Cien eran aquellas pesetas que de niño parecían dar para bastante más de lo que hoy permiten sesenta céntimos. Cien son los años de soledad que Gabriel García Márquez necesitó para contar la historia de los Buendía y de Macondo.
Cien metros mide la prueba reina de la velocidad, esa en la que apenas hacen falta diez segundos para decidir quién es el hombre más rápido del mundo.
Cien grados tiene el agua cuando hierve, cien años convierten a alguien en centenario y cien por cien es esa cantidad imposible que exigimos cuando queremos decir que lo hemos dado todo.
Cien, además, es un número redondo. De esos a los que hemos decidido conceder una importancia que nunca tuvieron el 97, el 98 o el 99.
Esta que leen es mi columna número cien. No sé muy bien qué significa haber llegado hasta aquí. Probablemente bastante menos de lo que sugiere una cifra tan solemne.
Entre la columna 99 y la 100 solo hay una semana de diferencia. Y, sin embargo, uno no puede evitar detenerse un instante ante determinados números, como hacemos cuando el cuentakilómetros del coche está a punto de cambiar todos sus dígitos o cuando un cumpleaños termina en cero.
Cien columnas son también cien veces sentarse delante de una pantalla preguntándose qué demonios puede uno contar esta semana. Y descubrir que, casi siempre, la respuesta estaba mucho más cerca de lo que parecía. Porque las ciudades están llenas de historias que no parecen historias.
Uno puede pasar cien veces por la misma calle sin reparar en una fachada. Entrar cien veces en el mismo bar hasta descubrir que siempre se sienta el mismo hombre junto a la ventana.
Cruzarse durante meses con una tienda sin preguntarse quién compra allí hasta que un día aparece la persiana bajada y entonces nos sorprende echarla de menos.
Podemos atravesar una plaza mirando el teléfono, recorrer una avenida pensando en llegar tarde, compartir ascensor con los mismos vecinos o tomar café todas las mañanas junto a desconocidos cuyas vidas ignoramos por completo.
Hasta que un día miramos. Muchas de las cosas sobre las que he escrito durante este tiempo probablemente estaban ahí desde mucho antes. No aparecieron para convertirse en una columna porque era yo quien todavía no se había fijado en ellas.
Ahí está quizás una de las pocas cosas que merece la pena celebrar de estas cien semanas: haber aprendido que para encontrar algo que contar no siempre hace falta que ocurra algo importante. A veces basta con caminar con un poco más de detalle.
Sevilla, además, se presta especialmente a eso. Es una ciudad acostumbrada a ser contemplada en sus grandes estampas y mucho menos en sus pequeños gestos. Miramos la Giralda y se nos escapa el camarero que monta la terraza cada mañana.
Fotografiamos una procesión y no vemos al vecino que espera media hora para cruzar la calle. Hablamos del turismo, del tráfico, del calor o de la Feria como grandes asuntos mientras la verdadera ciudad va sucediendo silenciosamente entre un velador, una cola del autobús y dos personas que conversan apoyadas en una barra de bar.
Tal vez escribir una columna consista precisamente en eso, en detenerse donde los demás siguen andando. En mirar por segunda vez aquello por delante de lo que hemos pasado cien veces.
No tengo cien grandes historias que contar. Por fortuna. Tengo algunas calles, conversaciones escuchadas en el transporte público, buenos amigos, recuerdos, viajes, bares, personajes anónimos y pequeñas escenas que probablemente no aparecerán nunca en los libros de Historia.
Pero sospecho que es justamente con todas ellas con las que se construye una vida y también una ciudad. Esa intrahistoria de la que hablaba Miguel de Unamuno.
Esta es la columna número cien. Mañana volverá a ser simplemente martes y la próxima semana habrá que encontrar otra historia. Será la 101 (como los dálmatas de la película). Por suerte, todavía quedan muchos rincones por andar y muchas cosas por contar.
