Las claves
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Naim, Nian y Asier son unos trillizos que viven junto a sus padres y sus abuelos en un piso de Puente de Vallecas. Este barrio del sur de Madrid, uno de los más densamente poblados de Europa, registra también algunas de las tasas más altas de desempleo y abandono escolar en nuestro país. Un código postal que, en muchos casos, condiciona las oportunidades desde la infancia.
Su madre, Ainhoa Torres, de 35 años, ha vivido siempre en el distrito y hace malabares para poder compaginar la crianza con obtener el título de Educación Secundaria Obligatoria (ESO).
La realidad de esta familia no es una excepción en el barrio. Muchas otras comparten dificultades similares, marcadas por la precariedad laboral y la falta de recursos.
Hace 25 años, la Asociación Barró, entró sin hacer demasiado ruido en Puente de Vallecas como una entidad colaboradora del programa CaixaProinfancia de la Fundación ”la Caixa”. Ahora se ha vuelto una herramienta imprescindible para miles de pequeños en situación de vulnerabilidad.
Su objetivo no es otro que ofrecer acompañamiento socioeducativo y favorecer la integración para intentar romper ese círculo de pobreza que –muchas veces de manera inevitable– se transmite de padres a hijos.
Más allá de lo económico
Cuando se habla de pobreza infantil, suele pensarse únicamente en la falta de dinero. Sin embargo, este término abarca muchos más aspectos. Los niños que nacen en entornos más precarios afrontan mayores dificultades en el colegio y, en muchos casos, abandonan sus estudios antes debido a la falta de recursos en sus hogares.
Tal y como lo refleja la European Anti-Poverty Network (EAPN) –la Plataforma Europea de Entidades Sociales que trabajan contra la pobreza y la exclusión social– estos pequeños parten con desventaja frente a sus compañeros de clase: disponen de menos materiales y tienen menos oportunidades para realizar actividades extraescolares.
Niños jugando en la Asociación Barró
“Yo me estanqué en el instituto”
Ainhoa es consciente de ello y no quiere que sus hijos repitan su historia. “Yo me estanqué en el instituto y me gustaría que ellos pudieran ir a la universidad y optar a un buen trabajo”, confiesa. Esa preocupación fue la que la empujó a volver a los libros.
“Yo ahora mismo no me acuerdo de nada de lo que estudié y, si no sé nada, ¿cómo puedo ayudarlos? Eso me motivó muchísimo”, explica.
Niam, Nian y Asier acuden por las tardes a los Espacios de Crecimiento 3-6 de CaixaProinfancia gestionados por la Asociación Barró. Para ellos es un lugar seguro donde aprender y jugar. Su madre confiesa feliz que sus niños “aprenden mucho más y se divierten” y que están deseando ir.
Elena Rebollo, pedagoga y responsable del área de Infancia, Juventud y Familia de la Asociación Barró, explica cómo la realidad que se les presenta a estos niños es distinta.
“Vienen de hogares en los que suele ser difícil estudiar o concentrarse, no descansan lo suficiente y a veces padecen situaciones emocionales complicadas e inestables que les dificultan afrontar una jornada escolar con normalidad”, señala.
Además, cuenta que en la entidad han observado una evolución de la vulnerabilidad a lo largo de los años. Asegura que la de ahora es “muy alta” y “multifactorial”, por lo que en una familia pueden coincidir múltiples problemáticas.
Una realidad difícil de abandonar
Según detalla la técnica, salir de la espiral de la pobreza es complicado y apunta que ocho de cada diez personas que crecieron en entornos desfavorecidos reproducen esa situación en su vida adulta. Explica que muchos de los padres y madres que atienden “no se sienten capaces” de acompañar a sus hijos durante su proceso académico, simplemente, porque ellos tampoco conocen esa sensación de sentirse acompañados.
Por eso, el cambio llega de la mano de un entorno que sostiene y acompaña. “Estos niños y niñas, en general, no creen en sí mismos, pero cuando encuentran esta red de apoyo se percatan de que se pueden desarrollar más de lo que habitualmente se espera de ellos. Los empujamos a que se convenzan de que pueden”, afirma Rebollo.
Elena Rebollo, pedagoga y responsable del área de Infancia, Juventud y Familia de la Asociación Barró
En estos espacios, la ayuda va más allá del refuerzo escolar, también se trabajan las habilidades sociales y emocionales. “Tener un espacio donde trabajar todo esto, expresarse libremente y no sentirse juzgados tiene un gran impacto para ellos”, asegura.
Gracias al trabajo de organizaciones como Asociación Barró, integradas en el programa CaixaProinfancia de la Fundación ”la Caixa” miles de niños y niñas reciben apoyo para crecer en entornos más seguros y favorables. Solo en 2025, este programa ha acompañado a cerca de 67.000 menores en situación de vulnerabilidad en todo el país, ofreciéndoles apoyo educativo, social y familiar para que la falta de recursos no sea un límite para sus oportunidades.
Además, CaixaProinfancia atiende aspectos fundamentales para el desarrollo personal, como la autoestima y la seguridad emocional. El objetivo es que los menores se sientan valorados, capaces y con confianza en sí mismos, independientemente de su origen.
Y no interviene solo con los pequeños, también lo hace en el entorno familiar para reforzar las competencias parentales y acceso a distintos recursos, contribuyendo a mejorar la estabilidad y el conjunto del entorno familiar.
En historias como la de Naim, Nian y Asier se refleja que el futuro no está escrito únicamente por el lugar donde se nace, sino también por las oportunidades que se ofrecen en el camino. Aunque el entorno condiciona, el acompañamiento adecuado puede marcar la diferencia, especialmente gracias al trabajo de programas como CaixaProinfancia.
Cada avance, por pequeño que parezca, es una victoria. Aprender a confiar en uno mismo, sentirse capaz, descubrir nuevas metas o simplemente encontrar un espacio donde ser escuchado y respetado son pasos fundamentales para romper el círculo de la desigualdad.
