Dedicarse a la política en los tiempos que corren trae como contrapartida recibir críticas en Twitter. Es un hecho ineludible, el contrato social de nuestros tiempos. Y más todavía en el caso de un provocador profesional como Gabriel Rufián. El diputado de ERC tiene el hábito de prolongar sus shows en el Congreso y ejercer de animador de los independentistas con tuits virulentos de enorme impacto entre simpatizantes y detractores.

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De los miles de adversarios que ha podido buscarse el representante de Esquerra en las redes sociales, sin embargo, hay una enemistad que sobrepasa los límites de la marrullería tuitera. Es la que mantiene con Pastrana, un tuitero anónimo que se identifica con un simple garabato tocado con una gorra y que defiende postulados contrarios a la izquierda y el independentismo con tanto ingenio y sarcasmo como el que puede desplegar el propio Rufián.

La rivalidad entre ambos viene de lejos: el político ya le saludaba en 2017 como su troll favorito y le acusaba de ser "de Ciudadanos". Pero un año después, ambos protagonizaron un caso de revelación de identidad que planteó un debate sobre la libertad de expresión en la red. Usando a un tuitero afín a Podemos, la identidad de Pastrana salió a la luz. Rufián, pero también otros como Pablo Iglesias, Pablo Echenique y la periodista Ana Pastor, divulgaron a cientos de miles de tuiteros que se trataba de un alcalde de una localidad de Teruel que había concurrido en las listas del PP.

La implicación de Rufián quedaba fuera de toda duda: días antes del destape, había advertido a Pastrana, que se declara sin vinculaciones políticas, que el día que se supiera quién era él se iban a "reír". Tras ser identificado, recibió amenazas directas e independentistas plantearon fletar un autobús para "pasar a saludarle". Así relataba la situación a EL ESPAÑOL: "¿Miedo? Imagínate, también por mi familia. Hay mucho lunático, no sabes qué puede pasar". 

Pastrana encontró defensores incluso entre tuiteros de un espectro completamente opuesto al suyo: ¿era legítimo que políticos nacionales aventasen su identidad y le volvieran víctima de acoso para castigarle por sus opiniones por mordaces que fueran cuando no incluían insulto o descalificación alguna de tipo punible? ¿Podían justificarlo en que Pastrana "también es político" cuando gestiona un pueblo que no suma ni 200 habitantes y gobierna como independiente ya que su paso por el PP fue un trámite?

Inasequible a estas cuestiones, Rufián sigue teniendo a su enemigo a flor de piel. Y cuando Pastrana ha ironizado sobre la comparecencia del diputado en el juicio al procés, que según él será un refrito de los mensajes que lleva lanzando "18 meses" en referencia al tiempo en el que prometió quedarse en ele Congreso porque después volvería a una Cataluña independiente, el político de ERC ha optado por el golpe bajo y ha vuelto a publicar sus datos personales.

Pero si con ello pretendía intimidar al tuitero, que ha seguido activo todo este tiempo pese a haber sido puesto en la diana, ha pinchado en hueso: el propio Pastrana es quien le ha señalado los tres errores en su breve mensaje que ha corregido con las indicaciones concretas. Tres zascas como tres campanarios:

Rufián se ha lamido las heridas con uno de sus trucos favoritos: retuitear el ataque para que sus propios seguidores entren en tropel a defenderle. Pero, ¿Qué se le puede reprochar cuando el propio Pastrana pone las cartas sobre la mesa? No han faltado los intentos, sin embargo, pero con pésimo resultado.