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El otro día, por gentileza de Mar Murube, más conocida en redes sociales como Losti, pude asistir al preestreno de la última película de José Mota, Arriba Tutto, en el cine Avenida 5. Confieso que tenía una gran curiosidad por saber qué podía ofrecer Mota en su salto a la dirección del séptimo arte y, sobre todo, qué había detrás de una historia de la que apenas conocía unas pinceladas.

No contaré mucho más para no hacer spoiler a los lectores, porque parte de la magia del cine consiste precisamente en dejarse sorprender. Solo diré que salí conmovido y pensativo sobre lo visto en la gran pantalla. Reflexioné sobre algo que hacemos todos los días y a lo que probablemente concedemos menos importancia de la que tiene: reírnos. Porque el humor nos parece una cosa ligera hasta que reparamos en la fuerza que ha tenido a lo largo de la historia.

En 1784, Beaumarchais consiguió que el público parisino se riera con El matrimonio de Fígaro mientras un criado cuestionaba los privilegios de la nobleza. Aquello no sentó muy bien a Luis XVI, que comprendió perfectamente la carga de aquella comedia e intentó impedir su representación. Siglo y medio después, encontramos otro ejemplo, cuando Chaplin, en su obra El gran dictador, convirtió a Hitler en un personaje grotesco que jugaba con la bola del mundo o pronunciaba un discurso totalmente ininteligible. Lo que está claro es que hay algo que el poder nunca ha llevado demasiado bien: que se rían de él.

Hasta cierto punto, tiene su lógica, pues el poder necesita revestirse de una solemnidad que imponga respeto. Mientras que el humor hace justo lo contrario, baja del pedestal a los mandamases, exagera sus gestos, descubre sus contradicciones y convierte en ridículo aquello que parecía intocable. Una crítica puede responderse con otra crítica, pero frente a una carcajada resulta bastante más difícil defenderse.

En Andalucía sabemos bastante de humor. Pienso en los Carnavales de Cádiz que llevan generaciones cantando aquello que otros preferirían callar. O en las carocas del Corpus de Granada que, con su tradicional malafollá, caricaturizan los problemas del año en una quintilla. Es evidente que los andaluces somos expertos en sacar punta a todo lo que nos ocurre. Nosotros hacemos chistes en los velatorios o nos reímos en los hospitales. Cuando las cosas vienen mal dadas siempre aparece alguien capaz de soltar una ocurrencia improvisada que, durante unos segundos, rompe la tensión. Y no es porque el dolor nos importe menos, sino más bien porque a veces es nuestra manera de soportarlo.

Por eso me resulta curioso que hablemos tanto de los límites del humor y bastante menos de su valor. Naturalmente que existen líneas rojas, pues no todo hace gracia ni cualquier burla es inocente, porque hacer humor tampoco concede una patente para herir a quien tenemos delante. Sin embargo, entre discutir dónde termina una broma y acabar teniendo miedo a reírnos hay una distancia considerable.

El humor persuade, cuestiona, acompaña y, a veces, simplemente nos permite respirar cuando la realidad nos aprieta demasiado. Por eso ha incomodado a los poderosos y por eso sigue apareciendo en los momentos más difíciles.

El otro día salí del cine Avenida 5 pensando que deberíamos reírnos más de lo que ocurre y, sobre todo, de nosotros mismos. De nuestras manías y de la importancia desmedida que tantas veces concedemos a cosas que seguramente no la tienen. No por restarle trascendencia, sino para afrontarlas con otra actitud. No podemos elegir siempre aquello que nos ocurre, pero todavía podemos impedir que todo lo que sucede termine amargándonos. Y, visto como está el mundo, conservar la capacidad de reírse sigue siendo una forma bastante seria de resistencia.