Siempre pensé que la crisis de los 40 era algo así como un señor en descapotable, con gafas Rayban Aviator y una rubia de copiloto. Una visión muy de los “90”, cayendo en el cliché más absoluto.

Siempre pensé que era algo lejano, como de película americana ubicada en Miami, a miles de km de distancia de mi casa.

Pero resulta que es cierta. No porque la esté pasando (una lleva en crisis constante desde que tiene uso de razón, ya es una manera de vivir), sino porque veo a mi alrededor cómo las conversaciones existenciales empiezan a aflorar, los cambios de vida repentinos en amigos y conocidos empiezan a amontonarse y comportamientos insospechados se hacen cada vez más rutinarios. Huelo la crisis de los 40 en prácticamente todas partes.

Sólo que la crisis de los 40 de mi generación no es un señor en descapotable, es una vida de adolescente prolongada hasta lo insostenible. Vidas en pisos de alquiler que ni se acercan a lo que un día soñaste y en el que sólo funcionan dos fogones.

No poder heredar la vajilla que a tu madre le sobra porque o bien no hay sitio en la despensa, o no cuentas con comedor (con suerte una mesita de Ikea y dos sillas plegables).

Esa crisis tiene forma de trabajos mal pagados y poco motivantes que impiden crecer como persona o profesional.

Tiene sabor a pechuga de pollo a la plancha 5 veces por semana que justificas como saludable, pero esconde la falta de horas y espacio para practicar el cocido que te enseñó tu abuela.

Suena a “tic tac” constante, al reloj de cocodrilo bajado del País de Nunca Jamás, recordándote que no eres madre o padre, sin saber muy bien si ha sido una elección propia o causa del contexto social. Y hace ruido, un barullo de fondo, ecos de padres que se preguntan por qué no has conseguido lo que ellos daban por seguro.

Y como nada de esto es suficiente, a lo lejos ves venir una ola llamada IA que no sabes si te llevará por delante, o serás capaz de coger un bote salvavidas que te sirva para seguir llevando la misma vida que ahora llevas (tampoco vamos a pedirle peras al olmo).

Y yo idealista, soñadora incansable, sorprendentemente emprendedora, me quedo sin argumentos que impidan que más personas de las que quisiera recurran a un trankimazin. Tal vez mi generación vive atrapada en ese síndrome de Peter Pan que no escogieron, sin poder salir de esa rueda de la que nadie se hace responsable.

Pero no se preocupen, ya nos apañaremos. La economía dicen va bien, España crece más de lo esperado.