Hay una hora en que Sevilla todavía no es de nadie. Es la hora en que uno sale a buscarla casi a oscuras, como quien acude a una cita que no ha concertado y que, sin embargo, lleva años cumpliendo.

Gracias por abrirme hoy la puerta de los jardines. Lo digo en voz baja a los jardineros que han descorrido la cancela de Murillo antes de tiempo, y se lo digo también a la ciudad, que a estas horas aún duerme con un ojo entreabierto.

Dentro esperan las murallas del Alcázar, las palmeras, los cipreses, y esa avenida de Catalina de Ribera donde el cielo no acaba de decidirse: pasa del azul al negro, del negro al celeste, mientras las farolas de la izquierda, con su hierro del siglo diecinueve, siguen encendidas como si no hubiera pasado el tiempo.

A la derecha, los árboles de troncos gigantes que parecen milenarios reparten ya sol y sombra sobre los poyetes y los bancos vacíos. No hay nadie. Solo yo, escuchando mi respiración y el rumor de mis pasos, que a esta hora suenan distintos como si el silencio me los devolviera.

Más allá, un palmeral: más de veinte palmeras delgadas y brillantes que se alzan hacia un cielo que ya está más claro. Lo compruebo, lo vuelvo a comprobar. La luz, en Sevilla, no llega: sucede.

Pasa una muchacha morena con un perrillo atado a la correa, y los dos se pierden entre los setos como si también ellos hubieran venido a encontrarse a solas con el jardín.

Al fondo, el monumento al Descubrimiento, con su carabela suspendida entre las dos columnas, navega hacia ninguna parte. Los pajaritos cantan como si fuera primavera, y no lo es: acaba de terminar el verano y empieza el otoño, pero ellos no leen calendarios.

Uno se posa tan cerca que casi lo siento en el dedo. Rodeo la muralla y la cal de las fachadas me devuelve, intacta, mi primera Semana Santa en Sevilla, cuando tenía dieciséis o diecisiete años y salía con mis amigos del centro, deslumbrado por una ciudad que entonces me parecía inagotable.

Vuelven después aquellos fines de semana de cuarto y quinto de carrera, cuando todo parecía posible y la meta estaba siempre al alcance de la mano siguiente. No sé si Sevilla guarda esos recuerdos o si los guardo yo y la ciudad se limita a prestarme el decorado. Da igual.

A esta hora, la memoria y la calle son la misma cosa. Entro en Santa Cruz. Artesanía, alfarería: los rótulos aún con el cierre echado. La calle Santa Teresa, el convento de las Teresas con esa puerta que una vez más no se abre a mi paso, la iglesia de San José del Carmen, Las Teresas, y la casa de la guitarra asomada a sus balcones, un estudio de flamenco con las luces apagadas.

Las fuentes hablan solas. Los grandes portones de los palacios, siempre cerrados, siempre con la sospecha de que detrás no vive nadie, o de que es, sencillamente, demasiado temprano.

Por una cuesta abajo se deja adivinar la Giralda, y entre la calle Ángeles y las torres el amanecer termina de imponerse: las farolas aún lucen, pero solo por un instante, porque pronto se quedará únicamente la luz verdadera.

Me gusta esa expresión que se me escapó esta mañana, grabada en el teléfono mientras caminaba: la luz verdadera. Es la que no necesita que nadie la encienda.

La que llega cuando la ciudad aún no ha comenzado a representarse a sí misma para los demás, antes de los autobuses, antes de los grupos de turistas, antes incluso de las primeras persianas.

A esa hora Sevilla no se exhibe: simplemente está, como estaba cuando aún no habíamos nacido y como estará cuando ya no la recorra nadie que nos recuerde. Al final de una calle estrecha, junto a un apartamento turístico que no existía hace unos años, Juan me da los buenos días.

Es un saludo breve, pero me basta para volver a casa con la sensación de haber encontrado a un amigo en medio de una ciudad aún adormecida.

Luego vendrá el día, con sus juzgados y sus despachos, con sus defensas y sus acusaciones, con esa pelea diaria en la que uno gasta la vida ayudando a otros a sostener la suya.

Pero antes, a solas, he defendido lo único que de verdad me pertenece: dos horas de silencio y una ciudad que durante ese recorrido, ha sido únicamente mía.