Sevilla amanece, por fin, con el Guadalquivir en descenso y las compuertas de defensa de Triana abiertas. Eso sí, arrastra apatía, ansiedad y más síntomas depresivos debido a la ausencia prolongoda del sol y al exceso de lluvia.
Atrás quedan semanas de incertidumbre, con el río rozando el nivel de desbordamiento, el cierre preventivo de accesos y la imagen insólita de una ciudad pendiente del parte meteorológico diario.
En la provincia, las lluvias ininterrumpidas y acumuladas desde enero han dejado estampas más duras, como ríos desbordados, carreteras cortadas y desalojos como el de Lora del Río, cuyos vecinos ya han podido regresar a sus hogares tras la crecida.
Superada la fase más crítica, queda otra pregunta menos visible pero igualmente relevante: ¿cómo está afectando este invierno excepcionalmente lluvioso al estado de ánimo de los sevillanos?
En una ciudad de clima cálido y seco, donde la vida se organiza en torno a la calle, las terrazas y las plazas, la lluvia persistente no solo altera la agenda, sino también el equilibrio emocional. Así lo explica la psicóloga clínica sevillana Úrsula Magrit, que en las últimas semanas ha detectado cambios significativos en consulta.
"En Sevilla estamos acostumbrados a la socialización, a salir a la calle. Cuando eso desaparece durante tantos días, aumenta el cambio en el estado de ánimo: hay más apatía, más tristeza y menor motivación para salir y socializar", señala.
Menos luz, menos bienestar
El impacto no es solo cultural, sino biológico. La luz solar desempeña un papel clave en la regulación de varias hormonas y neurotransmisores vinculados al bienestar.
"La luz está relacionada con procesos como el sueño y la regulación emocional. Cuando baja la exposición solar, desciende la serotonina, que es un neurotransmisor clave para el bienestar", explica Magrit.
A ello se suma el desajuste del cortisol, conocido como la hormona del estrés, que también puede alterarse cuando la luz no es la habitual en una ciudad como Sevilla.
El resultado es un cóctel de apatía, nerviosismo y mayor vulnerabilidad emocional. "Se alteran los ritmos circadianos y la conciliación del sueño. Con menos luz dormimos peor, y si además abusamos de las pantallas al estar más tiempo en casa, el descanso se resiente aún más", añade.
La melatonina, hormona que regula el sueño y cuya producción está vinculada a la luz natural, también entra en juego. Más horas bajo techo y menos exposición solar pueden traducirse en insomnio o en un descanso menos reparador.
Y dormir mal, advierte la especialista, empeora el estado de ánimo. "Al final es un todo. Influye el cambio de rutina, hacemos menos deporte, nos movemos menos y reducimos nuestras actividades sociales".
Colectivos vulnerables
En Sevilla, donde el paseo diario forma parte del ritual colectivo —desde el parque hasta el barrio—, el encierro forzoso tiene un peso especial. Entre las personas mayores, por ejemplo, la lluvia continuada "puede intensificar la sensación de soledad".
"Muchos mayores salen a dar un paseo corto cada día. Si no pueden hacerlo y tampoco tienen mucha familia cerca, aumenta la sensación de aislamiento", advierte Magrit.
En personas vulnerables, como quienes padecen ansiedad o depresión, la alteración prolongada de la rutina puede agravar los síntomas. "La lluvia continuada puede intensificar el aislamiento y favorecer pensamientos negativos. Lo pasan realmente mal", subraya.
También los niños acusan el cambio. Menos parque, menos actividad física y más horas en casa generan irritabilidad y nerviosismo. "Hay niños que se suben por las paredes porque no han podido salir. Se altera su rutina y eso se nota mucho en su comportamiento y en su descanso", explica.
La lluvia, además, trae consigo pequeños estresores cotidianos que terminan pesando: tareas domésticas que se acumulan porque la ropa no se seca, menos actividad física o la sensación de tener la casa "encima" durante días.
Un descanso inesperado
Sin embargo, la experta apunta a que "no todo es negativo". En consulta, Magrit también ha recogido testimonios en sentido contrario. "Hay personas que me han dicho que estos días de lluvia les han venido muy bien, como una sensación de descanso, de tranquilidad, de pausa", apunta.
Para algunos, el temporal ha supuesto una oportunidad de frenar el ritmo acelerado habitual, pasar más tiempo en casa y compartir más momentos en familia o en pareja. "Ha sido como un fin de semana largo en casa, algo que también puede aliviar el estrés", señala.
Sin embargo, ese mayor tiempo compartido puede ser "un arma de doble filo". Mientras a unos les fortalece, a otros les genera más tensión.
Adaptarse al gris
Tras semanas mirando al cielo, Sevilla recupera poco a poco la normalidad hidrológica. Pero el episodio deja una lección: el clima no solo moldea el paisaje urbano, también el emocional.
La psicóloga insiste en la importancia de mantener, en la medida de lo posible, ciertas rutinas incluso en días de lluvia, en especial si la situación se prolonga tanto como en esta ocasión.
Esto pasa por cuidar horarios de sueño regulares, actividad física en casa, limitar el uso de pantallas y buscar espacios de socialización alternativos.
Porque en una ciudad que vive hacia fuera, el encierro prolongado no es solo una anécdota meteorológica. Es un recordatorio de hasta qué punto el sol, más que un elemento del paisaje, forma parte de la identidad y del equilibrio emocional de Sevilla.
