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Las claves

El sistema sanitario de Estados Unidos atraviesa una de las mayores tensiones de su historia reciente.

La combinación de una demanda creciente, una plantilla insuficiente y el desgaste acumulado tras años de presión ha desembocado en un déficit estructural de profesionales que ya se mide en cientos de miles.

En 2026, la cifra es contundente: faltan alrededor de 358.000 trabajadores sanitarios titulados, entre enfermeros y médicos, según datos de organismos como la HRSA y centros especializados como Nightingale College.

El grueso de esta escasez recae en la enfermería. Solo en el caso de los enfermeros registrados (RN), el sistema necesita cubrir cerca de 263.870 vacantes, lo que implica que EEUU dispone únicamente del 92% del personal necesario.

Aún más delicada es la situación de los enfermeros prácticos (LPN), con más de 94.000 puestos sin cubrir y un déficit que alcanza el 14 % de la demanda.

A ello se suman unas 30.000 vacantes inmediatas de médicos, especialmente en atención primaria, una pieza clave para el funcionamiento del sistema.

Sin embargo, el problema no termina en los perfiles altamente cualificados. El engranaje sanitario depende también de una amplia red de trabajadores de apoyo (auxiliares, asistentes médicos o cuidadores a domicilio) cuyo déficit supera los 500.000 profesionales.

Son empleos menos visibles, pero esenciales para el día a día de hospitales, residencias y servicios de atención domiciliaria.

Las previsiones, además, apuntan a un escenario aún más complejo. Consultoras como Mercer estiman que hasta 3,2 millones de trabajadores podrían abandonar el sector en los próximos cinco años debido al agotamiento profesional y a las jubilaciones.

Estados como Nueva York o California ya afrontan déficits de medio millón de trabajadores sanitarios, reflejo de una crisis que no distingue entre territorios.

En este contexto, los salarios se han convertido en una de las principales herramientas para atraer talento. En 2026, los sueldos han experimentado un notable incremento.

Un enfermero registrado puede ganar entre 82.000 (70.921,80 euros) y 137.000 dólares (116.148 euros) anuales, mientras que perfiles avanzados como los enfermeros anestesistas superan los 210.000 dólares, alcanzando en muchos casos cifras superiores a los 237.000 euros.

En el ámbito médico, incluso los profesionales que inician su carrera tras la residencia parten de salarios cercanos a los 190.000 dólares (174.000 euros) o los 230.000 dólares (211.000 euros), con especialidades que multiplican ampliamente esas cifras.

A estos incentivos se suman primas de contratación que pueden oscilar entre los 10.000 y 50.000 dólares, así como modalidades como el "travel nursing" o los contratos temporales médicos, que permiten aumentar los ingresos hasta en un 50%.

En algunas zonas rurales, tradicionalmente menos atractivas, los empleadores ofrecen incluso ayudas a la vivienda para captar profesionales.

Pero el desafío no es solo económico. La capacidad de formación es limitada y el sistema depende en gran medida de trabajadores extranjeros. Actualmente, cerca del 18% de la fuerza laboral sanitaria es de origen inmigrante, con un peso aún mayor en puestos críticos.

Las políticas migratorias, por tanto, juegan un papel decisivo. Restricciones en visados o mayores barreras administrativas podrían agravar un problema ya estructural.

En última instancia, la falta de personal no es solo una cuestión de cifras: se traduce en retrasos en la atención, mayor presión asistencial y un impacto directo en la calidad de vida de los pacientes.

Estados Unidos se enfrenta así a un reto urgente: garantizar que, cuando alguien necesita atención médica, haya un profesional disponible para prestarla.