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Jonás tenía 17 años cuando un aneurisma cerebral le robó la vida. Eran las 23:00 horas de un sábado y se encontraba disfrutando con sus amigos en Torroña cuando cayó desplomado y no volvió a abrir los ojos. Sin embargo, su muerte trajo vida.

Cualquiera que hubiera cruzado palabra con este joven del barrio vigués de Teis describe su buen carácter: un apasionado del motor, un joven trabajador, un hijo y hermano cariñoso, un amigo entregado y una persona generosa. Cualidades que pudo perpetuar más allá de su propia vida. Pese a su corta edad, Jonás siempre tuvo claro que, si algún día le ocurría algo, quería donar sus órganos.

"Siempre decía: 'Si me pasa algo, regalad hasta el pito. El resto se regaló todo'", cuenta su madre, Mari, con añoranza. Un deseo que su familia decidió honrar. Se donaron todos sus órganos, además de sus córneas, huesos y tejidos, una decisión que permitió salvar numerosas vidas. "No fue mérito mío, porque yo no hice nada más que poner en mi boca las palabras que Jonás no podía decir. Él lo decidió", asegura. "Nada me consuela, pero saber que otras personas pueden seguir disfrutando de sus seres queridos, de sus hermanos, padres o abuelos, gracias a mi hijo, me da un poco de paz", insiste.

"¿Él para qué los quería? ¿Para qué se los comieran los gusanos? Qué final más triste. Así pudo regalar vida", continúa.

Además, todos sus órganos fueron destinados a pacientes en situación de urgencia cero, es decir, personas a las que les quedaban pocas horas de vida si no recibían un trasplante. "Todos los órganos se fueron de Galicia, excepto las córneas, que quedaron en Vigo. Cualquiera que pase por la calle me puede estar viendo con los ojos de Jonás", cuenta.

Mari explica que, como madre, no existe consuelo para la pérdida de un hijo, pero que le llena de orgullo pensar que Jonás fue, en vida, "un chico legal" y que, al final de su vida, hizo "el mejor regalo que se le puede dar a alguien". "Pasó por este mundo dejando huella. En el barrio todos se acuerdan de él con orgullo. Fue muy querido", asegura.

"La buena gente muere a la hora que nace"

Con una fuerza envidiable, Mari recuerda las peores horas de su vida. Habla del momento en el que recibió la llamada y las 48 horas que pasó en la UCI del Hospital Meixoeiro de Vigo: "Pudimos estar con él hasta el final y todas las personas que quisieron venir a despedirse lo hicieron", recuerda. "Sus amigos no se movieron de allí", añade con cariño.

Aunque no existe evidencia científica que lo respalde, Mari está convencida de que Jonás, aun en coma, seguía presente. La madre recuerda cómo, durante esos momentos, no le soltó la mano mientras le hablaba y él se la apretaba. "Lo último que le pregunté fue si quería seguir adelante con la donación de órganos y él me apretó la mano por última vez", relata. Los médicos le explicaban que aquellos movimientos eran actos reflejos y no decisiones conscientes, pero ella, en su corazón, sabe que era su hijo dandole las respuestas que necesitaba.

Esos fueron también los últimos momentos de vida de Jonás, asegura Mari. "Seguía respirando por las máquinas y los ventiladores, pero él ya se había ido". "Mi abuela decía que la buena gente muere a la hora que nace, y Jonás se murió a las 04:00 horas de un lunes, el mismo momento en el que nació", explica.

"Espero que su historia pueda ayudar a más personas"

Más de una década después, Mari relata que el dolor nunca cesa, aunque ha encontrado cierto consuelo al recordar lo plena que fue la vida de su hijo. "Evidentemente, él nunca pensó que le pasaría algo así, pero creo que alguna intuición tenía", reflexiona.

Mari cuenta cómo, el fin de semana anterior, Jonás había ido al pueblo y había querido hacer todas las cosas que más le gustaban: montar a caballo, pasear y disfrutar con su gente. El propio día del aneurisma llamó a Mari pocas horas antes. Estaba tranquilo, feliz y disfrutando con sus amigos. "Es una putada, porque era muy joven, pero por lo menos se fue en paz", reflexiona.

La muerte de Jonás dejó un hueco en la vida de todos los que lo conocían, especialmente en su familia. Aunque Mari siempre supo que tenía que seguir adelante, por su hija y por su marido, eso no hizo que el proceso fuera menos doloroso.

Sin embargo, tras años en los que el dolor llegó a superarla, decidió tratar de ayudar a otras personas a través de la experiencia de Jonás. Desde entonces, cuenta su historia en charlas y colegios con el objetivo de concienciar sobre la importancia de la donación de órganos. "Espero que su historia pueda ayudar a más personas", concluye Mari.