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Las claves

"Si quieres hacer feliz a alguien, no aumentes sus riquezas, sino quítale sus deseos" dijo el filósofo griego Epicuro hace cientos de años.

La sentencia conserva una vigencia sorprendente en una época que mide el éxito en acumulaciones: de bienes, de experiencias, de seguidores.

Frente a esa carrera incesante, el pensador griego propuso un giro radical: la felicidad no depende de tener más, sino de necesitar menos.

El pensamiento de Epicuro

Nacido en el 341 a.C. en Samos y activo en Atenas, Epicuro fundó una escuela filosófica conocida como "El jardín", una comunidad que acogía no solo a hombres libres, sino también a mujeres y esclavos, algo poco común en su tiempo.

Allí enseñaba que el fin de la vida es el placer, pero no el placer desbordado y sensual que con frecuencia se le atribuye de manera simplista.

Para Epicuro, el placer auténtico consistía en la ausencia de dolor físico (aponía) y de perturbación del alma (taraxia). En otras palabras: tranquilidad.

Su obra más extensa, Sobre la naturaleza, hoy conservada solo en fragmentos, desarrollaba una física materialista heredera de Demócrito.

Según Epicuro, el universo está compuesto por átomos y vacío, y los dioses no intervienen en los asuntos humanos. Esta concepción tenía una finalidad práctica: liberar a las personas del miedo a los dioses y a la muerte.

La filosofía no era especulación abstracta, sino medicina para el alma.

En ese marco se entiende mejor la frase sobre la riqueza y los deseos. Epicuro distinguía entre deseos naturales y necesarios (como comer o cobijarse), naturales pero no necesarios (ciertos lujos) y deseos vanos (poder, fama, riqueza ilimitada).

El sufrimiento, advertía, surge cuando convertimos en imprescindibles aquello que en realidad es accesorio. Si alguien necesita poco para vivir bien, será difícil arrebatarle la felicidad.

Si, por el contrario, siempre desea más, vivirá en permanente carencia.

La propuesta no es una apología a la pobreza, sino una invitación a la mesura. Epicuro mismo llevaba una vida sencilla, alimentándose con agua, pan, y, en ocasiones especiales, un poco de queso.

Sin embargo, cultivaba la amistad como uno de los mayores bienes. En El Jardín, la conversación y el afecto eran formas de riqueza más sólidas que el oro.

Leída hoy, su frase interpela a una sociedad donde el consumo promete satisfacción inmediata pero rara vez duradera. Reducir deseos no significa renunciar a toda ambición, sino examinar qué aspiraciones nos pertenecen de verdad y cuáles hemos heredado sin reflexión.

Epicuro no propone apagar el deseo, sino ordenarlo. Y en ese gesto (discreto, casi doméstico) sitúa la clave de una felicidad sobria, pero resistente al vaivén de la fortuna.