Cobrar una nómina todos los meses da estabilidad. Pero no siempre da tranquilidad.

El estudio Claves del nuevo equilibrio laboral. Tendencias y retos 2026, elaborado por Pluxee, deja varios datos que llaman la atención: el 88% de los empleados encuestados ha tenido que reducir gastos por el aumento del coste de vida, un 37,9% considera que su poder adquisitivo ha disminuido en los últimos tres años y el 23,7% no consigue ahorrar nada a final de mes.

Y eso pese a que más de la mitad recibió una subida salarial durante el último año.

El sueldo importa, por supuesto. Según InfoJobs, el 48% de quienes buscan o están abiertos a cambiar de empleo durante los próximos doce meses lo haría para mejorar su retribución.

Pero cuando hablamos de bienestar financiero, mirar solo el salario se queda corto.

Cada vez más trabajadores reciben parte de su compensación a través de seguro de salud, tarjeta comida, transporte, guardería, formación o aportaciones a sistemas de previsión. De hecho, el 71% de los empleados consultados por Pluxee prefiere un modelo que combine salario y beneficios.

El problema es que muchas veces no sabemos bien qué tenemos entre manos.

Tenemos beneficios, pero ¿sabemos utilizarlos?

El 34,4% de los trabajadores nunca ha oído hablar de la retribución flexible. Otro 21,6% conoce el término, pero no sabe en qué consiste.

En total, un 56% reconoce que no sabe cómo funciona y solo un 8,1% dice conocer bien sus ventajas.

Y eso tiene consecuencias muy prácticas.

Antes de decidir si nos interesa utilizar una tarjeta de comida, un seguro médico o una ayuda al transporte, necesitamos entender cómo funciona, cuánto nos aporta y si encaja con nuestra situación.

Porque un mismo beneficio puede tener mucho valor para una persona y muy poco para otra.

Una tarjeta de transporte será útil para quien utiliza metro o autobús todos los días, pero tendrá poco sentido para alguien que teletrabaja. Una ayuda para guardería puede ser muy importante durante unos años y dejar de serlo después.

No sorprende, por tanto, que el 41% de los empleados considere que sus beneficios no se ajustan a sus necesidades personales y que el 48% crea que el sistema no es suficientemente flexible.

También de eso va el bienestar financiero: de saber qué tenemos y cuánto nos sirve de verdad.

Las necesidades cambian

No necesita lo mismo alguien que empieza a trabajar que una persona que está pensando ya en la jubilación.

Una puede estar intentando independizarse, organizar sus primeros ahorros o entender por primera vez una nómina. Otra quizá esté más preocupada por su patrimonio, sus sistemas de previsión o por cómo complementar sus ingresos futuros.

Entre medias hay de todo: familias que quieren crear un colchón para imprevistos, personas con deudas, trabajadores que podrían sacar más partido a su compensación o personas que ahorran, pero no saben qué hacer con ese dinero.

Por eso el bienestar financiero no admite una solución única.

Ganar más y disponer de más no siempre es lo mismo

Hay otra cuestión que suele pasar desapercibida cuando hablamos de salarios: cuánto de ese dinero queda finalmente disponible.

Javier Santacruz, vicepresidente de la Asociación de Educadores y Planificadores Financieros (AEPF), abordaba recientemente este asunto en un artículo publicado en El Español.

A partir de datos del INE, señalaba que los impuestos directos y las cotizaciones sociales pagados por los hogares equivalían aproximadamente al 34,8% de su renta disponible bruta en junio de 2018 y alcanzaban el 39,7% en marzo de 2026.

También citaba el informe Taxing Wages 2026 de la OCDE, que sitúa la cuña fiscal de un trabajador medio soltero y sin hijos en España en el 41,4% del coste laboral, frente al 35,1% de media en la OCDE.

Detrás de esos porcentajes hay una pregunta bastante sencilla: ¿cuánto dinero acaba llegando realmente a nuestra cuenta y cuánto queda para gastar, ahorrar o afrontar nuestros proyectos?

Entender la diferencia entre bruto y neto, saber leer una nómina o conocer cómo funcionan determinadas fórmulas de compensación forma parte de nuestra economía cotidiana.

Y luego está el ahorro

Casi uno de cada cuatro trabajadores encuestados no consigue ahorrar nada a final de mes.

En algunos hogares no hay mucho misterio: los ingresos no dan para generar margen. La educación financiera no puede resolver por sí sola un presupuesto que no llega.

Pero en otros casos sí se puede trabajar cómo se organiza el dinero, revisar gastos, anticipar pagos o establecer prioridades.

Ahorrar no es simplemente esperar a ver qué sobra el día 30. También consiste en crear poco a poco un margen para que una avería, una mudanza o un periodo sin empleo no obliguen a recurrir directamente al crédito.

¿Y qué pueden hacer las empresas?

Buena parte de nuestras decisiones económicas están relacionadas con el trabajo: entender la nómina, valorar una subida, elegir beneficios, utilizar o no la retribución flexible o saber qué aportaciones se están haciendo a sistemas de previsión.

Sin embargo, la educación financiera sigue teniendo poca presencia en los planes formativos de las empresas.

Pluxee señala que el 88,8% de los empleados considera importante que su compañía ofrezca oportunidades de formación. La mayor parte de los programas previstos se concentra en tecnología, inteligencia artificial, liderazgo y otras competencias profesionales.

Quizá también haya sitio para algo bastante más cotidiano: entender mejor nuestra propia economía y finanzas.

No se trata de que la empresa diga a sus trabajadores qué tienen que hacer con él. Se trata de que puedan comprender mejor lo que cobran, los beneficios que tienen disponibles y las opciones que pueden aprovechar.

Cuando hablamos de bienestar en el trabajo pensamos en conciliación, salud, flexibilidad o desarrollo profesional.

El dinero también forma parte de esa conversación.