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Las claves

Detrás de una taza de café de especialidad, un local lleno un sábado por la mañana y una vitrina repleta de tartas caseras, existe una realidad mucho menos visible: largas jornadas, presión constante y unos márgenes muy ajustados.

Lorena, propietaria de Bristol Coffee en Viladecans (Barcelona), conoce perfectamente esa cara menos romántica de la hostelería. Su historia comenzó hace una década, y además lejos de España.

Antes de convertirse en barista y emprendedora, ni siquiera tomaba café. Todo cambió cuando se trasladó a Bristol, en Reino Unido.

Allí descubrió una cultura del café completamente distinta, basada en el producto de calidad, los tostadores artesanales y las cafeterías concebidas como espacios de encuentro.

"Empecé a ver por todas partes el concepto de coffee roasters y me enamoré de este mundo", explica. Aquella experiencia terminó marcando su futuro profesional.

Al regresar a Barcelona decidió formarse como barista y trabajar en diferentes cafeterías mientras maduraba una idea que tenía clara desde el principio: abrir su propio negocio en su pueblo natal.

"Pensé: 'En algún momento abriré mi propia cafetería y será en mi pueblo porque en Viladecans éramos los primeros en utilizar café de especialidad como tal", recuerda.

Ese concepto diferencial sigue siendo hoy una de las señas de identidad de Bristol Coffee. Lorena apuesta por café natural, alejado del consumo tradicional.

"Nuestro café lleva unos procesos sin química ni nada", afirma. A ello se suma una elaboración prácticamente artesanal de toda la oferta dulce del local: "Las galletas, los bizcochos y las tartas las hago yo. Solo los cruasanes vienen de fuera".

Sin embargo, detrás de la estética cuidada y del auge del café de especialidad, Lorena desmonta uno de los grandes mitos sobre este tipo de negocios: la idea de que generan grandes beneficios.

"La gente me decía: 'Te vas a hacer de oro con el café'. Y no es así", asegura.

Las cifras reflejan esa realidad. Su cafetería factura alrededor de 138.000 euros al año, pero el margen final apenas ronda entre el 8% y el 9% limpio.

Además, explica que necesita ingresar unos 470 euros diarios únicamente para cubrir gastos fijos. "A partir de 470 euros es cuando empieza realmente el beneficio", resume.

Uno de los aspectos más complicados para ella no son las ventas, sino la gestión del personal. Lo define directamente como "su peor dolor de cabeza".

Habla de entrevistas en las que apenas aparecen candidatos y de la tensión constante por posibles bajas de última hora. "Por la noche miro el móvil veinte veces por si alguien se ha puesto malo para el día siguiente", admite.

Aun así, no se arrepiente. Lorena empieza su jornada a las siete de la mañana y compagina el negocio con la crianza de sus dos hijos pequeños. Su pareja incluso acude a ayudar cuando falta personal.

Pese al agotamiento, Lorena mantiene intacta la ilusión con la que abrió Bristol Coffee. "He sacrificado muchísimo porque son muchas horas, pero es lo que yo quería", explica orgullosa.

Más que vender café, siente que ha conseguido crear "un punto de unión de calidad" en su propio pueblo.