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Eran las cinco de la tarde y Sevilla hervía de extranjeros. Me había refugiado con mi mujer en el último rincón de uno de esos restaurantes nuevos, originales, saludables, casi vegetarianos, que ahora brotan por el barrio de Santa Cruz como setas.

Hay allí, al fondo de un local en forma de U, un saloncito estrecho y alargado, con unos cómodos sillones junto a un ventanal desde el que se ve pasar a todo el mundo, pero desde el que, en cambio, a uno no lo ven, salvo que el transeúnte pegue mucho la nariz al cristal. Es mi escondite favorito: el observatorio perfecto para quien, como yo, requiere un lugar con quietud para escribir.

Mi mujer se quedó dormida enseguida, con una placidez que le envidié, mientras yo contemplaba la calle. Fue entonces cuando aparecieron ellas: dos muchachas de rasgos asiáticos, altas, esbeltas, de ojos bonitos y sonrisa generosa, que miraban hacia dentro e intentaban abrir una puerta que no cedía. Hice de buen autóctono y les señalé, con la mano, la entrada verdadera, la de su izquierda.

Me lo agradecieron con una inclinación ceremoniosa de cabeza, de esas que en Oriente valen más que mil palabras. Thank you, thank you very much. You're welcome, respondí. Y aquí, lector, debo confesar una debilidad pasajera, de esas que el tiempo convierte en sonrisa. Por un instante —uno solo— pensé que, de no estar mi mujer durmiendo a mi lado, quizá habría podido invitar a aquellas desconocidas a un café, a una Coca-Cola.

No había terminado de pecar de pensamiento cuando sobre mi mesa aterrizó un martini blanco doble, con mucho hielo y limón. «Yo no he pedido esto», protesté al camarero. «Es que le invitan las señoritas», me respondió con una sonrisa cómplice. Y ellas, enfrente, reían a carcajadas. Confieso que miré aquel martini con respeto.

Hace meses que no tomo alcohol, por decisión propia y sin receta médica alguna; desde entonces duermo mejor, trabajo mejor y me he quitado de encima algún kilo superfluo, igual que hace tres décadas dejé el tabaco un día y no volví jamás.

Pero la hospitalidad obliga, y recordaba a mi suegro, que en paz descanse, cuando me pedía que al menos «me mojara los labios». Dudaba yo entre la cortesía y la coherencia cuando la más alta se acercó y me dijo algo que me dejó helado:

—Luis, do you remember me?

No, no la recordaba. ¿Cómo iba a recordarla? Pero entonces pronunció un nombre, un apellido japonés que resonó treinta y seis años hacia atrás, y me enseñó en su móvil la fotografía de su madre.

Y la reconocí. Era la hija de una de mis compañeras más queridas de la Pitman School de Londres, aquella muchacha de dieciocho años con quien compartí pupitre, idioma y juventud en la primavera de 1990.

Yo tenía entonces veinticinco años y me adentraba en el inglés después de haberme educado con el francés. Saqué mi propio móvil, donde conservo las fotografías de aquellos carretes revelados por fin este año, y le mostré el rostro de su madre a los dieciocho. La casualidad se hizo vértigo. Lo más asombroso vino después.

¿Cómo me habían encontrado? Su madre les había dicho, al saber que venían de Erasmus a Sevilla: «Preguntad por Luis». Y ellas, sin más datos que mi nombre y apellido, buscaron en internet, dieron con mis artículos —en estas mismas páginas he escrito ya tres veces sobre el bar Las Teresas— y allá se fueron a preguntar.

June, el encargado, tan amable como siempre, les mostró mi fotografía: «Sí, Luis Romero». Esa misma mañana mi mujer y yo habíamos desayunado y almorzado en Las Teresas, a doscientos metros de allí.

En ese bar centenario de la calle Santa Teresa, por cierto, los únicos españoles éramos nosotros. Los sevillanos han ido desapareciendo del barrio, expulsados por los apartamentos turísticos y los precios.

Resultó que las dos muchachas estudian Derecho. Les hablé de mi oficio, les propuse que se pasaran por el despacho y, ya puestos, las invité a un juicio importante que tengo este jueves en Jerez. Que vean de cerca lo que es defender y acusar, que la vida de un penalista enseña más que cualquier manual. Me fui sin tocar el martini.

Lo dejé intacto sobre la mesa, sudando su frío. Pensé que la vida, de vez en cuando, cierra sus círculos con una elegancia que ningún novelista se atrevería a inventar.

Precisamente estos días ultimo el borrador de mis memorias de aquel Londres de 1990. Y he aquí que, el mismo día en que escribo el pasado, el pasado viene a sentarse enfrente, cruza las piernas, me guiña un ojo y me invita a una copa. La rechacé.

Pero el reencuentro, ese sí lo disfruté con euforia.