Apareció un sobrero de Torrealta un poco alto. El perfil miureño, zancudo y degollado, el lifting de los toros. Sustituyó al castaño titular, muy bien hecho, que galopaba con ritmo. Persiguiendo el capote de Román cayó fulminado, solo, como le pasó a Botín. Se levantó sin saber estar de pie. Se había olvidado de andar. Castellano, el nuevo, derribó al caballo. El picador casi entra de cabeza en el callejón. Embestía con muy mal estilo, marcado en esas hechuras de galga vieja, queriendo quitarse de encima cualquier milímetro de tela. Iba sin ganas, perezoso. Las chicuelinas de Lorenzo fueron ajustadas.

No tenía ritmo Castellano, qué ritmo iba a tener. Román brindó al público y se encontraron en los terrenos del 6. El primer tanteo, por doblones, lo descubrió: no iba a humillar jamás. Parecía un potro embistiendo. Lanzaba gañafones, oscilando el péndulo afilado de los pitones. La ventolera apoyaba a Castellano. Román tragó, sacando muletazos del pozo de aquella calamidad. Fue una faena como si el viejo Dámaso le susurrara a este millennial rebozado de toro, sin calidad, sustituida por la actitud y el valor despejado. Se barruntaba la enfermería. Todo para delante Román, estirando al torrealta. Al natural, el toro buscaba con descaro, apuntando los muslos. Las manoletinas encendieron un conato de trofeo. Y la estocada recibiendo no levantó el incendio, quedó caída: el entusiasmo no cuajó en petición rotunda —muchas voces— y Román dio una vuelta al ruedo con la estela de los muleteros con carisma.

Era difícil encontrarle trapío al quinto. Lo tenía difuminado. Arrancaba a la muleta pronto, pero luego no decía mucho en el muletazo. Fue agotándose la batería. Al natural vio Román alguna posibilidad, esfumada pronto. Allá iba otro toro resbalando. Ni siquiera el arrimón. Román se cruza como si desfilara, doblando las rodillas.

Álvaro Lorenzo se puso a torear a la verónica a Cacareo sin dudarlo. Morante le cortó dos orejas en Bilbao a un toro con este nombre. Avanzaron hasta los medios. Toreó despacio con el capote. El segundo puyazo fue malísimo. Un picotazo y tres aproximaciones más o menos a la altura de las caderas. Tanteaba el picador el lomo como si lo patrocinara la ONCE. Tampoco era bonito este toro. Sí serio, vueltas las dos puntas negras sobre las largas palas. Los estatuarios centraron al público: galopaba el toro. Se movía sin humillar. Le entendió la altura perfectamente Lorenzo, templándolo a veces en la línea recta. La gente gritaba, deseando calentarse con algo. Los oles se fueron apagando, como Cacareo, que tomó los vuelos pero faltó limpieza y la faena no superó nunca las alturas del inicio, lastrada por el enredo y los muletazos trastabillados. Contaron más los tropiezos. Un puñado de bernadinas aterrizaron la actuación. Ah, pero pinchó al alegre toro de Joselito que llevaba colgando la oreja.

Desprecio de Álvaro Lorenzo al sexto de la tarde Plaza 1

Dos chicuelinas bastaron para echar abajo otro toro de La Reina. No había ningún francotirador en el tendido: la revolera electrificada de Adame fue un balazo en la frente. Quedó tendido en el suelo, tan parecido al primer desmayado. Ya el sobrero traía la suciedad de los corrales, muy encogido, tenía en la expresión el susto de una siesta interrumpida. Saltaba las rayas. Hizo varios kilómetros buscando el pienso. Álvaro Lorenzo tuvo que sostener la huida. No pasaba.

Joselito Adame estuvo tanto tiempo delante del moribundo de El Tajo que pensé que por fin había encontrado un jefe de prensa independiente. Quince minutos después, seguía rondando al colorao derretido, al que le daba vueltas como si recorriera una rotonda. El toro apenas se tenía en pie, consumido hasta quedar decantada sólo la nobleza. Eso fue lo mejor: hubo dos veces que se quedó parado y el primero de los Adame —ay— reaccionó como si le hubiera soplado en la nuca Josu Ternera. El supuesto intento de asesinato quedó en una petición de muerte digna del toro. No se le concedió, encajando dos espadazos en el número.

Las banderillas le pesaban toneladas al cuarto. Huyó del caballo. No se derrumbó pero le faltó poco. Apoyado en las manos. Duró algo más que el primero. Hubo algún muletazo. Templó Adame las embestidas rebrincadas. Desplazar al toro tampoco ayudaba demasiado. Los toques fuertes hundían un poco más al bicho, que agradeció la suavidad en un derechazo que surgió despacio. Otro bajonazo mandó a Habilitado al infierno de toros lidiados por Adame.





FICHA DEL FESTEJO





Monumental de las Ventas. Viernes, 17 de mayo de 2019. Cuarta de abono. Tres cuartos de entrada. Toros de El Tajo, 1º sin fuerza, flojo el buen 4º, 5º parado y 6º alegre sin humillar y el 2º bis descastado de Torrealta y el 3º tris de Montealto rajado.

Joselito Adame, de gris plomo y oro. Pinchazo, metisaca en los bajos y bajonazo (silencio). En el cuarto, tres pinchazos y bajonazo (silencio).

Román, de gris plomo y oro. Estocada en la suerte de recibir. Aviso (vuelta al ruedo). En el quinto, pinchazo y espadazo atravesado. Aviso (silencio).

Álvaro Lorenzo, de canela y oro. Pinchazo hondo (silencio). En el sexto, pinchazo y espadazo (saludos en el tercio).