Si la lluvia en Sevilla es una maravilla, en Galicia, como cantaron los Siniestro Total, es "arte". Los más de 1.200 litros por metro cuadrado que caen de media cada año en la comunidad gallega son los culpables de que sea uno de los pulmones del país, pero también son los causantes de que haya hasta un centenar de términos para designar los chubascos según su magnitud, un dato muy curioso que fascina a todo aquel que hace este descubrimiento.

Noticias relacionadas

En los municipios gallegos llueve entre 90 y 150 días al año. Ciudades como Santiago de Compostela se pueblan de paraguas unos 140 días de los 365, llegando a registrarse 2.500 litros por metro cuadro en solo una anualidad. Pero estas cifras no asustan a los visitantes, que acaban por enamorarse de una tierra, cuando menos, peculiar y plagada de leyendas, historia, suculenta gastronomía y paisajes de ensueño.

Uno de los últimos en caer rendido a sus pies ha sido el pianista británico afincado en Madrid, James Rhodes. Sabemos que no es difícil que este hombre muera de amor, pero con Galicia está manteniendo un idilio especial. Es fácil verlo tuitear en gallego -una de las lenguas cooficiales que menos presencia suele tener en la realidad del resto del país-, y alabando su comida, pero este domingo sorprendía a todos con su último descubrimiento:

Cuando se explica este tipo de fenómenos lingüísticos, suele citarse a un pueblo esquimal, los inuit, apelando a que ellos atesoran cientos de palabras para definir la nieve, que cae intensamente en las zonas árticas de América del Norte donde habitan. Fue el antropólogo estadounidense Franz Boas el que propagó esta creencia, como explican en GCiencia. Sin embargo, se trata de una imprecisión, puesto que sus lenguas son polisintéticas y crean palabras largas que funcionan como frases. Así, solamente tienen dos raíces para decir nieve: ganik (los copos en el aire) y aput (la nieve acumulada), que combinan con todo tipo de sufijos.

Lo que sí es cierto es que los gallegos tienen más de cien palabras para decir que llueve, de las que 61 significan directamente lluvia. Este descubrimiento lingüístico llegó de la mano de la catedrática de Filología en la Universidad de Santiago de Compostela, Elvira Fidalgo. Hace algunos años realizó encuestas en más de un centenar de localidades de las cuatro provincias de Galicia, así como los núcleos que hablan gallego de Asturias, León y Zamora.

"Es lógico que una población que vive inmersa en la lluvia busque mil conceptos sacados de las imágenes más variadas para nombrar aquello que está presente en su vida, y dicen que también en su espíritu", escribió la catedrática en su estudio. Una máxima que el actor gallego, Tamar Novas, resumió así en el hilo de Rhodes:

De orballo a fuscallo

Empecemos explicando que lluvia, en gallego, se puede decir de dos formas básicas: chuvia o choiva. A partir de ahí, sigamos con la forma más exportada: el orballo. Se trata de una lluvia fina, de poca intensidad, pero constante. Quizás sea esta la más odiada por los gallegos porque es la que más empapa y parece no cesar nunca. Otros sinónimos son orballeira, orballada, chuvisco o chuvisca, chuviscada, chuviñada o chuviña. Todos ellos relacionados con el término latino pluvia.

Para seguir designando el mismo tipo de lluvia también se usa el término griego boreas, que está relacionado con el viento del norte, causante de los chaparrones: babuxa, babuxada, barruxeira, barruxada, barruceira, babuña, barbaña, barbuza, barrallo, barrufa, barruñeira, barruzo, borralla o breca. Otro término latino, pulvis -cuya evolución finalizó en 'po', polvo en gallego-, también da lugar a palabras como poalla, poalleira o poallada comparando las gotas de agua con partículas de polvo en suspensión. A estas lluvias también se les puede llamar froallo, lapiñeira, marmaña, parruma, parrumada, patiñeira, patumeira, poallo o zarzallo.

Las lluvias fuertes se denominan arroiada, ballón, basto, bátega, bategada, cebra, cebrina, chaparrada, chuvascada, chuvasco, chuvieira, cifra, ciobra, dioivo, treixeada, xistra o zarracina. Además, cuando están acompañadas de rayos y truenos, emplean de nuevo el latín con el término turbo para designas movimiento: treboada, torboada, torbón o trebón. También borrascada, del boreas explicado con anterioridad que, en este caso, se ha intensificado.

Si hay nieve o hielo los gallegos hablan de auganeve, cebrina, cebrisca, escarabana, nevada, nevarada, nevareira, nevarío, nevisca, nevarisca, pedrazo, salabreada, sarabiada o torba. Cuando aparece la niebla y esta llega a mojar, se la denomina borraxeira, cegoña, fuscallo, borraxoia, brétema, néboa, neboeiro, nebra o zarrazina. Si la lluvia cesa (estas, suponemos, se usan algo menos) dicen amizar, delampar, escambrar, escampar, estear, estiñar o estrelampar.

Además, por si esto fuera poco, hay bastantes expresiones que se usan para transmitir la gran cantidad de lluvia que está cayendo, como "chover a ballón", "chover a esgalla", "caer a barullo", "caer a choupón", "caer a cichón" o "chover a caldeiros". Si te has olvidado el paraguas y vuelves a casa empapado, un gallego te dirá que vienes "como un pito". Conviene tener este pequeño glosario a mano si piensas viajar a Galicia durante tus vacaciones, recuerda que aunque vayas en julio o agosto el sol allí nunca está garantizado; pero tampoco es imprescindible.

[Más información: Un gallego fabrica un patinete eléctrico casero y lo multa la Guardia Civil]