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El 15 de diciembre de 1989 se inauguraba la primera estación de autobuses de la historia de Vigo, la única ciudad de Galicia que carecía de esta infraestructura. Hasta esa fecha, era la calle Uruguay la que hacía las veces de parada de carga y descarga de pasajeros, algo que se mutó en inviable con el crecimiento de la ciudad y, en consecuencia, el tráfico en el centro.

A pesar de los anhelos de los ciudadanos, la estación situada a los pies de la Avenida de Madrid no fue bien recibida desde que se puso en marcha el proyecto de construcción, que duró menos de 11 meses. Bouzas, Balaídos, García Barbón, el barrio de la Estación o el Calvario quisieron llevarla a su terreno, pero fue finalmente A Doblada la que se convirtió en ubicación definitiva, gracias a su mejor conexión con los municipios limítrofes y la salida hacia Madrid.

Además, su inauguración se celebró un día antes de las elecciones a la presidencia de la Xunta de Galicia, por lo que se vio como un acto partidista, ya que sólo se pondrían en marcha los servicios de medio y largo recorrido. Aquel evento estuvo presidido por el Director Xeral de Transportes de la Xunta, Xavier Varela, y Manuel Soto, alcalde de Vigo.

Era presidente del Gobierno gallego el socialista Fernando González Laxe, que había ascendido al puesto tras una moción de censura a Gerardo Fernández Albor, de Coalición Popular. Gobernó ese periodo en un tripartito compartido con Coalición Galega y el Partido Nacionalista Galego y perdió las elecciones ante Manuel Fraga, del Partido Popular, que logró su primera mayoría absoluta.

Críticas desde el principio

Durante su construcción y tras su puesta en marcha, las críticas fueron constantes: los vecinos no estaban de acuerdo con el proyecto finalmente construido, lejos de lo que habían presentado y que consideraban mejor para la zona, las conexiones con la Avenida de Madrid tardaron en ponerse en marcha y costaron 50 millones de pesetas, además de los casi 800 millones de la obra.

La lejanía con el centro de la ciudad, unos 3 kilómetros, la falta de cafetería, los locales vacíos, la falta de espacio para el aparcamiento de los autobuses o un horario no acorde con las necesidades de los pasajeros de los autobuses urbanos fueron otras de las críticas que salieron a la luz.

A pesar de todo, la estación de la Avenida de Madrid, al margen de las dos paradas en Florida y Areal, se convirtió en punto de partida y llegada de vigueses y visitantes que se desplazaban en autobús, para salir o entrar en la ciudad. Eso sí, las goteras, lo lúgubre del espacio y el escaso mantenimiento fueron características propias de un lugar que seguía generando rechazo.

2019, el principio del final

En 2019 se comenzó a vislumbrar su final. La estación de Vialia, diseñada por Thom Mayne, tomaba forma, y el año siguiente, la pandemia mató definitivamente la infraestructura, con el anticipado cierre de los locales y la cafetería. Finalmente, el 16 de diciembre de 2022 fue el último día en el que los autobuses partieron desde allí para hacerlo, desde el día siguiente, desde la recién inaugurada estación intermodal de Vialia Urzaiz.

Lo caótico de su pasado se ha mantenido los siguientes tres años en los que ha estado cerrada. Días después de dejar de funcionar, se anunció que sería la concesionaria Monbus la que se responsabilizaría durante dos meses de la guarda y custodia del edificio, es decir, de vigilar que nadie entrase, para después entregárselo a la Xunta.

Primero, la Consellería de Infraestructuras, que se la cedería a Patrimonio. El objetivo, construir en esas instalaciones una guardería y un centro de día, con una zona verde asociada, además de un aparcamiento disuasorio. Esto decía la Xunta, pero el Concello tenía otro plan: el Plan Xeral de Ordenación Municipal (PXOM), todavía un documento que tenía que aprobarse, señalaba que aquel terreno sería una zona verde que se acompañaría de viales para reordenar el tráfico.

Durante los siguientes meses, la antigua estación de buses de Vigo se alejó del foco de la actualidad. Permanecía sellada y progresivamente se convirtió en refugio de personas sin hogar, aunque a espaldas de políticos y ciudadanos. Parecía caer en el olvido, pendiente de la aprobación del PXOM para conocer qué sería de ella.

2025, año clave

Al arrancar 2025, a principios de febrero, la Xunta anunció que vallaría el edificio para evitar "entradas no autorizadas". Según la Consellería de Facenda e Administración Pública, el Concello de Vigo había concedido "la alineación de la parcela", requisito previo para "poder tomar cualquier medida". Además, la Xunta añadía que estaba estudiando futuros usos.

Unos meses antes, el Concello había solicitado al Gobierno gallego la reversión de esos terrenos, ya que habían sido cedidos para un uso que, ahora, ya estaba extinguido. Es decir, una vez que no se usaba para la estación de autobuses, la Xunta debía devolver la posesión al Concello, propietario del terreno.

"No tuvimos ninguna comunicación de la Xunta para proceder a reintegrar el dicho espacio al inventario municipal", recriminaba la concelleira de Urbanismo, María Xosé Caride, que poco después culparía a la Xunta del estado en el que se encontraba la antigua estación.

Propuestas sin acuerdo

Tras un nuevo silencio, más propio de una Guerra Fría en la que se espera a que el rival haga un movimiento para atacar, en junio el PP local, en boca de su presidenta, Luisa Sánchez, lanzaba la propuesta de ubicar allí el centro de asociacionismo que se había anunciado para la calle Lalín, tras una nueva disputa por esos terrenos con el Concello.

El Concello se negó en rotundo al considerar "ilegal" construir en una zona verde, como indicaba el PXOM ya aprobado por el pleno y pendiente de entrar en vigor a finales de agosto.

Sánchez recordaba que, según la Lei do Solo, el pleno municipal podía, por mayoría absoluta y sin modificar el PXOM, acordar el cambio de uso de los terrenos, siempre que mantuviesen la titularidad pública. Pero, claro, una mayoría absoluta era impensable al estar en posesión del PSOE.

Ya, en ese momento, el BNG ofreció una tercera vía, que ha reiterado este pasado lunes: la de dar un uso sociocomunitario, con espacios culturales y parking disuasorio, y con participación vecinal para mejorar la integración urbana de la antigua estación.

Asesinato

En un macabro paréntesis, el tema volvió a la palestra, con fuego cruzado entre Concello y Xunta, tras el crimen ocurrido en noviembre, en el que una mujer asesinó a puñaladas a su pareja dentro del recinto. Ambos pernoctaban allí; él, desde hacía medio año, y ella llevaba un mes.

El debate se extendía no ya a quién tenía la propiedad del edificio, sino a qué institución le correspondía hacerse cargo de estas personas en riesgo de exclusión.

Para cerrar este batiburrillo de posibilidades, el conselleiro de Facenda, Miguel Corgos, aseguró la semana pasada que la Xunta se planteaba "todas las opciones" para este edificio, incluso su demolición.

Más de tres años después del cierre, parece que el destino de la antigua estación de buses de Vigo, en la Avenida de Madrid, estará marcado por el PXOM, pero el rastro que deja no permite decir con rotundidad que tiene un futuro asegurado.