Valencia
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Vivimos en una épocaliteraria lánguida, donde la hegemonía de la levedad es, parece, inquebrantable. Anaqueles de sucedáneos narrativos, tramas raquíticas diseñadas para encajar en la estridencia de un hashtag, y presuntas novelas históricas que despachan centurias de insondable complejidad sociopolítica con un par de búsquedas someras en la Wikipedia.

Por eso, sentarse con Juan Francisco Ferrándiz es como irrumpir, sin previo aviso, en una cámara acorazada; un bofetón de realidad que nos recuerda que la literatura, cuando se aparta del onanismo comercial y se toma en serio, es un ejercicio de ingeniería pesada, casi hercúlea.

Y motivadora.

Su último órdago no es una tontería. El autor alicantino se enfrenta a La Lonja de la Seda de Valencia, ese coloso del gótico civil que epitomiza el Siglo de Oro de la ciudad. No constituye un mero pasatiempo narrativo para amenizar sus tardes; es una responsabilidad patrimonial aplastante.

En literatura, no se puede usar La Lonja como un simple decorado de cartón piedra para que dos personajes de moralina posmoderna flirteen entre sus columnas.

Si quieres hablar de uno de los edificios más importantes de la historia nacional, tienes que aprehender el peso titánico de sus bóvedas de crucería, el efluvio áspero de la especia, el eco avaricioso de los mercaderes y la ambición desmedida de una urbe que quiso fagocitar el Mediterráneo entero.

Y Ferrándiz, plenamente consciente de este hecho, asume la carga con la humildad del artesano renacentista y, para nuestra fortuna, con un sentido del humor que desarma cualquier atisbo de pedantería académica en su última novela, La Lonja de la Seda.

"Yo soy de los que se enamoran de la historia y luego ya veo cómo la cuento", me confiesa entre risas, quitándole hierro a un proceso heurístico que a cualquier persona mínimamente estructurada (servidor de ustedes, sin ir más lejos) le provocaría extrasístoles.

Pero ojo, que su naturalidad no transmite desorden. Transmite calma y perspectiva para enfrentarse al reto de ordenar una narración que funciona de maravilla.

Subyuga, de modo casi temerario, esa manera de arrojarse al abismo de la hoja en blanco. Porque una cosa es que nos fascine la anécdota fundacional de un edificio o la excentricidad de un reyezuelo, y otra muy distinta es sostener la tensión dramática durante seiscientas páginas sin que el andamiaje colapse.

Construir un artefacto literario de este calibre es, con perdón de la ironía, un ejercicio de arquitectura paralela a la de los propios maestros canteros de antaño.

Ferrándiz se ve obligado a levantar arbotantes narrativos, a engarzar con precisión milimétrica los sillares de los giros y a asegurarse de que la cúpula del clímax no se desplome intempestivamente, sepultando al lector bajo un alud de tedio en la página trescientos.

Cuando le inquiero sobre cómo gestiona el pánico patológico a rellenar ese abismo sin anestesiar al personal, su respuesta es una mezcla de honestidad brutal y método encubierto: "A ver, el proceso es un poco caótico, no te voy a engañar. Porque claro, tú te enamoras de la historia, como te he dicho, pero luego la historia tiene que tener un sentido literario".

En ese arcano "sentido literario" es donde reside la verdadera densidad ontológica de su obra. Ferrándiz no es un improvisador diletante, por mucho que le divierta cultivar esa falsa modestia de andar por casa.

Su secreto es una inmersión antes de teclear la primera sílaba. "Yo, antes de escribir una sola línea, me paso a lo mejor un año o un año y medio leyendo. Leyendo, tomando notas, visitando los lugares si es posible... Y en ese proceso de inmersión es cuando van surgiendo los personajes", relata.

Es el desbroce del terreno antes de cimentar la catedral; algo que, al parecer, resulta exótico en una era donde documentarse equivale a tragarse un documental de cuarenta minutos en Netflix. La novela, claro, se aprovecha del poso y la profundidad de conocimientos. La Lonja sale bien parada, y él también.

En este circo contemporáneo de escritores que se escinden sectaria y bizantinamente entre los de brújula y los de mapa, Ferrándiz abraza una sensata vía aristotélica, guiada a partes iguales por el instinto salvaje y por un reverencial respeto a la cronología.

"No soy un escritor de brújula cien por cien... Tampoco soy de los de mapa estricto que tienen hasta el último diálogo pensado. Yo me hago un esquema general, sé de dónde parto y sé a dónde quiero llegar".

La Lonja de la Seda es una novela donde, además del cariño al edificio, hay un devenir de personajes y tradiciones valencianas medievales que la convierten en un texto muy interesante, bien contado y con un respeto titánico a la mística. Una novela histórica de las que se disfrutan.

Ferrándiz lo relata con una sonrisa de estoica resignación, como un demiurgo que ha perdido irremisiblemente el control de sus criaturas: "A veces tienes pensado un camino y el personaje te dice que por ahí no, que él no haría eso. Y le tienes que hacer caso, porque si no, queda forzado".

Y sobrevolando todo, siempre acecha el espectro del miedo. Ese horror vacui, ese síndrome del impostor que, a diferencia de lo que creen los advenedizos rebosantes de injustificada autoestima, no abandona jamás a los eximios fabuladores. "El pánico [...] lo tienes hasta el final", admite sin tapujos. Él, que lleva unas cuantas novelas a la espalda.

Sin embargo, tras la charla, se constata que ese pánico es, paradójicamente, el combustible que propulsa la buena narrativa. El terror cerval a profanar La Lonja, la pleitesía por la intrahistoria de Valencia y esa inmersión casi patológica de año y medio constituyen los contrafuertes robustos que impiden que sus seiscientas páginas se vengan abajo con un soplo de viento.

"Si tú tienes un mundo muy bien construido en tu cabeza, muy sólido, con sus olores, sus colores, su política, su forma de pensar... los personajes acaban moviéndose por él con naturalidad y la historia fluye", concluye.

Y vaya si fluye. Frente a la logorrea vacía, el adanismo ilustrado y esa papilla literaria de consumo rápido, Juan Francisco Ferrándiz demuestra que la novela histórica de fuste exige manos manchadas de polvo de legajo, la gravidez insobornable de un maestro de obras y la socarronería indispensable para sobrevivir al abismo de la página en blanco.

Exactamente los mismos mimbres que requirieron, hace más de 500 años, aquellos locos visionarios para levantar un edificio que, mal que le pese a nuestra fugacidad contemporánea, hoy sigue humillando al tiempo y asombrando al mundo.