estuviéramos en 1990", opina.
En un programa de À Punt, aseguró que uno de los cambios más significativos de vivir en Villores es el estrés, que para ella ya casi ni existe: "En Barcelona corría para coger un metro. Aquí voy con calma, no hay tantos estímulos, hay más tiempo para ser introspectivo contigo mismo y con la gente que quieres".
"Gano en tranquilidad y en amor", insistió. Su idea en un futuro es jubilarse allí y, por el momento, seguir aprendiendo. Y aunque sabe que es la única joven que reside durante todo el año en el pueblo, lo agradece.
A Andrea le gustaría ser ejemplo para aquellos jóvenes indecisos que no saben qué hacer. Por eso aconsejó que arriesguen y busquen la felicidad en el sitio que deseen.
Villores
Enmarcado dentro del paisaje de relieve abrupto que caracteriza la comarca de Els Ports, el municipio se encuentra a una altura de 748 metros y tiene un clima continental, con inviernos fríos y veranos calurosos.
Para llegar se debe cruzar el río Bergantes por un largo puente de 119 metros, construido el año 1925.
En tiempo de los íberos esta amplia zona fue ocupada por la antigua tribu de los ilercavones, que controlaba el tramo final del río Ebro y que alcanzaba parte de las actuales provincias de Tarragona, Lérida, Teruel y Castellón.
En el año 1233 el territorio fue conquistado por el noble aragonés Blasco de Alagón, que actuaba al servicio de Jaime I.
Villores.
Históricamente formó parte del término de Morella, aunque nunca fue una de las aldeas del municipio porque era un señorío laico.
Blasco de Alagón hizo donación del lugar al monasterio de monjas de Sigena en abril de 1233.
En el siglo XVI, Francisco Juan Ciurana era señor de Villores y de Todolella, mientras que la jurisdicción criminal pertenecía a la villa de Morella.
En 1806, Francisco Vidal y Roca poseía el señorío de Villores, junto con el de Todolella.
Como casi todas las poblaciones del Maestrazgo, tomó parte activa en las guerras carlistas. El marqués de Villores tenía su palacio en el actual edificio del Ayuntamiento y era propietario de múltiples tierras.
Los primeros habitantes fueron árabes, por lo que la ganadería se convirtió en fuente principal de riqueza.
