Conseguir una vivienda en propiedad se ha convertido en uno de los principales retos económicos para muchas familias. Sin embargo, hay propietarios que han conseguido ampliar su patrimonio inmobiliario a partir de una primera casa.
Es el caso de Luisa, una sevillana que cuenta con cuatro viviendas. La primera de ellas, sin embargo, fue un "golpe de suerte" por una herencia.
"La primera fue una herencia y de ahí pude sacar para las demás". Esta es la clave del proceso que le ha permitido pasar de disponer de un inmueble a reunir cuatro propiedades.
La vivienda heredada constituyó el punto de partida de una estrategia basada en aprovechar el patrimonio inicial para financiar nuevas adquisiciones.
Su caso pone el foco en una diferencia importante dentro del mercado inmobiliario: no afronta las mismas dificultades quien necesita ahorrar para comprar su primera casa que quien ya dispone de un inmueble.
Una propiedad puede utilizarse como vivienda habitual, ponerse en alquiler o venderse para disponer de capital con el que afrontar otra compra. La opción elegida depende de las circunstancias económicas y familiares de cada propietario.
En el caso de Luisa, la herencia fue el primer paso. A partir de ahí, la posibilidad de obtener recursos de ese inmueble le permitió plantearse la compra de otras viviendas.
La operación muestra cómo disponer de un patrimonio inicial puede facilitar el acceso a nuevas inversiones, especialmente cuando se combina con capacidad de ahorro y una planificación de los gastos.
La primera vivienda marca una diferencia fundamental para quienes quieren invertir en el sector inmobiliario. Quienes compran desde cero deben reunir previamente el dinero necesario para afrontar la entrada de una hipoteca, además de los impuestos y los gastos asociados a la operación.
En cambio, una persona que recibe un inmueble en herencia puede contar con un activo que le permita estudiar distintas alternativas.
Esto no significa que una vivienda heredada se traduzca automáticamente en beneficios. Su valor depende de factores como la ubicación, el estado de conservación y las posibles cargas. Además, recibir una propiedad puede conllevar obligaciones fiscales y gastos de mantenimiento.
La forma de aprovechar ese primer inmueble también condiciona las posibilidades de crecimiento. Si se alquila, los ingresos pueden contribuir al ahorro y al pago de una eventual financiación. Si se vende, el dinero obtenido puede destinarse a la adquisición de otra propiedad.
También existe la posibilidad de utilizar el inmueble como garantía para solicitar financiación, aunque esta decisión implica asumir riesgos y compromisos económicos.
Pero contar con varias propiedades no significa que todos los ingresos procedentes de ellas se conviertan en beneficios.
En caso de estar destinadas al alquiler, los propietarios deben tener en cuenta los periodos en los que una vivienda puede permanecer vacía, las reparaciones, las cuotas de comunidad, los seguros y los impuestos correspondientes.
A estos gastos se pueden sumar las cuotas hipotecarias, si las adquisiciones se han financiado mediante préstamos. Por ese motivo, el número de viviendas no permite conocer por sí solo la rentabilidad de una inversión inmobiliaria.
Para calcularla es necesario comparar los ingresos netos con el capital invertido y los gastos asumidos.
El patrimonio inmobiliario también puede ofrecer una fuente de ingresos complementaria y una forma de conservar riqueza a largo plazo. No obstante, la evolución del mercado, los costes de mantenimiento y las condiciones de financiación influyen en el resultado económico de cada operación.
