Septiembre se parece un poco a enero porque ambos meses llegan cargados de buenos propósitos que sabemos, incluso mientras los formulamos, que probablemente no vamos a cumplir. Aprender inglés, comer mejor, leer más, ordenar los armarios y, por supuesto, apuntarnos al gimnasio. Después de un verano entregado a los excesos culinarios y al sedentarismo propio de la canícula, llega el momento de expiar los pecados estivales.
El gimnasio se convierte entonces en una especie de penitencia redentora. Uno se inscribe convencido de que esta vez será diferente. Si empieza pronto, piensa, llegará medio en forma a la Navidad y podrá afrontar mantecados, cenas de empresa y roscones con cierto margen de seguridad. Después vendrán cinco meses gloriosos de sacrificio que permitirán alcanzar junio convertido en todo un adonis dispuesto a llenar Instagram de fotografías en las que, casualmente, siempre se aparece sin camiseta.
El problema es que entre la apariencia imaginada y nosotros se interpone la vida misma. La motivación de septiembre empieza a perder fuelle conforme avanza el calendario. Primero aparece el trabajo, después el cansancio y luego llega el cambio de hora y a las seis y media de la tarde parece que son las once de la noche. El frío, al final, termina por hacer el resto. Aquella voluntad de hierro con la que estrenamos zapatillas nuevas termina derrotada por el sofá, una manta y la promesa de que mañana, ahora sí, recuperaremos la rutina.
Tampoco ayuda demasiado entrar en un gimnasio. Basta con echar un vistazo en derredor y observar que hay máquinas que parecen diseñadas por la misma persona que inventó los potros de tortura. Por no hablar del nombre de los ejercicios cuya pronunciación ya exige un calentamiento previo y los movimientos que uno ejecuta intentando disimular que no tiene la menor idea de lo que está haciendo y que nos dejan en unas posturas, en ocasiones, bastante humillantes.
Siempre ocurre, además, que mientras sufrimos para levantar una mancuerna de cinco kilos aparece a nuestro lado un individuo de anatomía mitológica que carga más de cien en la maquina y expulsa el aire con el bufido de un miura a punto de embestir. Uno procura no mirarlo demasiado. Ajusta su pequeña pesa, adopta gesto de concentración y confía en que nadie haya reparado en la diferencia.
Dentro de lo que cabe, tampoco somos los peores. Está quien ocupa una máquina durante veinte minutos para consultar sus redes sociales entre serie y serie hasta que ya resulta difícil saber si ha venido a entrenar o simplemente necesitaba una silla. Y están quienes pasean parsimoniosamente sobre la cinta mientras contemplan un programa de televisión. Pagan una cuota mensual para hacer exactamente lo mismo que podrían hacer gratis por la calle, aunque sin aire acondicionado ni pantalla incorporada.
Todo ello envuelto en ese aroma inconfundible del gimnasio: una compleja combinación de sudor, colonia barata, caucho y grasa de maquinaria que debería comercializarse como ambientador bajo el nombre de Eau de Squat.
No estamos hablando precisamente de una afición minoritaria. Los datos revelan que España contaba en 2025 con 8,4 millones de usuarios de centros de fitness y más de 5.800 establecimientos en toda la península. Sevilla, no es ninguna excepción. Solo hace falta entrar en cualquier gimnasio de la capital hispalense durante estos primeros días de septiembre para comprobar que una parte considerable de esa humanidad ha decidido comenzar su redención al mismo tiempo. Dentro de unas semanas habrá bastante más espacio y no será necesario hacer colas para coger una máquina.
Y he aquí la cuestión esencial de nuestro tiempo. Hemos convertido el ejercicio en otro territorio de la inmediatez. Queremos resultados visibles, motivación permanente y cuerpos que puedan exhibirse en cuestión de días. Pero la salud es poco fotogénica. Consiste más bien en repetir durante años cosas bastante aburridas: caminar, moverse, dormir bien, comer razonablemente y regresar al gimnasio incluso cuando no apetece. Todo ello me hace pensar que tal vez el verdadero peso que cuesta levantar no es el de las mancuernas sino el de nuestros propios propósitos.
